Turno Nocturno

Capítulo 5 Hablemos de Rambo

¿Cómo podría describirse la rutina en el minisuper?

Llegar, anotar nuestro nombre y firmar tu llegada en una lista improvisada hecha con Exel, donde se marca el horario de cada empleado. Después, esperar a que los del turno de día terminen de contar el dinero y se vayan. Luego, Hugo y yo nos dedicamos a limpiar el desastre que dejaron los tres idiotas del turno de día, quienes seguramente creen que somos sus conserjes, lo que incluye: barrer, tirar la basura, despegar chicles de debajo del mostrador y limpiar las gotas marrones de líquido extraño que usualmente encontramos dispersas por todo el minisuper. También rellenamos estantes y organizamos la bodega para hacer espacio por si llega mercancía al día siguiente.

Hacemos todo esto mientras también atendemos a los clientes nocturnos, quienes principalmente consisten en amas de casa comprando víveres de último minuto, alcohólicos que buscan aumentar sus niveles de alcohol en sangre y un creciente número de adictos que discretamente buscan jeringas o medicamentos caducados.

A estos últimos tenemos prohibido atenderlos, así que la gran mayoría tiene una “Estrategia” donde uno o dos de ellos nos distraen a Hugo y a mí preguntándonos cosas estúpidas, mientras otro busca frenéticamente en los botes de basura detrás del minisuper. Sabemos lo que hacen, lo hemos sabido siempre porque no son para nada silenciosos mientras buscan en la basura.

Alrededor de las doce y en un día promedio, la tienda queda vacía. Es aquí donde Hugo y yo pasamos a ser lo que yo llamo “murciélagos de cueva”, haciendo una referencia a Minecraft. A partir de aquí nuestra existencia consiste en ser “decoraciones”, asi como los murciélagos en las cuevas, no servimos para más nada, más que empleados somos herramientas que sirven para dar ambiente.

En palabras del jefe; Hugo está aquí porque su tamaño evita que algun Ladronsuelo se anime a robar, y yo, estoy aquí únicamente para que las mujeres que quieran comprar sientan la suficiente confianza como para entrar. Aunque, ninguna mujer ha venido jamas en la noche y no ha habido ningún robo desde que el líder de los vagabundos declaró públicamente que robar era una blasfemia.

—¡Escúchenme bien! El hurto no es una simple falta; es una blasfemia que va en contra del honor y el orden que sostiene a nuestra comunidad. Quien extiende la mano para tomar lo que no le pertenece no demuestra valentía. No confundáis la codicia con la astucia ni el saqueo con la necesidad. Durante mi reinado no se tolerará esa práctica mundana ¡Y mientras yo tenga voz, llamaré al ladrón por su nombre y a su crimen por lo que es: una blasfemia imperdonable! —gritó su líder en un tono…medieval?

Usaba una cortina sucia como capa, una sábana como túnica, una lata como corona y un palo de escoba a modo de cetro. Se había parado enfrente de la iglesia del pueblo, subido en un banquito de madera, rodeado de sus “seguidores”, quienes lo miraban con ojos vidriosos y dedos entrelazados, conmovidos por sus palabras. Un espectáculo total.

En fin, creo que ahora es oportuno contarles de Rambo. En realidad, Rambo no se llama Rambo, tiene un nombre normal como todas las personas, solo no sabemos cuál es. Lo llamamos así porque, en palabras de Rambo; así le gusta que le digan. En todo el tiempo que llevo aquí encerrada viendo mi juventud escaparse, jamás he escuchado su verdadero nombre. Todo el pueblo en general lo llama de esa manera, Rambo, sin apellidos, sin ningún otro apodo conocido. Solo Rambo.

Él es algo así como el asistente personal del jefe. Se encarga de venir por la ganancia del minisuper cada cierto tiempo, revisar el inventario y la lista de asistencia de los empleados, así como de entrar al único y minúsculo cuarto, oculto detrás de una montaña de cajas, dentro de la bodega, al cual, solo él y el jefe tienen acceso. ¿Qué hay ahí? No lo sé, pero Hugo y yo creemos que nos trae “mercancía”, pero de ese tipo de mercancía que se tiene que ocultar. Es mejor no preguntar.

Para aclarar ese último punto, Hugo y yo sabemos que el jefe también es dueño de un negocio “secreto”. Sencillamente tratamos de mantenernos al margen, ya que, si al jefe le va bien, entonces nosotros seguimos teniendo trabajo. No somos sus empleados, somos su tapadera y entre menos nos involucremos es más seguro para nosotros y para nuestro salario semanal.

Por mi parte, Rambo no es alguien en quien me interese mucho. Es un maldito estereotipo andante de un mexicano de cuarenta años: bigote, moreno, rechoncho. Sí, cuando piensas en todos los estereotipos mexicanos de hombre, Rambo cumple con la mayoría de las características físicas. Es como buscar “hombre mexicano” en Google, pero con la diferencia de que tiene estatura de vikingo, dos metros o incluso más de altura. En relación a su comportamiento, es bastante ególatra y altanero, también da algo de miedo. Y el dar miedo lo pone orgulloso, ya que suele reir cuando la gente se hace a un lado para cederle el paso, o cuando los niños pequeños lo observan con tal terror, que pareciera que va cubierto de sangre. Es condescendiente, y sí, me trata como una mocosa.

Bueno, no lo culpo, yo parezco una niña. La pubertad no hizo mucho por mí y literalmente parezco una infanta. Mis ciento cuarenta y nueve centímetros de estatura y cero curvas hacen que la mayoría de los hombres adultos piensen que tengo doce años. Aun así, me molesta que me hable con un tono infantil o que no me dirija la palabra. La mayoría de nuestras interacciones solo se limitan a decirme: hola pequeña.

En fin, hoy se supone que viene por el dinero. Aunque Rambo debió llegar hace más de una hora. Como es normal en él, viene llegando tarde, esto a pesar de tener una camioneta nueva. Pero bueno, raro sería que llegara temprano.

Como sea, a las cuatro de la madrugada, volví al mostrador, después de pasar tiempo de calidad en el baño y me puse a jugar en mi teléfono para matar el tiempo:




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