Mis cadenas no son livianas; pesan, incomodan y duelen… aunque la mayoría no pueda verlas.
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La pelinegra analizó el rostro de Evan. Sus ojos recorrieron desde su frente hasta sus labios y, posteriormente, el resto de su cuerpo. Tenía varios moretones y el labio inferior sangraba.
—Eso debe doler —murmuró.
Rozó el labio inferior del pelicastaño y presionó apenas. Evan soltó un pequeño gemido de dolor.
—¿Qué hiciste para que te golpearan?
Evan no respondió.
Aquello la molestó.
—Odio que no me respondan.
Lo tomó del cabello con brusquedad, tirando de él hacia atrás hasta obligarlo a mirarla a los ojos. Sus dedos se cerraron con más fuerza de la necesaria.
—Así que para la próxima, respóndeme —dijo, acercándose peligrosamente—. O no me va a importar que mi padre te necesite vivo… y te atravesaré el cráneo con una bala.
Evan supo, sin lugar a dudas, que no estaba bromeando. La seguridad en su voz y la molestia contenida en sus ojos le advirtieron que, si quería seguir respirando, no debía provocarla.
—Encadénenlo y suéltenle las manos —ordenó.
Dos de sus hombres obedecieron. Arrastraron a Evan hasta la reja de un cuarto. Varias cadenas estaban tiradas en el piso; uno de ellos tomó una y se la colocó alrededor del tobillo con un chasquido seco.
—¿P-por qué…? —preguntó Evan cuando por fin pudo reunir el valor de hablar.
—Por ser hijo de un maldito traidor —respondió ella.
Con una seña pidió que le acercaran una silla. La colocaron a una distancia prudente: lo suficientemente lejos para que Evan no pudiera tocarla si se le ocurría intentarlo, pero lo bastante cerca para que ella mantuviera el control. Se sentó con calma.
Aunque sabía que él no podría hacerle nada, no lo conocía… pero tenía el presentimiento de que aquel hombre no era capaz de matar ni a una mosca.
—Estoy aburrida —dijo de pronto—. Juguemos un juego.
Evan la miró como si estuviera demente.
¿Jugar?
En una situación así, aquello no tenía sentido.
Definitivamente no era una persona cuerda.
—Por cada vez que ganes podrás hacerme una pregunta —continuó—. Si quieres saber más sobre tu situación, deberías aceptar. De lo contrario, no te explicaré ni mierda de qué haces aquí ni qué quiero de ti.
Evan apretó los labios.
Definitivamente quería saber. Pero algo dentro de él le decía que el juego que ella quería jugar no era precisamente piedra, papel o tijera ni zapatito blanco zapatito azul.
—¿Q-qué juego?
Ella negó lentamente.
—No, no, no. No puedes saberlo. Eso le quita lo divertido al asunto. ¿Juegas o no?
Evan analizó la situación. Lo más valioso que tenía en ese momento era su vida. Y, como lo necesitaban vivo, no podían matarlo. No tenía nada que perder.
—Lo haré.
Ella sonrió, victoriosa. Incluso un poco sorprendida.
No esperaba que aceptara.
—Perfecto.
Ella entrelazó los dedos con calma.
—El juego se llama ruleta rusa.
Sus palabras cayeron pesadas y definitivas.
Uno de los hombres se acercó y le entregó el arma, la sostuvo con naturalidad, como si no pesara nada. Era un revólver de tambor, metálico, de ocho disparos, frío, impecable.
—Funciona así —continuó—. Una sola bala. Ocho espacios. Giro el tambor… y tú aprietas el gatillo.
Sacó una bala de su bolsa y la dejó caer en el tambor abierto. El sonido metálico resonó en el silencio. Luego lo hizo girar con un movimiento seco.
Clic.
Evan sintió que el estómago se le contraía.
—Si la bala sale… mueres —dijo ella sin rodeos.
—P-pero… me necesitas con vida —replicó Evan, aferrándose a la única lógica que le quedaba—. Tú misma lo dijiste.
Ella rio suavemente.
—Lo sé —admitió—. Pero eso depende de tu suerte.
Levantó el revólver y lo sostuvo frente a él, no apuntándole aún.
—Si te niegas a jugar —añadió— descargaré el arma en ti hasta que la bala salga. Disparo tras disparo.
Evan tragó grueso.
—Ni intentes apuntarme —advirtió ella de inmediato—. No eres tan estúpido.
Señaló con la barbilla.
Detrás de él, uno de los hombres ya le apuntaba a la cabeza con otra arma, firme, preparada.
—Si intentas algo —continuó—. no llegas ni al primer tiro.
Se acercó y colocó el revólver en la mano de Evan. El metal estaba helado y él se estaba arrepintiendo de haber aceptado.
—Así que decides —susurró, lo bastante cerca para que él percibiera su perfume—. O juegas… o mueres igual.
Dio un paso atrás.
—Aprieta el gatillo.
Evan bajó la mirada hacia el arma.
Y comprendió que la ruleta rusa no era el castigo.
Ella lo era.
Evan se vio obligado a seguir el juego retorcido de ella.
Apretó el gatillo con el arma pegada a su sien. El clic seco resonó en la habitación como una sentencia aplazada.
No pasó nada.
Soltó el aire que había estado conteniendo. Sus manos temblaban. El sudor le recorría la espalda.
Ella sonrió. No fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de alguien que disfruta ver a otros caminar al borde del abismo.
—Pregunta —dijo.
Él tragó saliva.
—Dijiste que mi padre los traicionó… pero soy yo el que está aquí. ¿Qué quieren lograr conmigo?
—Atraer a tu padre —respondió sin titubear—. Aprieta otra vez el gatillo.
—¿Qué? Pero eso no responde todo, yo...
—Mis respuestas serán como yo quiera —lo interrumpió, fría—. Ya respondí a tu pregunta. Si quieres más detalles… ruega porque puedas volver a preguntar.
Evan apretó con más fuerza el arma.
Algo en su interior le decía que no conseguiría muchas respuestas…
solo más preguntas.
—Bien… sigamos —dijo ella—. Pero vamos a hacer este juego más emocionante.
Sacó nuevamente de su bolso una bala.
—Dame el arma.
Evan se tensó. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Imaginó exactamente lo que pretendía hacer.
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Editado: 22.02.2026