Tu ruina

24

Maximo

Siete meses. Doscientos diez días de un silencio que pesaba más que todo el oro de mis bóvedas.

En el mundo exterior, nada había cambiado. Yo seguía siendo el arquitecto de Imperium, el hombre cuyo nombre hacía temblar las bolsas de valores y cuya firma sellaba el destino de naciones corporativas. Mi imperio no se estaba desmoronando; al contrario, bajo mi mando, se había vuelto más eficiente, más frío, más letal. Pero dentro de las paredes de mi despacho, el aire se había vuelto irrespirable. La ausencia de Liah no me había destruido —un hombre como yo no se destruye—, pero me había transformado en una versión más oscura y peligrosa de mí mismo.

Mi arrepentimiento no se traducía en lágrimas, sino en sangre corporativa. La venganza fue mi único pasatiempo durante esos siete meses, y la ejecuté con la precisión de un cirujano psicópata.

—Isabella —pronuncié su nombre una tarde, mirando el horizonte de acero de la ciudad.

Derek, estaba de pie a mi espalda. Él sabía que cuando mi voz bajaba a ese tono de barítono pausado, el fin estaba cerca.

—Señor, el proceso ha concluido. Isabella ha sido borrada. Sus cuentas en las islas Caimán fueron congeladas por una investigación de lavado de activos que "casualmente" se inició hace tres meses. La mansión de su familia en los Hamptons fue ejecutada por una deuda hipotecaria que compré a través de una subsidiaria.

—¿Y ella?

—Está viviendo en una pensión de mala muerte en la periferia. He dado órdenes a todas las agencias de empleo de alto nivel: su nombre está en la lista negra perpetua. Nadie que quiera hacer negocios con Imperium la contratará jamás. Ella no es solo pobre, señor; es invisible.

—Bien —dije, sintiendo una satisfacción gélida—. Que aprenda que el precio de mentirme es la inexistencia. ¿Y Albright?

—Albright está en una prisión federal. Los cargos de agresión y conspiración se transformaron en una condena de veinticinco años sin posibilidad de libertad condicional. He asegurado que el alcaide sea un viejo amigo de la junta. No tendrá un segundo de paz. Cada vez que cierre los ojos, recordará que usted fue quien lo encerró.

La venganza estaba servida. Había desmantelado sus vidas con la misma frialdad con la que ellos intentaron desmantelar la mía. Pero la pieza más importante del tablero seguía faltando. Liah no era un activo que pudiera recuperar con un contrato.

Había gastado fortunas en buscarla. Mis investigadores habían peinado el continente. Pero Liah, inteligente y orgullosa, había evadido cada radar. Hasta que un pequeño error en un suministro de combustible en un pueblo costero me dio la pista. Una mujer que compraba suministros de pesca en efectivo, pero con una elegancia que el salitre no podía ocultar.

—Bahía Esmeralda —susurré, mirando la foto que Derek me entregó.

Liah estaba allí. Siete meses después, su cabello seguía siendo esa cascada oscura que me perseguía en mis sueños. No se veía derrotada. Se veía libre. Y eso, más que nada, me dolió y me atrajo con una fuerza magnética.

—Prepara mi coche. Iré solo. Y Derek... —lo miré con una intensidad que lo hizo retroceder—. Si alguien intenta seguirme, asegúrate de que sea lo último que hagan en esta empresa.

Liah

Bahía Esmeralda era mi purgatorio y mi paraíso. Durante siete meses, me despojé de cada rastro de la mujer que Maximo había intentado poseer. Aquí, yo no era la heredera de los Rinaldi ni la ex prometida humillada del hombre más poderoso del país. Aquí, yo era Elena.

Mi vida se había simplificado al ritmo de las mareas. Trabajaba en la cooperativa, cargando cestas, negociando el precio del pescado con los distribuidores locales, usando mi mente estratégica para ayudar a los pescadores a no ser estafados por las grandes cadenas. Mis manos se habían vuelto fuertes, mi piel se había bronceado y mi cabello, mi esencia indomable, ahora siempre olía a sal y libertad.

No odiaba a Maximo. El odio es un vínculo, y yo había cortado todas mis cadenas. Sentía una indiferencia armada, una paz que me había costado cada lágrima derramada en su torre de cristal. Había perdonado la deshonra de mi padre entendiendo que él era un hombre débil, y yo, por fin, era una mujer fuerte.

Esa tarde, el sol estaba tiñendo el muelle de un naranja sangriento. Me senté al final de la madera vieja, dejando que mis pies jugaran con la espuma del mar. Me solté el cabello de la trenza, dejando que el viento lo agitara. Me sentía invencible en mi humildad.

Entonces, el aire cambió.

No fue un ruido, fue una vibración. Un cambio en la atmósfera que solo el hombre que había habitado mis pesadillas y mis deseos más oscuros podía provocar. El aroma de la sal fue reemplazado por la fragancia de sándalo y poder. Unos pasos lentos, seguros, rítmicos, resonaron sobre el muelle. No eran los pasos de un hombre destruido; eran los de un rey que venía a reclamar lo que creía perdido, pero con una cautela que nunca le había visto.

Me puse de pie lentamente. No iba a permitir que me encontrara sentada. Me giré con una parsimonia deliberada, dejando que mi cabello volara entre nosotros como un velo de seda oscura.

Maximo estaba allí. A cinco metros de distancia.

Se veía imponente. Vestía un traje de lino azul oscuro, sin corbata, con la camisa abierta. No se veía destruido. Su rostro seguía siendo esa escultura de arrogancia y autoridad, pero sus ojos azules tenían una profundidad nueva, una mezcla de arrepentimiento genuino y un celo posesivo que brillaba como una brasa bajo la ceniza.

—Liah —su voz fue un trueno bajo que reverberó en mi pecho.

—Has tardado siete meses, Maximo —respondí, mi voz era un hilo de seda fría—. Pensé que el hombre más poderoso del país era más eficiente.

Él dio un paso hacia mí, pero mi mirada lo detuvo. Hubo una tensión eléctrica en el aire, una guerra de voluntades que ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.




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