Turno Nocturno

Capítulo 6 El Tapón y el Hombre Rana

Y ahora les presento un pequeño cuento.

En el centro de un pueblo aburrido, detrás del único minisuper del lugar, hay una gran placa de cemento que cubre un gran cúmulo de escombros como: madera, palos, alambres de todo tipo, ladrillos, rocas de todos los colores y tamaños, chatarra inútil de los noventas como electrodomésticos y muebles rotos, y demás basura que el pueblo y sus habitantes deseaban ocultar, pero no querían gastar demasiado dinero o hacer esfuerzo para llevarlo a otro lugar.

Así que, haciendo uso de su ingenio, el jefe, dueño del minisuper, aventó las ya mencionadas cosas a un pequeño lago que estaba detrás del minisuper, solo para después cubrirlo todo con una gruesa capa de cemento. Claro, cobrando una pequeña comisión por deshacerse de dicha basura y al mismo tiempo eliminar la plaga de los mosquitos y ranas que azotaban el minisuper en época de lluvias. Ahorrando asi, mucho dinero, tiempo y esfuerzo. Una “Idea millonaria” dirían algunos, un “desastre ambiental” dirían otros.

Como ya se podrá intuir, el proceso para clausurar el lago, se llevó a cabo sin ningún tipo de planeación, solo fue un monton de maquinaria aventando todo tipo de desperdicio en ese lugar. Teniendo eso en cuenta, los empleados del minisuper, así como los vecinos del lugar, bautizamos esta obra de la NOingeniería como: EL TAPÓN.

De ese lugar, a veces se escapan olores peculiares que no pueden ser comprados con ninguna otra cosa. A veces sonidos que se semejan a respiraciones roncas y hasta rasguños. Lo que más llega a preocuparnos es que debes en cuando se escucha un “burbujeo” que se intensifica cada vez más, hasta que luego de unos minutos se detiene como si este nunca hubiera existido. Sabemos que hay animales dentro de ese lugar, los hemos escuchado y también hemos visto diminutas ranas salir y entrar de las pocas y estrechas grietas de El tapón. Sin duda, hay vida ahí adentro. Lo que no podemos intuir es lo que pasará con “El Tapón” en el futuro. Tal vez se parta por la mitad, tal vez ahora esté hueco, creando poco a poco un socavón que se comerá al pueblo entero en el futuro o tal vez solo pueda ser utilizado como sinónimo de un poro obstruido, pero de la tierra. De cualquier forma, no creo que sea bueno que alguien esté tan cerca de él y mucho menos que esté saltando sobre él.

—¡Hugo! —grité, tomando el plumero con el que minutos antes, pensaba matar a Marlo.

—Julia, ¿llamamos al jefe? —preguntó Hugo saliendo de la bodega.

—¡NO ME LLAMES ASI! —le grité.

—Ah, lo siento… olvidé que no te gusta —

Suspiré. —ah… sabes que, solo vamos a ver al “Hombre Rana” —le dije acariciando mi frente.

Sin decir nada más, Hugo tomó una linterna y salimos juntos. Desde dentro, podían oírse los rítmicos golpes de sus pies cayendo sobre la tierra. ¿Has sentido ese sentimiento en el pecho que te grita que de no debes acercarte algo? Algunos lo llaman “instinto”, otros “presentimiento”, yo personalmente me gusta llamarlo “sentido arácnido”. Bueno, pues comencé a sentir eso mientras nos acercábamos. Una maldita sensación que se me instaló detrás del cuello en forma de pesadez y frio.

Hugo alumbraba con la linterna de un lado a otro, intentando enfocar al Hombre rana. Ahí estaba. Justo en el centro, vistiendo shorts verdes, una playera verde y una máscara de rana, que más que máscara parecía una manualidad infantil. Era un hombre gordo, alto, con una piel enrojecida por el sol. Daba saltos como los que daría un niño en un trampolín, altos y fuertes. Cada que caía, pequeños trozos de cemento saltaban serca de sus pies. El sonido era hueco, como saltar sobre el techo de una casa.

En otras circunstancias, no me hubiera importado que algun vago saltara sobre El Tapón. Si esto hubiera pasado fuera de mi turno, no me importaría que el Hombre rana cayera dentro, se ahogara o se empalara con alguna de las múltiples varillas que seguramente hay abajo. Pero por desgracia mía, estamos en mi turno y si no hacemos algo, estoy casi segura de que el jefe, no tendrá palabras lindas para nosotros.

—¡Hey! ¡Amigo sal de ahí! —le dijo Hugo, apuntando su linterna a su cara.

—¿SALIR? ¡NO! ¡SALIR NO! ¡ELLAS DEBEN SALIR! —gritó, usando una voz caricaturesca, parecida a la de La Rana Rene.

—¡OYE, OYE! ¡VAS A ROMPER ESO! —grité, empuñando mi plumero.

Él no respondió. En cambio, se puso de rodillas y comenzó a darle puñetazos al concreto con tal fuerza, que sus nudillos se llenaron de sangre casi al instante. Se estaba moliendo las manos dando puñetazos con tanta intensidad que desde mi lugar, pude ver como se comenzaban a formar grietas. Llego un punto donde no podía diferenciar entre su hueso expuesto y los pedazos de cemento que se le iban incrustando en cada golpe.

El simple hecho de mirarlo, hacía que te dolieran las manos en golpe. —A la mierda, yo no me voy a encargar de él. Hay que llamar a la policía —dije antes de correr hacia el minisuper, casi atropellar a Rambo mientras corría, tomar el antiguo teléfono fijo del minisuper y finalmente llamar al 911. —Hola, necesito una patrulla ahora. Estamos en el minisuper de la localidad… —dije antes de que la operadora me interrumpiera.

—Primero debe identificarse, hay un protocolo sabe —dijo la operadora, una mujer con un tono altanero en la voz.

Estaba a punto de mandar a la mierda su protocolo, cuando sentí que alguien me quitaba el teléfono de las manos. Era Rambo, quien me hizo a un lado y comenzó a hablar con ella. No sé si fue mi tono asustado o que Rambo me allá arrebatado el teléfono y amenazado a la operadora con… mutilarla con el pulgar… lo que sea que signifique eso, lo más seguro es que haya sido lo segundo, pero hizo que, por primera vez, tanto la policía como los paramédicos, llegaran en unos 5 minutos. Específicamente una patrulla con cuatro oficiales y una ambulancia con tres paramédicos.

—Esto es demasiado —pensé.

Encendieron sus faros apuntando al hombre, como en esas películas de acción, donde la policía enciende la luz y el criminal quedar rodeado e iluminado por todos lados. Era una escena casi heroica, hasta que bajaron de sus vehículos y entonces pusieron la misma cara de horror que Hugo y yo teníamos puesta ya desde hace rato. Las nuevas luces dirigiéndose hacia el tipo, dejaban ver que aparte de que tenía sangre hasta los antebrazos, también tenía una mirada llena de cólera, era como ver a los ojos un chimpancé rabioso o algo así. Por último, pero no menos importante, logramos darnos cuenta de que le valía una hectárea de mierda que la policía estuviera ahí, pues seguía golpeando con todo lo que tenía y sin descanso.




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