Dicen que el tiempo lo cura todo. Yo digo que el tiempo lo cubre… como una capa delgada de polvo sobre una herida abierta. A veces, basta con una palabra, una imagen o un silencio para que el polvo se levante y vuelva a doler como si todo acabara de pasar.
Hoy hace buen clima. El cielo está claro, y el sol entra con fuerza por la ventana del estudio. Emma dejó la mochila tirada cerca de la entrada antes de irse a la escuela con mi madre. Siempre lo hace, y yo siempre le digo que la recoja. A veces lo hace. Otras veces, como hoy, no. Y a mí me gusta verla ahí. Me recuerda que tengo a alguien que llena mi casa de vida… incluso cuando está vacía.
Me sirvo una taza de café mientras repaso mentalmente mi día. A las once tengo la videollamada con la editorial. Están entusiasmados con el manuscrito del cuarto libro. Yo también, aunque trato de no ilusionarme demasiado. Ya aprendí que las cosas no siempre salen como uno espera, y que las buenas noticias pueden volverse humo en un segundo.
El reloj marca las 9:43. Tengo poco menos de una hora para revisar el guion, ajustar unas líneas y preparar la presentación. Me siento frente a la laptop, respiro profundo, y empiezo a escribir… pero no sobre el libro.
Escribo sobre mí.
"Hoy soñé con Lucas. No con el Lucas que desapareció, sino con el de antes. El que me decía que mis textos eran mágicos, que podía tocar corazones con palabras. El que me abrazaba por la espalda mientras cocinaba y me cantaba canciones tontas que inventaba solo para verme sonreír. En el sueño, me decía: 'Ya voy para casa. Tengo hambre y quiero ver tu cara'. Me desperté con el corazón desarmado, como si todo hubiese pasado ayer."
Cierro el archivo. No puedo permitirme divagar. Tengo una vida que mantener, una hija que depende de mí, y una carrera que he construido palabra por palabra.
Mi estudio es pequeño, pero es mío. Mis libros están apilados por orden de publicación. El primero fue tímido, casi un susurro. El segundo gritó un poco más. El tercero encontró eco. Y este cuarto… no lo sé todavía. Pero lleva más de mí que los otros tres juntos.
Reviso el guion de la reunión y corrijo algunas frases. Agrego una nota personal para cerrar con fuerza. Justo cuando estoy por guardar el documento, suena mi celular. Es un mensaje de mi mamá.
—"Lizzy quiere comprarte un helado para celebrar. ¿Terminaste la reunión?"—
Sonrío. Aún no empieza. Pero solo el gesto de mi hija me da el impulso que necesito. Ella es así. Tiene ese instinto para saber cuándo necesito una caricia, aunque sea en forma de postre derretido.
Termino de preparar todo y me conecto a la videollamada. La pantalla se llena con los rostros familiares del equipo editorial. Charlamos, reímos, analizamos. Me hacen preguntas que respondo con firmeza. Hablo de mi proceso, de los temas del libro, de lo que quiero transmitir. Cuando finaliza la reunión, siento una mezcla de adrenalina y vacío. Como si me hubiera desnudado por dentro frente a extraños y, al mismo tiempo, me hubiera liberado un poco más.
Apago la computadora y me dejo caer en el sofá. El silencio me envuelve. A veces lo disfruto. Hoy no.
Miro el celular. Otro mensaje de mi madre.
—"El helado se está derritiendo. ¿Vienes?"—
Escribo que sí y salgo. Al llegar, veo a Lizzy sentada en la cocina con la cara manchada de chocolate. Me lanza una sonrisa gigante y corre a abrazarme.
—¡Mamá! ¿Cómo te fue?
—Muy bien, mi amor. El libro va a salir muy pronto.
—¡Sabía que lo lograrías! —dice, con los ojos brillando como si acabara de decirle que vamos a Disneylandia.
Mi madre me sirve café y se sienta conmigo. Me observa como solo una madre puede hacerlo: como si viera más allá de lo que dejo mostrar.
—Estás cansada —dice—, pero se te nota feliz.
Asiento. No me atrevo a decirle que a veces no sé si soy feliz o solo funcional. Que hay días en los que escribo para no romperme, y noches en las que me despierto esperando escuchar una llave girar en la puerta que ya no se abre.
Pero hoy no digo nada. Hoy dejo que el café me caliente las manos y que el abrazo de mi hija me recuerde que sigo aquí. Que estamos bien. Que, aunque haya heridas que aún no han cerrado, ya no sangran como antes.
Antes de irnos, Lizzy me toma la cara entre las manos.
—Eres la mejor mamá del mundo.
Y en ese instante, todo el peso desaparece.