"Todo el mundo ve lo que aparentas ser, pocos experimentan lo que realmente eres". — Nicolás Maquiavelo.
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Un día antes.
[ Continuación del Flashback].
Aquellas palabras de Valeria, la promesa de proteger su corazón como una joya preciosa, se sintieron menos como un consuelo y más como una sentencia. Evan comprendió en ese instante que ya no era dueño de su destino, ni siquiera de su final. Valeria Celir no solo se había adueñado de su presente; se había adjudicado el derecho de decidir cuándo y cómo se rompería.
Él la observó en silencio mientras ella se alejaba un par de pasos.
—Entonces, cariño... oficialmente eres mi novio —sentenció ella, girándose con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Evan sintió una extraña punzada en el pecho, una mezcla de náusea y vértigo que no supo descifrar. La palabra "novio" sonó en la voz de Valeria como el chasquido de unas esposas cerrándose alrededor de sus muñecas.
—Eso es una farsa, Celir.
—Maldita sea, Reed, me sacas de quicio —gruñó ella. El eco de sus tacones contra el suelo marcó una cuenta regresiva hacia el peligro.
Evan retrocedió por instinto, pero ella fue más rápida.
—¿A dónde crees que vas? —lo frenó en seco, sujetándolo de la camisa.
Lo jaló con una fuerza que lo obligó a perder el equilibrio, estrellándolo contra ella.
Valeria posó su mano en el cuello de él, obligándolo a bajar el rostro hasta que sus respiraciones se mezclaron.
—A partir de hoy, ya no te alejarás de mí. Si te atreves a dar un paso lejos de mi lado, yo daré dos. No importa cuánto intentes retroceder, Evan; estás encadenado a mí. Y yo... yo siempre iré a buscarte para traerte de vuelta a donde perteneces.
Evan quiso replicar, quiso decirle que las cadenas no eran lo mismo que la lealtad, pero las palabras se murieron en su garganta. Valeria no le dio espacio para respirar, ni para pensar. Acortó la distancia final y lo besó.
No fue un beso suave, ni pidió permiso. Fue un choque de voluntades, una invasión. Valeria lo besó con la misma intensidad con la que tomaba decisiones en su empresa: con una determinación fría y absoluta. Sus labios sabían a peligro y a una autoridad que lo dejó sin aliento, obligando a Evan a sostenerse de los hombros de ella para no caer.
Fue un beso que no buscaba amor, sino sumisión. Una forma de demostrarle que ella era dueña de sus silencios y de sus suspiros.
Cuando ella se separó apenas unos milímetros, sus ojos oscuros brillaban con una satisfacción depredadora.
—Ahora —susurró contra sus labios, su voz era un ronroneo letal—. Vamos arriba.
Sin esperar a que él recuperara el aire, Valeria lo tomó de la mano y lo guió hacia las escaleras. Sus tacones marcaban el ritmo de una marcha triunfal mientras subían al segundo piso. Evan la seguía en una especie de trance, con el sabor de ella aún quemándole la boca y la certeza de que, al cruzar el umbral de esa habitación, dejaría de ser un hombre libre para convertirse en la posesión más valiosa de Valeria Celir.
Al cruzar el umbral, el suave "clic" de la puerta cerrándose detrás de ellos resonó como el cerrojo de una jaula de cristal. La habitación de Valeria era un santuario de orden y lujo minimalista, pero Evan apenas pudo fijarse en los detalles; su mente seguía atrapada en el pasillo, en el calor de aquel beso que lo había dejado desarmado.
Valeria lo soltó y caminó hacia el centro de la estancia con una naturalidad exasperante. Se giró, cruzándose de brazos mientras lo escaneaba de arriba abajo con una mirada analítica.
—Debemos practicar los besos —soltó ella de repente, rompiendo el silencio con la misma frialdad con la que discutiría un informe de daños—. Te quedaste tieso. Y como sé ahora que nunca habías besado a nadie, si lo hacemos en público me niego a pasar vergüenzas.
Evan sintió que el sonrojo le subía al rostro en una oleada de calor insoportable. No era solo la confesión de su inexperiencia; era la forma en que ella lo diseccionaba, como si fuera un software defectuoso que necesitaba una actualización urgente.
—No es una competencia, Valeria —consiguió decir, apretando los puños a los costados para ocultar el temblor de sus manos—. Es difícil comportarse con normalidad cuando la mujer que me secuestró decide usarme como si fuera un experimento.
Valeria no respondió de inmediato. Avanzó despacio hacia él.
—En este contexto, eso es exactamente lo que eres.
Se detuvo a un paso de él.
—Pero aclaremos algo, Evan. Dejaste de ser mi rehén en el momento en que aceptaste ayudarme. Ahora eres… un colaborador bajo mi protección.
La palabra protección sonó más a advertencia que a promesa. Redujo aún más la distancia, invadiendo su espacio personal.
—Cariño, necesitas hacerlo bien. Yo no tolero resultados mediocres.
Sus ojos descendieron brevemente hacia sus manos tensas antes de volver a su rostro.
—Si tu padre ve miedo en ti, todo esto habrá sido inútil.
Alzó una mano y, sin tocarlo, la dejó suspendida a milímetros de su pecho.
—Así que deja de temblar… —susurró— y compórtate como un hombre que desea a la mujer que tiene enfrente.
Se inclinó apenas, lo suficiente para que su respiración rozara su piel.
—O convéncete de que la deseas.
—¡No puedo simplemente encender y apagar lo que siento! —estalló él.
El orgullo herido le dio una pizca de firmeza que sorprendió a ambos.
—No soy como tú. No puedo besar a alguien mientras calculo el ángulo de la cámara o el impacto en la prensa. Para mí... para mí las cosas significan algo. No puedes esperar que reaccione como uno de tus empleados siguiendo órdenes.
Valeria no retrocedió. Al contrario, llevó una mano a la nuca de Evan, enredando sus dedos en su cabello con una suavidad que resultaba más amenazante que un golpe. Lo tomó de la barbilla con una firmeza que lo obligó a sostenerle la mirada.
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Editado: 22.02.2026