Tú y yo... por siempre juntos

Historias antes de dormir

Las noches en el hospital tienen un silencio distinto. No es el mismo que en casa, cuando todo duerme y el mundo parece respirar despacio. Aquí es más denso. Un silencio cargado de luces tenues, pasos de enfermeras, pitidos ocasionales y respiraciones que uno teme dejar de oír.

Lizzy no podía dormir. Daba vueltas en la camilla, se quejaba del suero, del picor en la piel, del calor de la manta y del frío de la almohada. No estaba llorando, pero sus ojos tenían ese brillo cansado de quien solo quiere volver a lo conocido.

Yo tampoco estaba durmiendo. Sentada en la butaca de acompañante, la miraba en la penumbra, deseando poder cambiarme por ella.

Entonces, la puerta se abrió suavemente.

—¿Sigue despierta la princesa? —dijo Mark en voz baja, con una sonrisa discreta.

Lizzy asintió con lentitud. Sus mejillas seguían algo pálidas, pero su expresión se iluminó apenas lo vio.

—No puedo dormir —murmuró.

—¿Ni siquiera si te cuento una historia que nadie más conoce? —preguntó él, acercándose con cuidado a la cama.

Lizzy lo miró con los ojos muy abiertos.

—¿Una historia secreta?

—Totalmente secreta —dijo Mark, sentándose en el borde de la camilla, justo donde no molestaba al suero—. Pero sólo si tu mamá me deja contarla.

—Adelante —respondí, algo sorprendida. Su voz tranquila me hizo soltar la tensión del pecho por primera vez en todo el día.

Mark entrelazó las manos y empezó sin mirar notas, sin tecnología, sin más que su imaginación.

—Había una vez una niña que tenía una sonrisa capaz de iluminar un cuarto de hospital entero, aunque estuviera un poco enferma. Pero lo que nadie sabía era que esa niña… era en realidad una pequeña guardiana de los sueños.

Lizzy se acomodó mejor, envolviendo su peluche con fuerza.

—¿Guardiana?

—Sí —continuó—. Cada vez que un niño se dormía triste, ella entraba a sus sueños y les dibujaba colores. Hacía que los monstruos fueran torpes, que las pesadillas terminaran con cosquillas, y que las noches pasaran más rápido. Pero para poder usar su magia, necesitaba dormir muy profundamente al menos una hora por noche.

—¿Y si no dormía?

—Entonces… los colores de los sueños se volvían un poco grises. No malos, pero menos brillantes. Y eso hacía que el mundo se sintiera más triste al despertar.

—¿Cómo se aseguraba de dormir bien?

Mark se inclinó y bajó la voz como si fuera un gran secreto.

—Ella tenía un hechizo especial. Se repetía a sí misma, justo antes de cerrar los ojos: “Estoy a salvo. Estoy querida. Y todo va a estar bien.” Lo hacía tres veces. Y funcionaba cada vez.

Lizzy lo repitió en un susurro, casi dormida ya.
—Estoy a salvo… Estoy querida… Y todo va a estar bien.

Yo tragué saliva. Me dolió lo hermosa que fue esa escena.

Mark se levantó con cuidado, volvió a colocar bien la manta sobre su cuerpo y luego se giró hacia mí.

—Si necesita algo, estoy cerca.

Asentí, sin poder hablar. Solo lo miré irse, con su figura desvaneciéndose entre luces suaves.

Cuando la puerta se cerró, miré a mi hija.

Ya dormía.

Y esa noche, mientras yo aún no podía cerrar los ojos, supe algo con total certeza:
No todos los que salvan una vida lo hacen con bisturís y diagnósticos.
Algunos lo hacen con palabras suaves y presencia constante.
Y sin saber por qué… Mark me parecía exactamente uno de esos.




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