Tus Cadenas.

Cap 3: Ruleta Rusa.

"Sobrevivir no siempre es ganar.
A veces es solo aprender a esperar tu turno para morir."
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Evan se vio obligado a tomar el arma con la mano temblorosa.

Jamás en su vida se había imaginado sostener una, mucho menos dispararse a sí mismo. Y, sin embargo, ahí estaba… por tercera vez, apuntándose a la sien con un revólver.

Su vida estaba en juego.

No esperaba aquella confesión. Siempre había creído que las balas eran reales, que la muerte había estado respirándole en la nuca desde el primer disparo.
Ahora sabía que, hasta ese momento, solo había sido un juego cruel.

Pero esta vez no.

Esta vez había una bala verdadera.
Una que podía atravesarle el cráneo.

—Dispara —ordenó ella, con una sonrisa torcida.

Le gustaba verlo así. Temblando. Atrapado.

Era uno de sus pasatiempos favoritos: quebrar a las personas, hacerlas arrodillarse ante el miedo.

Evan lo notó.

Se dio cuenta de que ella estaba disfrutando el espectáculo.

Se sintió como un payaso obligado a actuar.

Como si él fuera el circo… y ella quien había pagado la entrada.

Nunca se había considerado alguien seguro de sí mismo. Mucho menos valiente. Pero en ese instante, algo se removió dentro de él.

Un orgullo pequeño, casi inexistente.
Ese que rara vez salía, que solía esconderse en lo más profundo de su ser… decidió mostrarse.

Evan alzó la mirada y la sostuvo.
No iba a ser su entretenimiento.
No iba a regalarle más miedo.
Apretó el gatillo sin cerrar los ojos.
Si moría, ya no importaba.
No podrían usarlo.

Y, siendo honesto, tampoco era como si le tuviera demasiado apego a la vida.

Clic.

Nada.

No hubo disparo.
No hubo dolor.

Sin pensarlo, volvió a apretar el gatillo.
Una vez más.
Y otra.
Nada.

Cuatro intentos.
Ni una maldita bala.

La idea se formó sola en su cabeza.
También es falsa.
Por primera vez desde que todo comenzó, Evan sonrió.
Una sonrisa cínica, desafiante, dirigida directamente a ella.

La sonrisa de la pelinegra desapareció apenas notó el cambio. El miedo ya no estaba en los ojos de Evan.

Pero cuando vio esa sonrisa en sus labios… la suya regresó.

Más amplia.
Más peligrosa.
Ella sabía exactamente en qué estaba pensando.

Evan era tan fácil de leer que incluso a ella le sorprendía.

—No, cariño —susurró, acercándose—. La bala no era falsa.

Le arrebató el arma de las manos.
Evan no entendió a qué se refería.
Ni siquiera tuvo tiempo de procesarlo.

—Te lo voy a demostrar.

Se dio la vuelta con absoluta calma.
Un segundo después, levantó el revólver y apuntó a uno de sus hombres.
No dudó.
Apretó el gatillo.

El estruendo no fue solo un sonido; fue una bofetada de aire caliente que le sacudió los tímpanos. Por un segundo, el mundo se quedó en silencio, reemplazado por un pitido agudo y persistente que le taladraba el cerebro.

​Evan vio el cuerpo caer, pero su mente tardó en procesar que esa masa inerte en el suelo era, hace un segundo, una persona que respiraba. El olor lo golpeó de inmediato: una mezcla ácida de pólvora quemada y el aroma metálico de la sangre fresca que comenzaba a encharcarse.

​Sintió un vuelco violento en el estómago. La bilis le subió por la garganta, amarga y caliente, y tuvo que apretar los dientes para no vomitar ahí mismo.

​Miró la mancha de sangre que decoraba la pared, justo a la altura de su vista; un recordatorio viscoso y rojo de que la muerte se había quedado a milímetros de su propia sien. El aire se volvió denso. Con un esfuerzo sobrehumano, apartó la mirada de ahí para buscarla a ella, pero el escalofrío que le recorrió la columna fue peor que el disparo: en el rostro de la pelinegra no había rastro de culpa, solo una sonrisa de satisfacción tan pura que delataba lo mucho que había disfrutado el espectáculo.

​—¿Lo ves? —escucho su voz pero la sintió lejana—. La bala no era falsa.

​Evan intentó parpadear, pero sus párpados pesaban. Sus manos temblaban como una hoja.

Quiso hablar, pero su lengua la sentía tiesa.

​—¿C-cómo… cómo pudiste matarlo? —logró soltar finalmente, aunque su voz no era más que un hilo roto que apenas pudo atravesar el pitido que aún le zumbaba en los oídos.

Su mente se negaba a aceptar que acababa de presenciar un asesinato.

Ella suspiró, aburrida.

—Cariño, no es la primera vez que lo hago —confesó con total naturalidad, como si no acabara de admitir que era una asesina… y que no sentía el más mínimo remordimiento.

El cuerpo entero de Evan comenzó a temblar. Negó con la cabeza.

—P-pero… era uno de los tuyos —susurró.

Ella lo miró con una ternura falsa, casi burlona.

—Oh, cariño… eres tan inocente.

Se acercó, arrastrando una silla hasta colocarla a su lado. Cruzó las piernas con calma.

—Para que puedas estar en paz, te confesaré algo —continuó—. No debería darte explicaciones… pero lo haré solo porque me das pena.

Lo miró directo a los ojos.

—El hombre al que maté era un maldito traidor. ¿Recuerdas lo que te dije sobre los traidores?

Evan tragó saliva.

—¿Cómo pagan? —insistió ella, obligándolo a responder.

—C-con la muerte —murmuró. Ella sonrió, satisfecha.

—Exacto, cariño. Me alegra que aprendas rápido. Entre más recuerdes mis advertencias… más probabilidades tienes de vivir un poco más.

Aún con el revólver en la mano, lo deslizó por su frente, su nariz… sus labios.

Evan se quedó quieto.
Respirar le dolía.

—¿Recuerdas nuestro trato? —continuó—. Ganaste. Eres un buen chico, así que, podrás hacerme algunas preguntas. Yo decidiré cuándo debes parar.




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