Tus Cadenas.

Cap 12: Las Cadenas De Damiano.

"Hay marcas que se dejan por deseo y otras que se imponen por dominio; al final, todas son cicatrices que nos recuerdan a quién pertenecemos."
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La alarma del celular de Evan insistió una y otra vez, perforando el silencio de la habitación hasta que el peli castaño comenzó a recuperar la conciencia.

​Intentó estirarse para acallar el ruido, pero un peso inesperado sobre su otro brazo se lo impidió. Frunció el ceño y giró el rostro con lentitud para descubrir qué o más bien quién, lo mantenía anclado a la cama.

​El cabello negro de Valeria estaba esparcido sobre su pecho, y el brazo de ella lo rodeaba por la cintura con una confianza natural.

​De golpe, los recuerdos regresaron: la noche en el bar, la borrachera de ella y el cansancio que lo había vencido. Supuso que, al salir del baño, Valeria simplemente se había acomodado a su lado y, en algún punto de la madrugada, la gravedad y el sueño los habían terminado enredando en esa posición.

​Evan se quedó inmóvil, procesando la imagen. Era la primera vez que despertaba junto a una mujer.

Irónicamente, Valeria se estaba adueñando de todos sus hitos personales.

​Primer beso, primera novia, primera cita, y ahora...primera noche compartiendo la cama... aunque solo hubieran dormido y no hubiera pasado nada más.

​"Se supone que las primeras veces deben ser especiales", pensó con una amarga ironía. Se permitió una pequeña risa interna; aquel pensamiento le resultó cursi incluso para él, especialmente dada la naturaleza de su "relación".

—Apaga esa alarma, Evan —susurró Valeria, todavía adormilada, mientras se cubría los oídos con la almohada.

​—Quítate de mi brazo entonces —respondió él con la voz ronca por el sueño.

​Valeria rodó perezosamente hacia un lado hasta liberar el brazo del chico. Evan apagó el ruido y se sentó en el borde de la cama, frotándose el rostro. Se sentía desorientado. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? ¿Qué se decía en una situación así? Miró de reojo a Valeria, quien parecía no tener ni un rastro de vergüenza mientras se acomodaba de nuevo para dormir boca abajo. Al parecer, él era el único que se sentía incómodo.

​Se levantó con el cuerpo pesado por el cansancio. Eran las seis de la mañana y debía empezar a prepararse; su turno en la cafetería empezaba a las siete y media.

​—¡Guarda silencio, Evan! Me estalla la cabeza —se quejó ella ante el ruido que él hacía al rebuscar en el armario.

​—Nadie te mandó a beber tanto —la regañó él sin mirarla.

​—Basta, no tienes derecho a regañarme —dijo Valeria, sentándose en la cama a regañadientes. Quería seguir durmiendo, pero el escándalo de Evan la estaba desvelando por completo—. Tengo hambre.

​—En cuanto termine de bañarme preparo el desayuno.

​—Pero tengo hambre ahora.

​Evan se detuvo y la miró con incredulidad.

​—Entonces espera un poco o cocínate algo tú misma.

​—No sé cocinar, por eso te estoy diciendo que tengo hambre —respondió ella con un tono de molestia evidente.

​El dolor de cabeza la ponía de mal humor, pero lo que más le molestaba era la actitud de él. ¿Cómo se atrevía a hablarle así? Nadie la trataba con esa falta de respeto.

​—¿Cuántos años tienes? ¿Cómo es posible que no sepas hacer ni un huevo? —preguntó Evan.

​—Tengo veintiocho. ¿Y qué tiene que ver eso con saber cocinar? —replicó ella.

​Evan se quedó congelado, genuinamente sorprendido. Entre todo el caos de los últimos días, no se le había ocurrido buscar su información en internet ni preguntarle la edad. Valeria era mucho mayor de lo que aparentaba.

​—¿No te da vergüenza salir con alguien mucho menor que tú? Eres una asaltacunas —se burló él, tratando de ocultar su sorpresa.

​—¿Solo para eso querías saber mi edad? ¿Para burlarte? —Valeria le lanzó una almohada con fuerza.

​—La prensa te va a destruir cuando sepan que sales con un niño.

​—Idiota. Eres mayor de edad desde los 18 y ya pasas de eso.

​—Apenas cumplí veintitrés hace un mes. Aún soy un chico puro e inocente —dijo él, fingiendo victimizarse—. En cambio tú, con toda esa experiencia y años de ventaja... lo que querías era colágeno, ¿verdad?.

​Valeria se levantó de la cama y empezó a caminar hacia él con paso decidido. Fue entonces cuando Evan notó que ella no se había puesto los pantalones del conjunto; solo llevaba la playera gris, que apenas cubría el inicio de sus muslos, dejando sus piernas totalmente al descubierto.

​—Cariño, eso del "colágeno" solo aplica cuando hay sexo —respondió ella, deteniéndose a pocos centímetros—. ¿Acaso me estás diciendo que quieres acostarte conmigo? Porque yo no tendría ningún problema.

​Evan retrocedió, golpeando su espalda contra el armario. La seguridad de Valeria le dio una bofetada de realidad; había intentado molestarla y ella le estaba devolviendo el golpe con creces.

​—¿Qué? N-no... —susurró, sintiendo cómo el calor le subía al rostro por la cercanía.

​—¿Y si mejor nos duchamos juntos? —preguntó ella en un tono coqueto.

Sin previo aviso, se quitó la playera, quedando frente a él únicamente en ropa interior.

​Evan cerró los ojos de golpe, girando la cabeza hacia la pared. Sus manos empezaron a temblar y el corazón le latía con violencia. El juego se le había escapado de las manos.

​—¿Qué crees que haces, Celir? —logró decir, apretando los párpados. Estaba aterrado y ella lo sabía perfectamente.

Valeria soltó una risita suave, disfrutando del evidente pánico de Evan. Dio un paso más, acortando la distancia hasta que el calor de su cuerpo rozó el de él.

​—¿Yo? Nada, cariño. A caso...¿Te da miedo, Reed? —le provocó ella, deslizando sus manos por los hombros de Evan hasta entrelazarlas detrás de su nuca—. ¿Tienes miedo de no poder controlarte y terminar rendido ante mí?




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