Tus Cadenas.

Cap 4: Miedo

Evan luchó por ganar aunque fuera un centímetro de distancia, pero Valeria invadía su espacio personal con una confianza depredadora.

Podía sentir el rítmico golpe de la respiración de la mujer contra sus propios labios, un recordatorio constante de quién tenía el control. El respaldo de la madera le cortó el paso, atrapándolo en una jaula invisible.

Obligado a rendirse, echó la cabeza hacia atrás hasta que su nuca golpeó el asiento, dejando su garganta expuesta. Estaba acorralado, no solo por la silla, sino por la mirada de una mujer que parecía disfrutar de su asfixia.

​—¿Mors? ¿Así se llama tu organización? —preguntó Evan, intentando recuperar un poco de aire.

​—Sí y no. La organización se llama Mors, pero aún no es mía. Es de mi padre, aunque en algún momento heredaré el trono —respondió Valeria, tomando asiento—. Siguiente pregunta.

​—Dijiste que quieren usarme para atraer a mi padre... ¿pero cómo se supone que harán eso?

​—Le haremos llegar la noticia de que su único hijo está en nuestras manos. Te usaremos como moneda de cambio: tu vida a cambio de lo que se llevó.

​Evan soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humor.

​—¿De qué te ríes? -preguntó Valeria, entornando los ojos—. Hablo en serio.

​—Celir... me investigaste, ¿cierto? —preguntó Evan, mirándola fijamente—. Entonces debiste hacerlo mejor. ¿Qué te hizo pensar que mi padre vendría por mí? Él y yo no tenemos nada. Hicieron todo esto en vano; ese hombre no movería un dedo por nadie que no fuera él mismo. Es el ser más egoísta que he conocido en mi maldita vida.

​Valeria lo escuchó con una calma imperturbable.

​—Él vendrá.

​—No, no lo hará. Podrá pasar un mes o una década, y él no aparecerá —sentenció con resignación—. Solo le importa su propia piel. Yo no soy una prioridad, soy un estorbo que olvidó hace años.

​—¿Odias a tu padre? —preguntó ella, curiosa.

​:Quisiera decir que no... pero lo hago con cada fibra de mi cuerpo.

​Valeria notó el brillo del rencor puro en sus ojos. No había duda: Evan estaba herido de muerte por dentro.

​—Es por lo de tu madre, ¿verdad?.

​Evan se tensó. La mención de su madre en los labios de esa mujer se sintió como un sacrilegio.

​—Te dije que te investigué —continuó ella, cruzando las piernas—. Evan Reed, 23 años. Abandonaste la universidad por falta de dinero mientras tu padre se gastaba lo poco que tenía en alcohol. Tu madre, Anais Savy, murió desangrada tras una caída cuando tenías cinco años. Siempre creíste que fue porque él estaba demasiado borracho para reaccionar, ¿no?.

​Evan no respondió. El recuerdo de su padre tambaleándose mientras su madre palidecía en el suelo era su mayor trauma.

​—Te equivocas, Evan. No fue solo el alcohol —Valeria se inclinó hacia él, su voz volviéndose gélida—. Un hombre de Mors no puede entrar a un hospital público con una mujer herida y esperar que no haya preguntas. Hay protocolos, registros, policías... Si la llevaba, se arriesgaba a que investigaran su identidad, sus antecedentes, sus nexos. Tu padre no eligió la botella esa noche; eligió su libertad sobre la vida de tu madre. Para la mafia, un hospital es una celda de espera. Él prefirió dejarla morir en esa sala antes que arriesgarse a que lo esposaran al salir.

​Esa verdad golpeó a Evan como un impacto físico. Durante años, se había consolado pensando que su padre era un inútil ebrio. Pero la realidad era más oscura: era un cobarde consciente.

​Su respiración se volvió errática. En su mente, como una película de terror, empezaron a proyectarse las opciones que su padre sí tenía y que decidió ignorar:

​Pudo haber llamado a un médico privado de los que trabajan para la organización.

​Pudo haberla dejado en la puerta de emergencias y marcharse, dándole una oportunidad.

​Pudo haber presionado la herida en lugar de quedarse mirando el vacío.

​Pudo, simplemente, haber sido un hombre y enfrentar las consecuencias de sus actos.

​Pero no hizo nada. La dejó vaciarse en el suelo mientras un Evan de cinco años le suplicaba que hiciera algo.

​El aire dejó de llegar a sus pulmones. El ataque de pánico lo golpeó de lleno. Se levantó bruscamente, pero el tirón de la cadena en su tobillo –esos escasos dos metros de libertad–lo devolvió a la realidad de su cautiverio.

​Inhaló y exhaló con desesperación, sintiendo que las paredes se cerraban sobre él. Las lágrimas, calientes y amargas, empezaron a rodar sin control. Se sostuvo de los barrotes de la reja, apretando los puños hasta que sus venas resaltaron y los nudillos se tornaron blancos.

​Se sentía ridículo llorando frente a su captora, pero el dolor era un incendio que no podía apagar. Se sentía traicionado por segunda vez por la misma sangre.

​Valeria no se movió. Lo observó con interés, deleitándose en la forma en que el chico se desmoronaba. No veía a una víctima, veía un arma en potencia; alguien que, si lograba sobrevivir a ese dolor, sería capaz de cualquier cosa por venganza.

​—Llora todo lo que quieras, Evan —susurró ella, rompiendo el silencio—. Pero cuando termines, entiende una cosa: aquí soy la única que te está diciendo la verdad. Tu padre te abandonó mucho antes de que yo te encontrara.

Valeria esperó el tiempo justo: lo suficiente para que él tocara fondo, pero no tanto como para que perdiera el conocimiento.

​Después se levantó con la elegancia de un depredador que ya no necesita cazar porque la presa se ha entregado sola. Caminó hacia él y, por primera vez, no hubo violencia en sus movimientos.

​—Mírame, Evan —ordenó con una voz que, extrañamente, ya no sonaba gélida, sino demasiado suave.

​Él no pudo hacerlo. Seguía aferrado a los barrotes, con los hombros sacudidos por el llanto. Valeria suspiró y acortó la distancia. Con delicadeza puso una mano sobre los puños cerrados de Evan y la otra en su nuca, obligándolo suavemente a soltar el metal y girarse hacia ella.




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