Tu ruina

La anatomía del exilio

LIAH

Salir de la torre de Imperium a las dos de la mañana se sintió como emerger de una tumba de cristal. El aire gélido de la noche golpeó mi rostro, pero no me estremecí. No podía sentir el frío porque estaba entumecida. El eco de los gritos de Maximo, de sus súplicas de rodillas y de ese "perdóname" que llegaba tres años tarde, seguía vibrando en mis oídos como un ruido blanco. Mi mente, sin embargo, ya había levantado una muralla de hormigón.

Caminé hacia la avenida principal. No pedí un taxi, no usé la aplicación de mi teléfono que Maximo podía rastrear con un chasquido de dedos. Caminé hasta que mis pies, encerrados en los zapatos de diseño que él tanto admiraba, empezaron a arder. No me importó. Cada paso era un milímetro más de distancia entre la mujer que fui y la que tendría que nacer a partir de ahora.

Llegué a mi apartamento, ese lugar elegante y aséptico que alguna vez llamé hogar. Entré y no encendí las luces; la oscuridad era la única que no me juzgaba. Fui directa al estudio de mi padre. Encendí la pequeña lámpara del escritorio y saqué el archivo de la Planta Beta que me había llevado de la torre, escondido bajo mi abrigo como un pecado original.

Lo miré una última vez. Ahí estaba la firma de Richard Rinaldi. La rúbrica del hombre que me había dejado ser el escudo de su deshonra mientras él se ocultaba tras mi dolor.
Tomé el teléfono y marqué su número. Tardó cinco tonos en responder. Su voz sonaba adormecida, pero con ese matiz paternal que ahora me resultaba repulsivo.

—¿Liah? ¿Cariño? Son las tres de la mañana, ¿ha pasado algo con la auditoría?

—Lo sé todo, papá —dije. Mi voz sonaba como si viniera de un pozo profundo—. Y no hay vuelta atrás.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado. La respiración de mi padre se volvió pesada, entrecortada.

—No sé de qué hablas, hija... Maximo debe haberte manipulado, él es experto en...

—Planta Beta, papá —lo interrumpí. Sentí una lágrima solitaria rodar por mi mejilla, la última que derramaría por la memoria de lo que creía que éramos—. He visto los informes originales. He visto cómo falsificaste las revaluaciones. He visto cómo me usaste como moneda de cambio para ganar tiempo frente a un hombre al que habías estafado.

—Liah, lo hice por nosotros... por salvar el apellido...

—No lo hiciste por mí. Lo hiciste por tu ego. Me dejaste pelear una guerra contra un hombre que tenía razones legítimas para atacarnos. Me dejaste creer que éramos víctimas cuando éramos los arquitectos de nuestra propia caída. He dejado el archivo en la caja fuerte de esta casa. Haz con él lo que quieras. Quémalo, entiérralo... pero para mí, ya no tienes una hija. No puedo respirar en una casa construida con el veneno de ese suelo.

Colgué. No le di la oportunidad de justificarse. Richard Rinaldi, el héroe de mi infancia, había muerto en ese instante.

El exilio no comenzó con un avión de primera clase. Comenzó con una maleta pequeña, de lona, que encontré en el fondo del armario. Tiré dentro tres mudas de ropa sencilla, un par de botas resistentes y mi pasaporte.
Me quité el reloj de oro. Me quité los pendientes de diamantes. Los dejé sobre la mesa del comedor, alineados como trofeos de una guerra perdida, junto a las llaves del apartamento. No quería llevarme ni un gramo de su mundo conmigo.

Me acerqué al espejo del baño. Mi largo cabello castaño caía sobre mis hombros, denso y brillante. Maximo solía decir que mi cabello era como la seda oscura, que era lo único que parecía indomable en mí. Alargué la mano hacia las tijeras, con la intención de cortarlo, de arrancarme su recuerdo de un tajo. Pero me detuve.

Miré mis propios ojos en el reflejo. No. Mi cabello era mío. Era mi esencia, mi herencia, lo que yo era antes de él y lo que sería después. No iba a mutilar mi identidad por un hombre que no fue capaz de ver la verdad a través de sus propios celos. Si iba a reconstruirme, lo haría manteniendo lo que me hacía ser yo misma. Me recogí la melena en una trenza apretada, firme, casi como un arma.

A las cuatro de la mañana, salí del edificio por la puerta de servicio, fundiéndome con las sombras de la ciudad.
Caminé hacia la estación de autobuses de larga distancia. Compré un billete en efectivo para un pueblo costero a diez horas de distancia. Un lugar olvidado por los mapas turísticos. Para Maximo, yo era una mujer de hoteles boutique y jets privados; él buscaría en aeropuertos, en listas de pasajeros de lujo, en las embajadas.

No me buscaría en un autobús que olía a gasoil y a sueños rotos.

El viaje fue una lenta agonía de kilómetros. Mientras el autobús avanzaba, veía cómo la silueta de la torre de Imperium —la torre de mi captor— desaparecía en el horizonte, tragada por la bruma del amanecer.

Cerré los ojos y visualicé el video que Maximo mencionó. Imaginé la aguja de Albright. Imaginé la sonrisa de Isabella. No sentí el odio ardiente que esperaba; sentí una compasión fría y distante por la Liah de hace tres años. Ella era tan inocente que pensaba que el amor de un hombre como Maximo era un refugio, cuando en realidad era una jaula de oro que él cerró con candado al primer soplo de duda.

Maximo pensaba que "saber la verdad" lo arreglaba todo. Pensaba que su arrepentimiento era una moneda con la que podía volver a comprar mi tiempo. No entendía que lo que él rompió no fue mi confianza, fue mi respeto. Me había tratado como a una propiedad, me había acosado en su oficina, me había aislado del mundo para demostrarme que yo era "suya".

«Sé feliz con tu mentira, Maximo».

Me lo imaginé volviendo locos a sus jefes de seguridad. Me lo imaginé rompiendo el cristal de su oficina, bebiendo whisky caro mientras miraba el video una y otra vez, torturándose con la imagen de mi inocencia. Me lo imaginé intentando llamar a mi padre, solo para descubrir que el hombre que él despreciaba por estafador ahora también estaba solo.




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