"No todos los pactos se firman con sangre… algunos se aceptan por miedo".
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—¿Y bien? ¿Te sientes renovado? —preguntó Valeria desde la cabecera de la mesa.
Evan evitó su mirada.
—Sí… necesitaba un baño —respondió en voz baja.
Valeria sonrió apenas. La valentía le había durado lo justo. Ahora ni siquiera podía sostenerle la mirada.
"Qué gracioso", pensó.
Evan no era distinto a cualquier otro hombre de su edad: un cóctel previsible de orgullo herido y testosterona mal administrada. A su edad, la línea entre la valentía y la estupidez es casi inexistente; actúan bajo el dictado de la sangre, impulsivos y torpes, incapaces de medir el peso de las consecuencias hasta que estas ya los han aplastado. Ese defecto, esa necesidad casi biológica de reafirmar su hombría frente a una amenaza, solía volverlos vergonzosamente fáciles de leer.
Y, sin embargo…
A veces la sorprendía.
No porque fuera complejo, sino porque era capaz de romper el guion sin darse cuenta. De sacudir el tablero con un movimiento torpe.
Como ese beso.
No lo había previsto. No lo había calculado. Y eso era imperdonable.
Evan Reed había hecho algo que casi nadie lograba:
Tomarla desprevenida.
Valeria no se permitió llamarlo sorpresa.
Solo fue un error que no pensaba volver a cometer.
—Me alegra verte limpio. Ya no das asco, cariño —comentó ella, analizándolo con una mirada bastante intensa.
Evan vestía una camisa blanca de manga larga y un pantalón de vestir negro. Se sentía fuera de lugar, rígido; la ropa le quedaba perfecta, pero el estilo le resultaba ajeno, como si estuviera disfrazado de alguien que no era. Valeria lo había moldeado a su gusto, incluso en su vestimenta.
—Siéntate y come.
Evan obedeció. En ese instante, su hambre era más que su orgullo.
El plato ya estaba servido y los cubiertos brillaban a cada lado de la porcelana.
Evan observó a Valeria usarlos con una gracia innata, casi coreográfica, mientras él dudaba sobre cuál tomar primero. Ese no era su mundo; todo allí, desde los cubiertos de plata hasta la mujer sentada frente a él, respiraba un poder que lo hacía sentirse pequeño.
Se preguntó por qué ya no estaba encadenado, por qué vestía como un heredero y por qué compartía la mesa con una Celir.
La respuesta llegó antes de que pudiera formular la pregunta.
—Conocerás a mi padre —soltó la pelinegra tras llevarse un trozo de carne a la boca, con la naturalidad de quien comenta el clima.
El tenedor de Evan resbaló de sus dedos, golpeando el plato con un tintineo estridente.
—¿Qué?
—Conocerás al gran Damiano Celir.
—¿Por... por qué? —La voz de Evan flaqueó, traicionándolo.
Valeria dejó escapar una risa leve, disfrutando de cómo el aire se le escapaba a Evan. Verlo tartamudear solo con escuchar el nombre de su padre era una confirmación del poder que poseían.
"Puro estilo Damiano Celir", se dijo a sí misma.
Para su padre, el respeto se ganaba con sangre, pero el verdadero poder se medía por el terror que inspiraba tu nombre antes de entrar en una habitación. Quien no causara pavor con solo ser mencionado, no merecía llamarse Celir.
—Sé que te da miedo, pero es necesario que vayas. El plan para atrapar a tu padre debe comenzar; solo si demuestras ser útil podrás seguir respirando. Eso es lo primero que te dirá el gran Celir.
—¿Entonces mi vida no depende de ti? —preguntó Evan, sintiendo un nudo en la garganta.
—Hasta cierto punto. Se me encomendó la misión de atrapar al traidor, pero Damiano Celir es la máxima autoridad; incluso yo estoy obligada a obedecerle. Sin embargo —Valeria hizo una pausa, sosteniéndole la mirada—,
Solo yo puedo hacer que mi padre cambie de opinión en ciertas situaciones, basándome siempre en la utilidad de aquello de lo que él desea deshacerse.
Sus palabras llevaban un veneno silencioso. Quería que él entendiera que su única balsa de salvamento en ese océano de tiburones era ella. Si quería vivir, debía refugiarse bajo su sombra, porque solo ella se atrevería a interceder ante el líder de Mors.
Valeria quería que Evan memorizara esa jerarquía de miedo. Y lo logró.
Él analizó la situación, llegando exactamente a la conclusión a la que ella lo había orillado: si después de entregar a su padre, Damiano pedía su cabeza, Valeria sería la única con el poder de intervenir. Sin darse cuenta, creyendo que estaba trazando su propio plan de escape, Evan estaba cayendo justo donde ella lo quería.
Estaba aceptando sus cadenas, convencido de que eran su salvación.
...
2 horas más tarde.
El trayecto en el coche blindado había transcurrido en un silencio denso, interrumpido solo por el ronroneo del motor y el pulso acelerado que Evan sentía en sus sienes. Valeria no le había dirigido la palabra desde que salieron de la mansión, manteniendo la vista fija en la ventana.
Cuando el vehículo se detuvo frente a un imponente edificio de cristal ahumado y acero en el corazón financiero de la ciudad, Evan entendió que Mors no era solo una banda de delincuentes; era una corporación del terror.
Caminaron por pasillos de mármol blanco donde hombres armados se tensaban y hacían una breve inclinación de cabeza al paso de Valeria. Ella no se detenía. Su paso era el de una reina regresando a su feudo.
Se detuvieron ante un par de puertas dobles de madera de caoba, custodiadas por dos hombres. Valeria se giró hacia Evan por última vez antes de entrar. Le arregló el cuello de la camisa blanca con una lentitud deliberada, sus dedos rozando su garganta de una forma que se sintió como una advertencia silenciosa.
—No hables a menos que él te lo pida —susurró cerca de su oído—. Y pase lo que pase, no dejes de mirarlo a los ojos. A mi padre le repugna la debilidad.
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Editado: 22.02.2026