Dejé a Liah en la sala de juntas, desmoronada sobre los papeles de la Planta Beta. Verla así, con los ojos inyectados en sangre y el orgullo hecho pedazos mientras descubría que su padre no era el héroe que ella creía, debería haber sido el clímax de mi venganza. Debería haber sido el momento en que finalmente aplastaba al último vestigio de la resistencia Rinaldi.
Pero lo único que sentía era un agujero negro en el pecho que se expandía con cada uno de sus sollozos.
Caminé hacia mi despacho con paso errático, ignorando las miradas de los pocos empleados nocturnos que aún rondaban el piso ejecutivo. Mi cuerpo vibraba con una energía oscura. Cada fibra de mi ser quería regresar, tomarla en mis brazos y decirle que, a pesar del fraude de Richard, yo la protegería. Pero mi orgullo, ese muro de hormigón que nos había separado desde el día de la boda fallida, me mantenía alejado. Me convencí de que su dolor era justo; después de todo, ella me había engañado, ¿no? Ella me había roto en mil pedazos frente al altar.
Me encerré en mi oficina y el silencio me golpeó como un insulto. Me senté tras mi escritorio de caoba y abrí mi computadora, buscando cualquier distracción en el trabajo. Sin embargo, mi bandeja de entrada mostraba un correo nuevo, enviado hace apenas unos minutos. No tenía asunto. Venía de una dirección cifrada que mis sistemas de seguridad no pudieron rastrear.
«Un regalo de bodas atrasado, Maximo. Mira hasta el final para que entiendas quién es el verdadero arquitecto de tu miseria».
Fruncí el ceño, sintiendo una premonición helada recorriendo mi columna vertebral. Le di al play al archivo de video adjunto.
Al principio, la imagen era granulada. Era una grabación de una cámara de seguridad oculta en un ángulo alto. Reconocí el lugar de inmediato: era la habitación del hotel en Venecia donde Liah se hospedaba la noche anterior a nuestra boda. El lugar donde, supuestamente, ella me había traicionado con Albright.
Mi respiración se detuvo. Vi a Liah entrar en la habitación. Se veía hermosa, radiante. Llevaba una bata de seda blanca y tarareaba una canción mientras se quitaba los pendientes. Se detuvo frente al espejo y miró su anillo de compromiso con una sonrisa de felicidad tan pura, tan absoluta, que me dolió la garganta. Esa mujer no estaba planeando una traición. Esa mujer estaba contando los minutos para convertirse en mi esposa.
Entonces, la puerta se abrió. No era yo. Era Albright.
Sentí que la bilis subía por mi garganta. Iba a cerrar la computadora; no quería revivir el momento en que mi mundo se acabó. Pero algo me detuvo. Liah no lo abrazó. Al verlo, su rostro se transformó en una máscara de confusión y luego de puro horror. Ella retrocedió hacia la cama, gritándole que se fuera, exigiendo saber cómo había entrado. Albright no dijo nada; se movió con la eficiencia de un depredador. La acorraló cerca del ventanal. Vi cómo ella intentaba empujarlo con todas sus fuerzas, cómo gritaba mi nombre con una desesperación que nunca antes había escuchado, cómo sus manos luchaban frenéticamente contra él.
Y entonces vi lo que las fotos "congeladas" que me entregaron esa mañana nunca mostraron.
Albright sacó una pequeña jeringa y se la clavó en el cuello. El cuerpo de Liah se desplomó de inmediato, como una marioneta a la que le cortan los hilos. Albright la acomodó en la cama con una frialdad quirúrgica. Le desabrochó parte del vestido y se posicionó junto a ella, moviéndose solo para que las fotos, tomadas desde un ángulo específico por un cómplice en el balcón, parecieran un encuentro apasionado.
Liah estaba inconsciente. Estaba siendo utilizada como un maniquí para escenificar una infidelidad inexistente. No hubo nada más que una puesta en escena perversa diseñada para destruirme a mí a través de ella.
El video continuaba. Vi a Isabella entrar en la habitación poco después. La vi sonreír al ver a Liah drogada en la cama. La vi pagarle a Albright con un sobre lleno de efectivo y tomar la tarjeta de memoria de la cámara oculta. La vi acariciar el rostro de Liah con un desprecio infinito antes de salir victoriosa de la habitación, dejando a la mujer que yo amaba marcada por una mentira que duraría años.
El silencio que siguió en mi despacho fue el más ensordecedor de mi vida.
Me quedé mirando la pantalla en negro, con el reflejo de mi propio rostro desencajado devolviéndome la mirada. La realidad se fragmentó en mil pedazos. Durante tres años, la había tratado como a una traidora. La había humillado frente a la alta sociedad. Había usado todo mi poder para aplastar la empresa de su familia. La había acosado en este edificio, obligándola a servirme, disfrutando de su degradación porque creía que ella me había herido primero.
Y ella era inocente.
Ella nunca me mintió. Ella nunca me fue infiel. Todo el odio que yo había alimentado, todo el celo posesivo con el que la había atormentado desde que regresó, era un crimen monstruoso cometido por mí contra una mujer que solo me había amado. Mientras yo la castigaba en este piso, mientras la obligaba a descubrir el fraude de la Planta Beta de su padre para quebrarla, ella estaba sufriendo por un pecado que yo mismo había inventado en mi arrogancia.
Un rugido de puro dolor y rabia animal escapó de mi garganta. Fue un sonido que no parecía humano. Golpeé el escritorio con tal fuerza que el cristal se trizó bajo mi puño, cortándome los nudillos, pero no sentí el dolor físico. No era nada comparado con el incendio que quemaba mis pulmones.
—¡Liah! —grité, aunque sabía que ella no podía oírme a través de las paredes insonorizadas.
Me levanté de la silla, tropezando con mis propios pies. Tenía que llegar a ella. Tenía que pedirle perdón, aunque sabía que el perdón no era una palabra que pudiera cubrir el abismo que yo había cavado. Le había quitado su honor. Le había quitado la fe en su padre. Le había quitado su estabilidad emocional. La había convertido en una paria por un montaje que yo debí haber investigado mejor.
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Editado: 04.01.2026