Turno Nocturno

Capítulo 8 Guerra fría

Para ser un maldito psicópata con características sobrehumanas, había tardado demasiado en llegar, ya eran como las diez de la noche y aún no había señales de él. Todos nos habiamos arrinconado en la bodega, como si eso fuese a protegernos de alguna manera.

Hugo y yo nos habiamos acostado en el suelo uno al lado del otro, compartiendo una caja de cartón que usábamos como colchón, demasiado cansados como para hacer cualquier otra cosa. Cada quince minutos, una patrulla de policía, con oficiales y militares armados, pasaba delante del minisuper, apuntando sus luces hacía el interior.

Sí, seguíamos siendo el único punto iluminado del pueblo. Además de que los “BENDITOS” oficiales, habían usados tablas y clavos para cerrar las puertas y “evitar” que alguien entre. Aunque, sinceramente creo que es para todo lo contrario; no querían dejarnos salir. Como sea, al menos es un filtro más que el Hombre Rana deberá romper, si es que viene por nosotros.

Ya habían pasado TRES PUTAS HORAS desde que debió haber llegado el Hombre Rana. A estas alturas, tengo tres teorías: se perdió por el camino, pasó a atacar a alguien más o simplemente el oficial Morales mintió sobre el tiempo que tardaría en llegar solo para conseguir que todos se fueran del minisuper. Sea como sea, ESTOY ABURRIDA.

Estoy tan aburrida que comencé a notar detalles sutiles. Ese tipo de detalles que usualmente tu cerebro filtra por no considerarlo relevante. Me refiero a cosas como que la mancha de humedad en el techo tiene forma de conejito o que hay caca de rata seca debajo de las estanterías de la bodega.

También me di cuenta de que Hugo tiene dos remolinos en la cabeza en lugar de uno, haciendo que su peinado se vea un poco más esponjoso en la coronilla. Tal vez eso no lo había notado porque casi siempre estamos de pie y bueno… mide como medio metro más que yo. Noté que Diana, la empleada del turno de día, suele tronarse los dedos y pellizcarse las muñecas cuando siente miedo. Sé que es algo recurrente en ella, ya que tiene algunos moretones casi curados, combinados con moretones recién hechos. Me percaté de que cuida mucho su cabello, es muy largo y liso, castaño opscuro, sin frizz, ni puntas abiertas, perfecto diría yo. Resalta el color avellana de sus ojos y el tono dorado de su piel.

Sus compañeros, Víctor y Héctor, parecen ser muy unidos. Se sientan juntos y llevan una hora compartiendo una caja de chicles de canela. (¿Habrá algo entre ellos? ¿Algun tipo de relación? Ya saben ¿gay? Ja,ja, lo siento, he leído mucho BL últimamente). Víctor, un tipo tatuado y flacucho, tiene una leve cicatriz en la barbilla. Apenas y se nota, pero se volvió visible cuando rascó su cuello y su piel se estiró justo en ese lugar. Por otro lado, Héctor, el tipo de cabello largo y mechones rojos y azules, parece al guíen…callado. No ha dicho una sola palabra en horas… creo que nunca lo he escuchado hablar, o susurrar, o emitir algun sonido.

Por último, el jefe, él no deja de sacudirse la ropa como si se estuviera asando de calor, creo que es una especie de tic nervioso, pues en retrospectiva lo he visto hacer eso hasta en invierno. Me di cuanta de que lleva una cadena plateada en el cuello, un reloj que se ve algo caro, que ha subido unos siete kilos y la frente le ha aumentado unos tres centímetros desde que lo conocí.

Si, estoy demasiado aburrida y saben que es lo peor de todo, que la estupida canción “Holidays by Ib Glindemann” sigue sonando en todo el minisuper.

—¿Crees que muramos hoy? —le pregunté a Hugo.

—Espero que no —respondió, volteándose boca abajo y dejando salir varios quejidos de dolor.

—Supuestamente el Hombre Rana estaba a veinte minutos de aquí, ¿dónde está? —

—Ni idea —

—Imagina que en realidad estamos en una especie de distorsión temporal, donde el tiempo corre con rapidez aquí adentro, pero afuera este avanza más lento y por eso creemos que el Hombre Rana a tardado demasiado, pero en realidad es porque aun no pasan los veinte minutos en el exterior —

—Estas aburrida, verdad —

—Se —exclamé rodando en el suelo lejos de él.

Pensé en el Hombre Bebé, en lo que me dijo y en si seguiría ahí afuera sujetando a Marlo.

—Te protegeremos —susurré, creyendo que nadie me escucharía.

—¿Qué? —preguntó Diana.

—Oh, nada. Solo soñaba despierta —mentí.

De todas maneras, no creo que nadie me crea que un hombre que usa pañales, exhibicionista y que parece el hada del talco mentolado, vendría a cuidarme. Aunque… ¿Por qué usó el término, “te protegeremos” en lugar de “te protegeré”? Él solo es uno…o, ¿tal vez se refiere a los demonios de su mente?

—Oye, Julia, ¿verdad? —preguntó Diana, arrodillándose a un lado de mí.

—Uhhh, no le digas así. Es su nombre, pero no le gusta —intervino Hugo.

—¿Qué? ¿Por qué? —me preguntó Diana.

Antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe seco en la puerta trasera del minisuper, seguido de otro y luego otro más fuerte. Escuché justo el momento en el que las tablas con las que habían sellado la puerta se rompieron, pues grujieron y cayeron al suelo rompiendo junto con ellas nuestra poca sensación de seguridad.

El marco de la puerta empezó a soltarse; él había llegado. Estaba segura a pesar de que no podía ver tras la puerta, ¿quién más sería capaz de destrozar tablas de madera con tanta facilidad? Nos pusimos de pie e instintivamente comenzamos a evaluar el lugar, buscando donde podríamos escondernos. El único lugar que podria darnos algun tipo de protección, era el minúsculo cuarto oculto donde se guarda la “mercancía secreta”. El problema, es que es tan pequeño, que solo entrabamos dos, a lo mucho tres si el espacio personal y contacto físico inapropiado, dejaban de tener significado.

Nos miramos entre todos y en un acto digno de caballerosidad, el jefe, Víctor y Héctor, entraron en el cuarto cerrándolo tras de sí. Diana, Hugo y yo, nos quedamos parados como estúpidos por un instante, antes de que otro golpe nos hiciera reaccionar y salir corriendo hacia la entrada principal del minisuper.




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