Turno Nocturno I: El Hospital Saint Jouns

Capítulo 4:

Cuando Harker recupero la conciencia, ya era de noche. No estaba en la ambulancia ni en el lugar que recordaba; todo le resultaba extraño. Levantándose con mucha aprehensión, miro a su alrededor en busca de algo conocido. El lugar resulto ser una tienda de conveniencia o algún tipo de minimarket, que por algún motivo, tenía todo el frente hecho de cristal.

Se podían ver las calles, una casa de estilo victoriano junto a un centro de bolos. Mas a la esquina había un edificio de apartamentos de siete pisos, Con un estilo bastante moderno y muy limpio, a excepción de la punta, la cual consistía en una cruz de madera calcinada. Más a lo lejos podía ver una fuente, y por la estatua del ángel que había sobre ella, supo que era la misma que vio momentos antes del… ¿Accidente? ¡Y entonces recordó!

Había imaginado ver un rostro gigante, y vio como extendía su mano hacia la ambulancia, entonces ocurrió el choque. Harker trago silenciosamente, miro a sus amigos tirados en el suelo, sin una idea de cómo o porque seguían vivos. No entendía nada y no sabía si quería entender. La tienda estaba vacía; los estantes, limpios como si nadie hubieran entrado en años.

Escucho unos pasos muy silenciosos, y estiro el cuello para ver. De una puerta salió un hombre, y antes de que pudiera preguntar nada, este le miro sonriente y dijo. –Por fin despierto, que bueno, casi pensé que habías muerto.

El hombre lucia bien entrado en los 50, con una barba que ya empezaba a necesitar un corte y un mono naranja. Harker quiso tragar nuevamente, pero tenía la garganta seca. Las únicas personas que usarían un atuendo de ese tipo serian reclusos, esto lo hizo dudar sobre qué hacer a continuación. Por otro lado, aquel hombre lo miro con una sonrisa tranquila mientras se secaba las manos con un trapo
– ¿Cuánto tiempo llevas en este pueblo?

– ¿Este pueblo? Esto no es… estaba en una ciudad, como es que…– Harker trato de explicar, pero no pudo formular una oración completa.

–Cálmate, no te alteres– Aquel hombre le puso la mano en el hombro, el paramédico estaba tan aturdido que no lo noto al acercarse. –Empecemos por el principio, mi nombre es Erasmo, y tú eres? –

–H-Harker, me llamo Harker– Logro articular. Erasmo asintió con una sonrisa y le pregunto. –Ahora dime, y sin saltarte un detalle, como llegaste hasta aquí.

. . .

Era la medianoche cuando las rondas finalmente terminaron y Dorian dio un suspiro de alivio. Nada de esto estaba bien, y no pudo haber sucedido en un peor momento. La noche del miércoles debió ser como todas las demás, solo que tomo el turno nocturno y termino en esta situación. Como la mayoría de hospitales, el Saint jones requería de un cierto número de personal para funcionar de noche.

Entre ellos un internista, un intensivista, un traumatólogo y por supuesto, un cirujano de guardia. Normalmente, como cardiocirujano podría saltarse estas molestias, pero por alguna razón el jefe lo tenía en la mira para esa noche. Lo que sucedió después aún no se aclaraba, lo que si tenía claro eran las fichas de todos los pacientes cardiacos, y de varios departamentos más.

Todo ese miedo colectivo le abrumaba también, pero tenía que aguantarse y trabajar. La tensa situación provocó que muchos pacientes presentaran cuadros de complicaciones, algunos incluso necesitaron cirugías. Decir que tuvo que trabajar turnos dobles sería un eufemismo, prácticamente no se había sentado a descansar hasta hace unos minutos.

Ahora le debía al cuerpo algo de descanso…

Se estiro en su asiento por unos minutos más antes de salir, con suerte, los cuartos de servicio no estarían todos ocupados. Pensó mientras se daba una punta pie con una cama en el pasillo. Todo estaba oscuro, ese fue el último regalo de la noche gracias al llamado ahorro de energía.

Dorian escucho una voz lejana, trato de escuchar mejor pero apenas y distinguía las vocales. Normalmente no le importaba el cotilleo de las enfermeras, más aun con todos los problemas que tenía. Pero entonces, los murmullos se escucharon junto a su oído.

–Dorian

Escucho y se paró en seco junto a la escalera, se oyó tan cerca que casi le acariciaba la nuca. Pero al voltearse, un pasillo oscuro y vacío era lo único a la vista, verifico las puertas y todas estaban cerradas. Pensó por un momento en la posibilidad de haberlo imaginado, y luego descendió más rápido por las escaleras.

No era asustadizo, no podría serlo con su profesión, pero quien podía culparlo en una noche tan terrible como esta.

El traqueteo de sus zapatos de suela dura se hizo más nítido y Dorian frunció el ceño. Quería creer que, como se sentía acechado, era mejor ser sigiloso, por lo que aliviano el paso. Pero el sonido continuaba igual, y termino de darse cuenta de que no provenían de él. Esto permitió distinguirlos como el toque de una puerta, suave pero constante.

–No pudimos haber sido nosotros, no tiene razón justificable.

–Pero la verdad es algo que nosotros… era… el montacargas.

Finalmente había bajado las escaleras hasta el piso que importaba, escuchaba fragmentos de conversaciones que pasaban forzosamente. Como cuando subes y bajas el volumen del televisor una y otra vez, era surreal. Y cuando creyó llegar al límite de lo extraño, volvió a escuchar el golpeteo de una puerta junto a las voces. Ambos sonidos se entremezclaron unos segundos mientras sus ojos se aclaraban.

No había enfermeras cotilleando en el pasillo, pero lo que si había era una mujer tocando una puerta.

El doctor trato de vocalizar, pero no le salieron las palabras. No podía creer que estaba asustado por esto. Trato de calmarse mientras se acercaba más y al mismo tiempo, una luz apareció desde el otro extremo del pasillo. Debía ser una de las enfermeras volviendo de una consulta, y por su figura, creyó saber quién era. La mujer en medio de los dos parecía ignorarlos por completo mientras continuaba tocando la puerta.




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