Valeria se dejó caer en el lujoso sofá de cuero de su mansión, soltando un suspiro cargado de frustración contenida. Se despojó de la chaqueta del traje, dejándola caer con descuido, y se sirvió una copa de cristal con un licor ámbar que brilló bajo las luces cálidas de la habitación. Evan permanecía de pie cerca de la entrada, sintiéndose como un intruso en aquel santuario de opulencia.
—Siéntate, Evan. Me pones nerviosa viéndote ahí parado como si esperaras una ejecución —ordenó Valeria, señalando el asiento frente a ella sin mirarlo.
Él obedeció, hundiéndose en la suavidad del mueble.
—Y bien... ¿cuál es el plan? —preguntó Evan, rompiendo el silencio. Su voz sonaba cansada, pero también curiosa.
Valeria bebió un sorbo de su copa, observándolo por encima del borde del cristal con calma.
Hasta ese momento, su único objetivo había sido romperlo. Cada acción —el juego suicida de la ruleta rusa, la cruda revelación sobre la traición de Cameron, el haber profanado el recuerdo de su madre y aquel coqueteo letal— había sido un paso diseñado para anular su voluntad. Quería que Evan fuera incapaz de traicionarla, no por lealtad, sino porque no le quedara nada más a lo que aferrarse excepto a ella.
Sin embargo, tras el secuestro, la realidad le había dado un golpe seco: Evan no servía como carnada si a Cameron no le importaba su vida. La moneda de cambio estaba devaluada. Pero Valeria no era mujer de un solo camino; ella siempre guardaba un plan de contingencia bajo la manga, una estrategia que todavía estaba terminando de pulir en la oscuridad de su mente.
Solo necesitaba dar el primer paso para que el resto de las piezas cayeran por su propio peso.
—Encontrar la caja, por supuesto —respondió ella, dejando la copa sobre la mesa con un clic seco.
Evan frunció el ceño, confundido.
—¿Qué caja?
Valeria dejó escapar una risa seca, incrédula.
—Evan, por favor, dime que al menos sabes qué es Aethelgard Cybernetics.
—No... —admitió él, confundido—. Quiero decir, he escuchado el nombre en las noticias, pero jamás presté atención a lo que hacen.
Valeria lo miró como si acabara de confesar que no sabía leer. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, invadiendo su espacio personal.
—Es la empresa de mi familia, Evan. Somos la vanguardia en innovación tecnológica; controlamos el mercado de seguridad biométrica antes de que el resto del mundo sepa que existe.
—¿Y eso qué tiene que ver con el plan?
—Mucho. Hace doce años, la empresa desarrolló dos prototipos de alta seguridad: las Cajas de Sincronía Hemática. Una la tiene mi padre y la otra se la entregó a Cameron. Para serte sincera, tu padre no era un empleado cualquiera; era la mano derecha de Damiano Celir, su hombre más leal... hasta que dejó de serlo. Se le confió esa caja para proteger secretos que podrían hundirnos a todos.
Evan frunció el ceño, sintiendo un peso opresivo en el pecho. Ya no podía negar que su padre era un mafioso; Valeria se había encargado de arrancar esa venda de sus ojos con crueldad. Pero una cosa era aceptar que Cameron Reed era un criminal, y otra muy distinta era procesar que había sido la mano derecha del hombre más temido de la ciudad.
Intentaba asimilarlo, pero su mente se rebelaba contra la idea. En sus recuerdos, Cameron no era un titán del inframundo; era un hombre patético que se perdía en el alcohol hasta el amanecer. Durante años, Evan lo vio tambalearse por la casa, ausente durante semanas y regresando siempre con el mismo aroma a derrota y cerveza barata.
¿Cómo podía ese borracho que apenas lograba articular palabra ser el mismo estratega peligroso que Damiano Celir describía? ¿Cómo un hombre que se desmoronaba ante una botella vacía había sido capaz de sostener los pilares de una organización como Mors? Evan se sorprendía incluso de que Cameron siguiera respirando, de que el alcohol no lo hubiera matado mucho antes que sus enemigos.
Para él, su padre era un desperdicio de piel y hueso. Pero para el mundo de Valeria, ese mismo hombre era una leyenda de la traición, alguien con el poder suficiente para sacudir los cimientos de un imperio tecnológico. El contraste era un abismo que Evan no sabía cómo cruzar.
Valeria se levantó y empezó a caminar lentamente alrededor de él, como un depredador evaluando a su presa.
—Cuando huyó, nos aseguramos de que no llevara nada consigo, pero lo que robó no aparece. La única conclusión lógica es que lo escondió antes de escapar, y el único lugar lo suficientemente seguro es esa caja. Cameron huyó del país y sabe que si intenta entrar iremos por él, así que está esperando, jugando al desgaste. Pero no tenemos ese tiempo.
—¿Y no han pensado en que pudo mandar a alguien más a buscarla y sacar el contenido? —intervino Evan.
Valeria se detuvo justo detrás de él. Evan sintió su aliento cerca de su oído, lo que le provocó un escalofrío involuntario.
—Querido Evan, eres demasiado inocente —susurró ella—. Esa caja es inviolable. Solo se desbloquea cuando el sistema detecta una mezcla activa de la sangre del propietario y la de una segunda persona que él mismo registró al sellarla.
Valeria entrelazó los dedos con calma, como si explicara un principio elemental.
—El mecanismo no se limita a identificar ADN. Analiza la reacción bioeléctrica que se produce cuando ambas muestras vivas entran en contacto dentro del núcleo de verificación. Si las células no presentan actividad vital, el sistema lo interpreta como una intrusión y la caja se sella de forma irreversible.
Su mirada se endureció apenas.
—Por eso Cameron debe estar vivo. Necesitamos que revele quién es la segunda persona registrada… y que ambos puedan activar el sistema de forma simultánea.
El silencio pesó un instante. Evan sintió que el aire se volvía más denso, como si la explicación hubiera reducido el espacio de la habitación.
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Editado: 22.02.2026