Tu ruina

25

Liah

La transición de la arena de Bahía Esmeralda al mármol pulido de la ciudad no fue un viaje físico; fue una transmutación mental. Durante la última noche en mi pequeña habitación frente al mar, no dormí. Me dediqué a trenzar mi cabello con paciencia, sintiendo cada hebra castaña como un recordatorio de lo que era: una mujer que ya no podía ser quebrada por las expectativas de nadie. Cuando el coche enviado por Maximo llegó a buscarme al amanecer, no miré atrás. Sabía que dejaba a "Elena" en la costa, pero me llevaba su paz como munición.

El trato que él había propuesto en el muelle no podía quedarse en palabras volátiles. Un hombre de su calibre, acostumbrado a poseer y dominar, necesitaba límites grabados en piedra si pretendíamos coexistir en el mismo edificio. Por eso, antes de pisar la torre, exigí una reunión previa en un terreno neutral: las oficinas de un bufete independiente que manejaba mis asuntos personales, lejos de la influencia de Derek o de cualquier empleado que respondiera ciegamente a sus órdenes.

Cuando entré en la sala de juntas, Maximo ya estaba allí. No me sorprendió. Su puntualidad era tan matemática como su arrogancia. Vestía un traje gris marengo hecho a medida, impecable, que acentuaba su figura imponente de casi dos metros. Al verme entrar, se puso de pie de inmediato. El movimiento fue automático, fluido, pero sus ojos azules —esos zafiros que antes me miraban con un desprecio absoluto— ahora brillaban con una mezcla de urgencia contenida y un celo posesivo que intentaba camuflar bajo una máscara de cortesía.

—Liah —dijo, y su voz, ese barítono profundo que solía hacerme temblar, resonó en el espacio cerrado.

—Maximo —respondí, manteniendo la distancia, colocándome al otro extremo de la mesa de cristal—. Asumo que ya tienes el borrador con mis especificaciones.

Él no se sentó hasta que yo lo hice. Su seguridad seguía allí, intacta; no era un hombre destruido por la culpa, sino un titán que había reorganizado su estrategia para adaptarse a mi nueva realidad.

—Tus condiciones son severas, Rinaldi —comentó él, apoyando sus manos grandes sobre la mesa. Vi la cicatriz en sus nudillos, el recuerdo de la noche en que su mentira se vino abajo, pero no hice mención de ello—. Exiges el cincuenta por ciento del control de voto en las decisiones de la división conjunta, un presupuesto independiente y la facultad de vetar cualquier orden directa que venga de mi oficina si consideras que interfiere con tus operaciones.

—Son las únicas condiciones bajo las cuales mi mente trabajará contigo, Maximo —le sostuve la mirada sin parpadear, dejando que la frialdad de mi mirada hiciera de barrera—. No he regresado para ser una empleada de lujo a la que puedas llamar a tu despacho cuando tu posesividad se dispare. Estoy aquí por derecho, no por tu benevolencia. Si necesitas mi firma para limpiar los balances que mi padre ensució y salvar el legado de nuestra empresa, tendrás que aceptar mis reglas. Y mi presencia tiene un precio.

Maximo inclinó el cuerpo hacia adelante, y la atmósfera de la sala se volvió notablemente más densa. La tensión sexual y el rencor acumulado durante siete meses flotaron entre nosotros como una corriente eléctrica.

—¿Y qué hay de la Cláusula de Distancia? —preguntó él, con una ligera curva en sus labios que delataba lo mucho que le costaba aceptar ese límite—. Especificas que no puedo acercarme a menos de un metro de tu persona en entornos privados dentro de la empresa, y que toda reunión fuera del horario laboral queda estrictamente prohibida. ¿Tanto miedo tienes de lo que sientes cuando estoy cerca?

Sostuve el bolígrafo con firmeza. La Liah de hace un año se habría encendido en rabia; la Liah actual solo sentía una profunda resolución.

—No es miedo, Maximo. Es higiene. El odio y el amor que una vez nos tuvimos son escombros. No pretendo construir una carrera sobre ruinas emocionales. Trabajaremos juntos porque es lo mejor para el negocio y porque quiero arrancar la podredumbre que el pasado dejó en mi familia. En esta torre somos dos extraños que comparten un balance de ganancias y pérdidas. Nada más.

Maximo guardó silencio durante unos segundos que parecieron horas. Su mirada recorrió mi rostro, bajó por mi cuello y se detuvo en mi melena castaña, que caía libremente sobre mis hombros. Pude ver el esfuerzo monumental que hacía para no romper el protocolo, para no levantarse y rodear la mesa para demostrarme que seguía teniendo el control físico. Pero se contuvo. Su arrepentimiento era real, pero su orgullo de acero lo mantenía firme.

—Firmaré —dijo finalmente, tomando la pluma estilográfica de su bolsillo—. Conozco las reglas del juego. Pero ambos sabemos, Liah, que los contratos de hierro son los primeros que se funden cuando el fuego es lo suficientemente alto. Tienes siete meses de ventaja, has aprendido a vivir en la sal, pero esta estructura es mía. Y aquí dentro, las dinámicas cambian cuando los secretos empiezan a salir a la luz.

Firmó el documento con un trazo rápido y decidido. Yo hice lo mismo. El pacto estaba sellado. Éramos aliados formales en una guerra fría donde el primer descuido emocional significaría la destrucción de uno de los dos

Maximo

Verla caminar por el pasillo principal a la mañana siguiente fue la prueba más demandante de mi madurez.

Liah llevaba un traje de lino color arena. No llevaba las joyas que yo le había comprado en nuestros días de gloria, ni el anillo que arrojé al fango. Su única joya era su presencia. Caminaba con una cadencia segura, los hombros hacia atrás, la cabeza en alto, ignorando los murmullos del personal que recordaba perfectamente la forma en que fue expulsada y la forma en que la retuve durante la auditoría. Ya no era una víctima; era la autoridad absoluta de la mitad de mi world.

Su espacio estaba ubicado directamente frente al mío. Una pared de cristal templado nos separaba. Era una tortura diseñada por el destino: podía verla cada hora del día. Podía ver cómo se recogía el cabello oscuro cuando se concentbaba, cómo dictaba órdenes con una voz clara que a veces lograba filtrarse cuando la puerta se abría, y cómo analizaba los antiguos documentos contables de su familia con una agudeza que dejaba en ridículo a mis mejores analistas.




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