Tus Cadenas.

Cap 5: No soy un Juguete.

"Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también mira dentro de ti"–. Friedrich Nietzsche, del libro "Más allá del bien y del mal" (Aforismo 146).

.
.
.

Evan soltó un suspiro pesado.

Había pasado la noche en vela y las ojeras marcaban su rostro.

¿Cómo se suponía que durmiera en una situación así?

La mente podía ser un tormento cruel. Y la suya lo era desde hacía años.
Pensamientos que regresaban una y otra vez, como animales nocturnos golpeando la misma herida.

Recuerdos que quería enterrar, voces que no callaban no porque no pudieran, sino porque parecían disfrutar del castigo.

Especialmente cuando sabes que estás en peligro.
O cuando una decisión se alza frente a ti, capaz de definir si sigues respirando… o no.

Pensó.
Pensó demasiado.
Pensó hasta el cansancio.

¿Quería vivir?
No lo sabía.

Las ganas no siempre estaban ahí, pero incluso en los momentos en los que la idea de desaparecer se le volvía tentadora, había algo que lo detenía.

O alguien.
Su madre.

Ella había sido el ancla que lo mantuvo luchando un día más, incluso después de haberla perdido. Vivió así los últimos años.

Sobreviviendo.

En sus últimos momentos, cuando su voz ya era apenas un hilo, ella le pidió vivir.

No ser feliz.
No ser libre.
Vivir.

Su padre nunca fue una presencia real, y eso hizo que cumplir aquella promesa pesara más. Mucho más.
Tuvo que aprender a ser fuerte solo. A crecer solo. A sostenerse solo. Porque aunque su padre siguiera con vida, era como si no existiera.

Por ella estudió.
Por ella se esforzó.
Por ella siguió respirando.

No terminó la universidad, pero seguía vivo. Y eso, al final, era lo único que le había prometido antes de que ella cerrara los ojos para siempre.

Por eso ahora sentía la obligación de luchar.
Aunque fuera solo para salir de ahí con vida.

Se culpó por haber pensado en morir el día anterior.
Se culpó por haber flaqueado.

Aceptar ayudar a Valeria no le garantizaba sobrevivir.

Entonces… ¿qué sí?
¿Complacerla?
¿Hacer que lo necesitara?
¿Volverse útil incluso después de que encontraran a su padre?
¿Eso aumentaría sus probabilidades?

No estaba seguro.
Pero algo dentro de él, una intuición nacida del miedo y de la esperanza torcida, le susurraba que mientras Valeria lo necesitara, mientras él significara algo para ella, sus posibilidades de seguir con vida… incluso sin ser completamente libre… crecían.

Y aferrarse a esa mínima posibilidad era mejor que rendirse.

Así que eso decidió: intentar, incluso cuando las probabilidades no estaban de su lado.

Morir intentándolo era preferible a morir sin haber hecho nada.

El sonido de la puerta al abrirse lo arrancó de sus pensamientos. No fue brusco, pero sí definitivo, como si el mundo volviera a ponerse en marcha sin pedirle permiso. Luego, el eco inconfundible de unos pasos.

Tacones.

No necesitó verla para saber quién era. Ese sonido ya se le había quedado grabado en la piel. Ritmo firme, seguro, sin prisa. Como alguien que sabe que todo le pertenece y puede obtener lo que quiera.

Cuando alzó la vista, lo confirmó.

Valeria Celir caminaba hacia él con una sonrisa tranquila, casi amable, como si no se encontraran en un lugar diseñado para quebrar voluntades. Vestía de forma casual, pero en ella incluso lo simple parecía calculado. Su cabello pelinegro caía sobre sus hombros con naturalidad, ni liso ni rizado, apenas ondulado.

Valeria se detuvo a pocos pasos de distancia.

—Pareces cansado —comentó, inclinando apenas la cabeza, observándolo con detenimiento.

Evan soltó una risa breve, seca.

—¿En serio? —respondió—. Pensé que dormir encadenado era bastante reparador.

Ella no se ofendió. Al contrario, su sonrisa se amplió apenas un poco, divertida.

—Me gusta que aún tengas humor —dijo—. Significa que no te has rendido.

Evan la miró fijamente.

—No —admitió—. No me he rendido.

Valeria alzó una ceja, interesada.

—¿Y eso qué significa?.

Él dudó solo un segundo. El suficiente para elegir sus palabras con cuidado.

—Que voy a intentar sobrevivir.

Algo en la expresión de Valeria cambió. Fue sutil, casi imperceptible, pero Evan lo notó. Como si esa respuesta no fuera la que esperaba… o como si fuera exactamente la que estaba buscando.

—Interesante —murmuró—. Entonces estamos de acuerdo en algo.

—¿En qué? —preguntó él.

Valeria dio un paso más cerca, inclinándose apenas hacia él, su voz bajando de volumen.

—En que rendirse nunca ha sido una opción.

Y en ese instante, Evan lo entendió.

Sobrevivir no iba a depender solo de obedecerla.

Iba a depender de hacer que ella lo quisiera cerca.

No libre.
No a salvo.
Pero vivo.

Valeria se irguió por completo, rompiendo esa burbuja de proximidad que había creado entre ellos.

​—Bien, Evan Reed —dijo ella, con un tono que no admitía objeciones—. Un recurso valioso debe mantenerse en óptimas condiciones. Y, francamente, apestas.

​Valeria hizo una seña a uno de sus hombres. Este se acercó con un juego de llaves. El sonido metálico al liberar la cadena del tobillo de Evan resonó demasiado alto en el silencio del sótano. La sensación de libertad, aunque efímera, lo mareó.

​—Sígueme —ordenó ella, sin mirarlo, y comenzó a subir las escaleras.

​Evan dudó. Sus piernas, aún débiles por la inactividad y el miedo, tardaron en reaccionar. El hombre de negro, impaciente, le dio un empujón por la espalda. Evan tropezó, pero logró mantenerse en pie y siguió a Valeria.

Subieron varios tramos de escaleras. Con cada paso, la luz natural se volvía más intensa. Cuando cruzaron la puerta, Evan parpadeó, deslumbrado. Se encontró frente a un enorme patio interior.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.