Kirlian oyó al doctor, pero no lo escuchó en realidad. Cuando entró por sus oídos la frase, “no hubo daños importantes”, perdió todo interés en el diagnóstico. Simplemente se resignó al tratamiento que le indicaban y no hizo más preguntas. Tampoco dio mucha información al día siguiente, cuando llegó la policía para hacer preguntas. Solo les dio las mismas respuestas que le había dado al personal del hospital, que no sabía nada. Algo que no dejaba de ser cierto.
La circunstancia de su apuñalamiento, lo que en verdad pasó oh lo que percibió como el hecho en sí, era una alucinación. No había otro modo de describirlo, por lo inverosímil del asunto. Ojalá y hubiera sido un sueño, como lo fue el del Páramo, pero no podía ser más real, o al menos sentirse así.
Si su mente no se hubiera dañado de alguna forma, quien lo apuñaló era un fantasma. Y como no podía confiar en nadie, de ningún modo, no había nadie que pudiera decirle lo que ya sabía. Que su mente jugaba con él, y que todo no era más que pura imaginación. Él nunca había consumido drogas y no bebió esa noche, como tal, debe haber algo mal con su cabeza.
Así pasaron cuatro días en los que solo podía tomar reposo en el hospital. Como no tenía teléfono, y tampoco había televisión en el cuarto, su único entretenimiento eran sus ruidosos compañeros de cuarto.
¿Una habitación para él solo? Por supuesto, cuando pudiera pagarlo sería un éxito. En cuanto salió de alto riesgo, lo transfirieron a una habitación con otros dos pacientes. Uno era un oficinista que no dejaba de gritarle a su teléfono, otro era un delincuente, que insistía en que le quitaran las esposas.
El delincuente se llamaba Barry, y al parecer, lo atraparon por intento de asesinato. Encontró a su pareja engañándole, y en lugar de usar la sabiduría y salir de ahí, decidió liarse a golpes con el chulo. Al final, los vecinos oyeron la conmoción y llamaron a la policía. Al hombre se le podría tener pena, de no ser por la estocada que le propinó en el estómago al sinvergüenza.
En otras circunstancias, Kirlian hubiera estado de su lado. Pero siendo víctima de un dolor parecido, no le resultaba de otro modo que repulsivo. Es curioso como al hospital no le importaba poner a un agresor de arma blanca junto a una víctima del mismo crimen. Por suerte, Kenneth el oficinista era un tipo normal. Se había caído de unas escaleras y se fracturó un tobillo.
No estaría de más decir que era muy afortunado, ya que gracias a eso se descubrió el cáncer que tenía en la pierna. Estaba cerca del hueso, pero cómo se descubrió a tiempo no había preocupaciones. Su actitud altanera sacaba de quicio al delincuente, y honestamente también a él.
– ¡Enfermera! ¡Maldita sea! ¡Enfermera!– Por tercera vez en este día, Barry grito hacia la puerta entreabierta
–Aquí estoy, ¿qué pasa?
–Tiene que quitarme las esposas, ya les he dicho que no me siento bien
–Ya le dije que no es posible, no siga molestando.
– ¡Ya les dije un millón de veces! ¡No cambien nada si no estoy allí! ¿Qué?… ¿Pero qué parte no entendiste? ¡El alza de precios es mala para nosotros! – Por quinta vez en el día, el señor Kenneth alzaba la voz en el cuarto, y por lo que escuchaba, seguiría así otra media hora. Al mismo tiempo, Barry aprovecho para quejarse.
– ¿Lo ve? Se pasa el día entero de llamada en llamada y no deja dormir a nadie. Les juro que si no hacen algo yo mismo le cerrare la boca.
La enfermera le miro con expresión acerada. –Y por esa razón lo tenemos esposado, sea un paciente y no moleste– Entonces se giró hacia el hombre de negocios y le dijo. –Y usted señor Kenneth, esta es la segunda habitación a la que ha sido trasladado. Si no puede limitar las molestias a sus compañeros, el hospital no tendrá más opción que referirlo a la habitación 66.
– ¿Qué? ¿Pero quién se ha creído?
“¡Hugh! todo menos eso” Kirlian no pudo evitar estremecerse. Como la habitación 66 era ocupada por pacientes con problemas intestinales, era el lugar perfecto para desear estar muerto. Originalmente era la habitación número 14, pero los enfermeros la renombraron luego de un par de incidentes. Antes de irse, la enfermera se aseguró de decirles. –Todos aquí serán dados de alta en uno o dos días, por lo que sería mejor que gasten sus esfuerzos en recuperarse en vez de quejarse.
La enfermera no espero más quejas y se fue, dejándole a Kirlian la tarea de escuchar sus discusiones. Afortunadamente, pasada la media hora la enfermera Mercy llego con una cilla de ruedas. Decía que ya era hora de que empezara a caminar, Kirlian no le discutió, lo que más quería era alejarse de este lugar. Al salir al pasillo había unas cuantas personas circulando, y Mercy tenía que maniobrar entre los médicos.
Estaban a punto de llegar al ascensor cuando de pronto un niño sale corriendo y se estrella contra el carrito. Antes de que nadie le dijera nada, el niño se disculpó y salió corriendo nuevamente. Un par de enfermeros salieron tras él y lo siguiente, Kirlian no lo alcanzo a ver ya que las puertas se cerraron.
– ¿De quién será ese crio?´
–Es el hijo del jefe– respondió Mercy con una sonrisa. –Perdónale, de seguro está huyendo de alguna jeringa.
–Ya, pues deberían mantenerlo amarrado.
–Está bien señor gruñón, ya casi llegamos a la salida.
“¿Señor? ¿Quién es el señor?” Murmuro Kirlian mientras se movían por la recepción y a la salida. El hospital tenía cinco pisos, y un extenso jardín que utilizaban los pacientes. Era lo bueno de quedarse en un hospital de primer nivel en una gran ciudad, la atención era buena. Tanto como la enfermera que lo atendía, quien ya podía decir, era la más amable de todo el hospital.
–Oye, ¿No tienes nada mejor que hacer?
– ¿Perdona?
–No te ofendas, es solo que pasar el rato con un enfermo no me parece algo tan… ¿importante? Es que siempre estas presente y siento que soy una molestia.
–Sí, bueno, ¿Soy enfermera, lo olvidas?– Tratando de contener una sonrisa, Mercy se paró frente a él. – Cuidar enfermos es lo que hago, ahora venga ya, es hora de dar unos pasos.