Eran las diez de la mañana cuando tocaron la puerta del apartamento de Evan.
El peli castaño caminó a prisa para abrir, con el uniforme de trabajo a medio poner y los lentes mal colocados.
Abrió la puerta esperando encontrar a alguien conocido, aunque ciertamente casi nadie lo visitaba. Su círculo social era prácticamente nulo: sin amigos y sin familia, a excepción de su padre.
Quien no se había presentado en su apartamento desde que Evan se mudó ahí.
¿Buena relación? No la tenían. Es más, durante el año que llevaba viviendo allí, no lo había visto ni una sola vez. Se hablaban rara vez: él para felicitarlo en su cumpleaños y viceversa.
Evan aún sentía que su padre tenía la culpa por la muerte de su madre.
Si tan solo la hubiera llevado al hospital en lugar de salir a beber.
Si tan solo hubiera escuchado las súplicas del pequeño Evan.
Todo podría haber sido diferente.
Creció con rencor hacia su padre. Intentó no vivir así, pero era difícil, sobre todo porque él no cooperaba para que Evan cambiara de actitud.
—¿En qué le puedo ayudar? —preguntó al ver a la pelinegra frente a él.
—¿Evan Reed?
—Sí, soy yo —respondió.
La chica sonrió como si hubiera encontrado un tesoro. Sin pedir permiso, empujó al joven y entró en su apartamento, sin invitación alguna.
Evan dio un paso atrás, incómodo, dispuesto a pedirle que saliera de su apartamento.
Abrió la boca para hablar y giró el rostro hacia ella.
La sonrisa que había visto segundos antes ya no estaba en cambio la pelinegra lo observaba con una expresión fría, calculadora, peligrosa. En su mano derecha sostenía una pistola negra, pequeña, sostenida con una firmeza inquietante, apuntando directamente a su cabeza.
El aire se le atascó en el pecho.
—Cierra la puerta —ordenó.
No alzó la voz.
No gritó.
Y eso lo aterrorizó más que cualquier amenaza.
Evan no se movió.
Nunca en su vida había visto un arma tan cerca. Nunca había visto una pistola en manos de alguien que no fuera un policía, y mucho menos apuntándole de esa forma, con una tranquilidad que resultaba antinatural.
—Yo… —intentó decir algo, cualquier cosa.
—La puerta —repitió, esta vez sin paciencia.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Con movimientos torpes, Evan giró lentamente y cerró la puerta del apartamento. El sonido del seguro encajando resonó demasiado fuerte en la habitación.
Su corazón latía con violencia.
Se quedó completamente quieto, rígido, con las manos apenas levantadas, sin saber qué hacer ni qué decir. Sentía las piernas débiles, como si en cualquier momento fueran a fallarle.
—Tranquilo —dijo ella—. No hagas nada estúpido y no te pasará nada… por ahora.
Evan tragó saliva.
—¿Q-qué quiere de mí? —preguntó con la voz rota.
La pelinegra no bajó el arma. Lo observó con detenimiento, como si lo estuviera analizando por primera vez; como si ya no fuera solo un nombre en un expediente.
—Quiero que cooperes —respondió—. Y créeme, Evan… te conviene hacerlo.
Escuchar su nombre, pronunciado con tanta calma, le heló la sangre.
—¿Dónde está tu padre? —preguntó mientras se sentaba en el sofá, sin dejar de apuntarle.
Evan frunció el ceño, confundido.
¿Qué quería ella con su padre como para irrumpir en su apartamento y amenazarlo de esa manera?.
—N-no… no lo sé.
—No me mientas, Evan —advirtió—. Tu vida está en juego.
—L-lo juro. Hace mucho que no lo veo… y hace meses que no hablo con él por teléfono.
Aun si lo supiera —y pese a la mala relación que tenían— no podría entregarlo.
Sabía que si lo buscaban no era por algo bueno. Aunque, hasta donde él sabía, su padre solo era un borracho irresponsable.
—Llámalo —ordenó.
—No me contesta… he intentado comunicarme con él desde hace meses. Al parecer perdió su celular.
—Inténtalo.
Seguro de que no respondería, Evan sacó su teléfono y marcó el número. Activó el altavoz y esperó.
El tono sonó una y otra vez.
Nadie contestó.
—Maldito —murmuró ella—. Se atreve a esconderse.
Bajó lentamente el arma… solo para volver a apuntarlo segundos después.
—Bien. Supongo que quieres saber por qué estoy aquí.
Evan no respondió, pero su expresión lo decía todo: miedo, confusión, una necesidad urgente de respuestas.
—La historia es larga y me da pereza contártela —dijo—, así que la resumiré en dos cosas. La primera: tu padre nos traicionó. La segunda: ahora tú serás mi rehén.
Sonrió.
Luego se levantó con una elegancia tan natural que, de no haber estado apuntándolo con un arma, Evan habría quedado embelesado por su presencia.
—N-no… no entiendo —balbuceó.
—No hace falta que entiendas.
La puerta se abrió de golpe cuando la forzaron hasta ceder. Varios hombres vestidos de negro, con el rostro cubierto, invadieron el apartamento.
—Átenlo. Viene con nosotros —ordenó ella.
Los hombres asintieron y se acercaron.
—¡S-suélt… suéltenme! ¿Qué creen que están haciendo? —gritó Evan, preso del pánico.
—No grites —dijo la pelinegra, llevándose una mano a la sien—. Me duele la cabeza.
Salió del apartamento a pasos firmes.
Evan la siguió con la mirada mientras lo sujetaban.
¿Qué mierda estaba pasando? No lo sabía.
Pero de algo estaba seguro:
Su seguridad ya no existía.
Y todo aquello era culpa de su padre.
Una vez más, el hombre que debió protegerlo lo ponía en peligro.
Sintió un dolor punzante en el pecho, pero se obligó a ignorarlo. No podía decepcionarse de alguien así.
Nunca esperó nada de él… y aun así lograba fallarle de nuevo.
Le vendaron los ojos y la boca, y lo obligaron a caminar. Evan esperó que alguien notara lo que ocurría, que alguien interviniera.
Pero nadie lo hizo.
Nadie se dio cuenta de que el inquilino del apartamento 15 estaba siendo secuestrado.
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Editado: 22.01.2026