¿Han escuchado la teoría que dice que si mueres mientras duermes, el último sueño que tendrás refleja las sensaciones que experimenta tu cuerpo en la vida real? Si no lo han hecho, déjenme hacerles un resumen.
La teoría dice que la muerte mientras se duerme, no es del todo pacífica e indolora como se creía años atrás. Debido a que recientemente se descubrió que los sueños tienden a incorporar estímulos externos, por ejemplo: si mientras duermes sientes frio, entonces soñarás que caminas en la nieve con poca ropa o que comes algo congelado.
Esto sucede debido a que el cerebro no deja de registrar lo que pasa a tu alrededor, sin importar que tan profundo duermas. Esta es la misma razón por la que si escuchamos un ruido fuerte, sentimos malestar o dolor, podemos despertar.
Volviendo al tema, la teoría explica que si a alguien le da un infarto mientras duerme, entonces podría soñar que le dispararon en el pecho, como un intento de su cerebro para darle una explicación al dolor que experimentaría en la vida real, o si, por el contrario, deja de respirar, entonces soñará que cae al mar. Simple pero posible.
Les cuento esto porque creo que tuve un sueño de muerte. Pero, antes de contarles que pasó en el sueño y porque pienso eso, les debo una pequeña recapitulación de los hechos…
—Hola, operadora —dije tiritando.
—911, ¿Cuál es su emergencia? —respondió una voz…familiar.
—Hablo del minisuper, ubicado en la localidad…—
—Eres tú!! —gritó la mujer en un estado de alerta y luego… me colgó.
—¿Qué chingados fue eso? —preguntó Diana enojada. —¿Por qué te colgó? Eso es ilegal —
—Oh… tal vez tiene que ver con que la última vez que llamé, Rambo la amenazó con “mutilarla con el pulgar” —expliqué, haciendo comillas en el aire.
—¿Qué es “mutilar con el pulgar”? —imitó las comillas.
—No tengo idea. — Suspiré —Chale, ya no tengo batería—pregunté.
—Grandioso —replicó Diana.
—¿A alguien le queda batería? —pregunté.
—No —dijeron Hugo y Diana al unísono.
—Bueno, ahora sí, estamos 100% incomunicados —exclamé. —¡Pinche Rambo! —
Para la una de la mañana, continuábamos sentados en el suelo. Diana y Hugo habían decidido abrazarme, pues mi temperatura estaba bajando demasiado. Todavía estabamos sin sonido alguno o presencia de vida. La última vez que Hugo se asomó por la ventanilla, nos dijo que solo podía ver cuerpos tirados en el suelo. Lo cual, no es muy alentador.
Creí que todos estaban muertos, que la ráfaga de balas había dejado un campo de muerte, pero justo cuando más tranquila me sentía, escuché pasos que se dirigían hacía nosotros. Alguien se había parado detrás de la ventanilla en la que momentos atrás habíamos presenciado todo.
—¡Chicos! ¡Chicos! Hay alguien —exclamé emocionada.
Me liberé del abrazo de Hugo y Diana, con una sonrisa en la cara. Salté sobre una caja, para asegurarme de que quien sea que estuviera fuera pudiera notar mi presencia. En el momento en el que usé mi mano para retirar la escarcha del vidrio, lo vi; era el Hombre Rana.
Me miraba con ojos exhaustos y una sonrisa que reflejaba malicia. Traía su máscara en la mano y su cuerpo, ya no era verde, era rojo, pintado con sangre. Tenía miles de rasguños y pequeños agujeros dispersos en todo su cuerpo, que seguramente obtuvo cuando los vagabundos lo atacaron.
Me paralicé, todavía con la sonrisa en mi boca. Él se acercó al cristal de la ventanilla y lo lamio como una paleta. Di un salto hacia atrás. No fue necesario que les dijera a Hugo y Diana quién estaba afuera, lo dedujeron rápidamente cuando me senté en el suelo en posición fetal.
El Hombre Rana resopló un poco y caminó hasta la puerta. Nosotros, seguimos el sonido de sus pasos con la mirada. Mi corazón latía tan rapido, que dejé de sentir frio. Diana se mordía el labio, tratando de no gritar, al mismo tiempo que se rasguñaba las muñecas ella misma. Hugo, ni siquiera respiraba. ¿Han visto cuando un ciervo se paraliza en medio de la carretera, justo cuando ve un automóvil acercarse? Pues Hugo era el ciervo; estaba rígido.
El Hombre Rana sacudió la manija de la puerta. Está tronó y rechinó, pero no se abrió. Esperábamos que la puerta terminara rota o en el suelo, pero en lugar de eso escuchamos unos leves sonidos: pip…pip…pip…piiiiii…
—¿Qué pasó? —susurré.
El Hombre Rana corrió hasta la ventanilla y sostuvo a la altura de su cara, lo que instantes después reconocí como la manija de la puerta. Se reía, contoneando la manija de un lado a otro. Estaba confundida hasta que lo sentí. El frío que de por sí era intenso, se había vuelto…doloroso. ¿Qué había pasado? Solo que el maldito sádico anfibio había bajado aún más la temperatura.
Él se asomaba al interior del cuarto, pegando su frente al vidrio como no queriendo perderse ni un momento el proceso de volvernos paletas.
—Ahora sí, vamos a morir —dije, llevando mis manos bajo mis axilas, buscando un poco de calor.
El frío recorrió mi cuerpo como un viento helado que traspasaba mi ropa. Comenzó con mis manos y pies, moverlos coordinadamente se había vuelto imposible, pues el constante temblor hacía que perdiera toda la precisión y fluidez que alguna vez tuve. Incluso respirar era difícil, pues el aire se había vuelto seco y áspero. Tanto la nariz, como la garganta, ardían cuando el aire helado pasaba a través de ellos. Castañeaba los dientes, haciendo un clic insoportable que no podía detener.
Hugo y Diana volvieron a abrazarme. Intentamos frotarnos las manos, caminar, movernos. Cualquier cosa en un intento de mantenernos calientes. Pero era inútil, el frío era demasiado. Quisimos tapar la ventilación, como una medida desesperada para evitar que el frío entrara al cuarto. No funcionó.
—Vaya, chicos. Nuca imaginé que iba a morir así —dije, observando como mi aliento se volvían pequeñas nubes blancas.
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Editado: 09.08.2026