Es normal que en lugares como casas abandonadas, cuevas o bodegas exista una amplia variedad de arañas. El número de arañas aumenta considerablemente cuando el lugar está en una zona rural, cerca de algún parque, incluso, puede depender del clima o la temporada del año. Lo que intento dar a entender es que, al menos aquí en este asqueroso minisuper en medio de un pueblo olvidado por Dios, no es extraño encontrar arañas caminando por manijas, pasillos, baños, paredes, pisos o techos. Tampoco es extraño encontrar arañas de todos los colores y tamaños que se puedan imaginar. He visto verdaderos titanes caminar por los pasillos y peor aún, estar a punto de saltar a mi cara.
Para un aracnofóbico, este lugar es una pesadilla. Para Hugo, que es aracnofóbico, este lugar es un infierno que se ve obligado a soportar gracias a los escasos trabajos en la zona. Pero para mí, es perfectamente normal. Cuando naces, creces y vives en un pueblo toda tu vida, convivir con este tipo de bichos es algo cotidiano, común y muy muy normal. Te acostumbras a despertar y tener un par de ellas caminando por la mesita de noche a veinte centímetros de tu cara, o a mover una caja y que cientos de arañas pequeñitas corran por todos lados intentando entrar en tus zapatos.
Lo anormal en este caso empezó un domingo. Un día después de nuestro incidente con Marlo. Aun no teníamos puerta, solo una cortina que se zarandeaba con la más mínima brisa y que dejaba mucho que desear como puerta, pues los perros callejeros, mosquitos, moscas y demás insectos, entraban y salían como quisieran.
Curiosamente, el jefe había priorizado el control sobre cualquier otra cosa y había reemplazado las cámaras para poder vigilarnos en todo momento. Las cámaras ahora si eran de mejor calidad, grandes, con sensor de movimiento y hasta con rotación automática. Pero la puerta era un maldito trapo que pendía de un hilo. Visto de cierta manera, estabamos vigilados por casi todos los ángulos, pero también, estabamos casi a la intemperie.
Usualmente, yo soy la que se queda en el mostrador toda la noche, pero gracias a que no había puerta, me estaba cagando de frío. Quedarse quieto no era una opción si quería ver el amanecer y no morir de hipotermia. Así que fingía barrer la tienda, solo para tener una excusa para moverme de un lado a otro, buscando entrar en calor o hallar un lugar más cálido. Hugo, hacía algo parecido, entrando y saliendo de la bodega con pequeñas bolsas de papas que colocaba en los estantes, solo para cambiar de idea y volver a reorganizar todo un rato después.
Me acerqué al pasillo de cervezas y vinos, con la intención de "accidentalmente" golpear y dejar caer unas cuantas latas de cerveza, marcarlas como "producto dañado por accidente" en el inventario, robar un poco de hielo, ponerlas a enfriar y luego antes de terminar el turno, salir a beberlas fuera de la vista de las cámaras.
Agitaba mi escoba con brusquedad, casi saboreando el alcohol en mi boca cuando vi una araña negra como de unos tres centímetros arrastrarse por el suelo, dejando una línea color verde de lo que asumo eran sus tripas. Al principió creí que yo le había hecho eso con la escoba, pero luego vi que el camino verde venía desdé debajo del estante de los dulces, dando un aproximado de 130 centímetros que la pobre había recorrido dejando partes de sus órganos en el camino.
—¡Mira, se desbuchó!—levanté la voz para que Hugo viniera a ver la masacre.
—¿Quién?,¿Tú panza?— bromeó, mientras caminaba hasta mí. —Chale, se le ponchó su pancita— dijo mientras retrocedía discretamente. Le había dado asco.
—¿Nos la quedamos? —puse una sonrisa fingida.
—No… es… no…—tartamudeo.
—¿Te da asco? —
—No… esque… no creo que sobreviva —
—Aja. Miedoso. Pero tienes razón, esta muy mal herida. —exclamé agachándome para verla un poco mejor. —Bueno, una menos—mencioné antes de pisarla y barrer sus restos hacia la basura. De todos modos, no creí que pudiera sobrevivir sin gran parte de sus intestinos.
Después de eso, Hugo siguió acomodando bolsas y yo conseguí “ser testigo” de como dos latas de cerveza se dañaban en el pasillo dos.
Treinta minutos antes de que terminara nuestro turno, Hugo y yo salimos a tomarnos las cervezas “dañadas”. Comenzamos a platicar mientras veíamos el amanecer, hacía un frío de su puta madre, pero al menos la mañana comenzaba bien gracias al alcohol gratis.
—Estuvo raro— dije.
—¿Qué cosa? — contestó poniendo más interés en su lata que en mí.
—Lo de la araña—
—¿Por qué? —
—Para empezar, es extraño ver arañas tan cerca de los refrigeradores, no les gusta el frío, en segundo lugar, ¿Cómo es que se lastimó? o ¿Qué la lastimó? ¿Por qué lo que sea que la haya atacado, no se la comió? ¿Por qué la dejó viva estando ya indefensa? — mencioné hablando muy rápido. No sé si fue el alcohol o que había estado leyendo y mirando videos de misterios toda la semana, pero me creía detective privada.
—Yo creo que fue una lagartija —contestó Hugo indiferente.
—A ti te encantan los misterios—dije con todo el sarcasmo que pude sacar de mi cuerpo.
—Sí, mi favorito es el misterio sin resolver sobre la desaparición de nuestros aguinaldos de Navidad —bromeó sonriendo como estupido.
—Ese misterio esta bueno —resoplé meneando un poco mi cerveza como si fuese coñac, imitando la forma en la que las personas elegantes menean sus copas en las películas. —Otro muy bueno es el que trata sobre la ausencia de nuestras prestaciones de ley—reí refinadamente, antes de dar un sorbo con los labios apretados.
El martes, alrededor de las dos de la madrugada. Estaba sentada en el mostrador leyendo un estúpido libro que encontré en medio de las galletas de mantequilla y que seguramente algún cliente debió olvidar. "¿Cómo funciona la bolsa de valores?", era el título de esta cosa.
Luego de cinco minutos intentando leerlo y únicamente consiguiendo disociarme de la misma forma que en la escuela, decidí hacer algo divertido y lo arrojé directamente a los costales de comida para perro al fondo de la tienda. Para esa entonces el jefe se había aburrido de tener que ver la grabación de todas las cámaras y había desactivado la mayoría. Dejando únicamente una en la entrada y otra en la puerta trasera. Hugo y yo éramos libres otra vez.
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Editado: 09.08.2026