Tus Cadenas.

Cap 13: Quiebre.

"El problema de construir muros tan altos para que nadie te vea caer, es que terminas olvidando que tú también tienes derecho a que alguien te sostenga mientras te derrumbas."
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"Denle like y síganme. Lamento la tardanza; solo escribo de noche por la escuela, así que perdonen la hora. Y si ven un error de dedo, es por el sueño jejeje"

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El sótano de la propiedad de Valeria, el mismo lugar donde Evan había estado días antes, servía ahora de tumba en vida para alguien más. Las sombras parecían haber devorado cualquier rastro de la presencia anterior, reemplazándola por el hedor metálico de la sangre fresca y el pánico puro.

​El hombre, un operativo de alto rango que alguna vez juró lealtad absoluta a la división de Valeria, colgaba ahora de las muñecas. Las cadenas oxidadas emitían un chirrido agónico con cada uno de sus espasmos. Su cuerpo estaba lleno de hematomas y laceraciones abiertas, dibujando el rastro de los castigo sistemático que Valeria le había infligido.

​—Y-yo no fui... se lo juro, patrona... —susurró el traidor entre quejidos húmedos, escupiendo un coágulo de sangre que manchó las botas de diseñador de la pelinegra.

​Valeria no retrocedió. Se limitó a observar la mancha roja con indiferencia.

Lentamente, alzó la vista; sus ojos oscuros no mostraban rastro de humanidad, solo una furia que recordaba demasiado a la de Damiano.

​—¡¿Te atreves a mentirme, hijo de perra?! —El grito de Valeria no fue un estallido histérico, fue un rugido de autoridad que hizo que el prisionero se encogiera en sus cadenas—. ¡Mírame cuando te hablo!

​Tras la humillación física sufrida a manos de su padre, Valeria no había perdido el tiempo. Su instinto paranoico, la había llevado directo a la raíz de la filtración. Damiano no poseía el don de la clarividencia; si sabía que el chico de la foto, aquel cuya identidad ella había protegido bajo capas de anonimato mediático, era Evan Reed, solo podía significar una cosa: una rata había cruzado el puente de su confianza.

​Ella había omitido deliberadamente el detalle del romance ficticio ante el patriarca. Había ocultado la pieza central de su tablero para mantener el control total, y este imbécil se la había entregado a Damiano en bandeja de plata.

​—Trabajas para mí, desperdicio de aire —siseó Valeria, acercándose tanto que el hombre pudo ver el reflejo de su propia agonía en las pupilas de ella—. No para mi padre. Sabes perfectamente que las paredes de mi organización son impenetrables. Tienes estrictamente prohibido darle detalles de mi vida, de mis métodos o de mis activos a nadie... ¡y mucho menos a él sin mi permiso!

​Valeria descargó un golpe seco con una vara de metal directamente en las costillas del hombre. El sonido del hueso crujiendo fue seguido por un grito desgarrador que rebotó en las paredes. La ira que Damiano había sembrado en ella, estaba floreciendo en forma de una violencia técnica y despiadada.

​—¡Perdóneme, por favor! ¡Tenga piedad! —suplicó el hombre, con el rostro desfigurado por el llanto y la sangre.

​—¿Piedad? —Valeria soltó una carcajada—. Dos años. Dos malditos años has estado vendiendo mis movimientos, informándole a mi padre de cada paso que doy, de cada contrato. Fuiste meticuloso, te lo concedo... pero hoy se te acabó la suerte.

​Valeria tomó un escalpelo de una mesa de herramientas cercana. Se acercó al hombre y le hundió el filo apenas unos milímetros en el hombro, deslizándolo con lentitud.

​—Mi padre me enseñó que la traición se paga con la eliminación del nombre —susurró Valeria mientras la sangre comenzaba a empapar la piel del hombre—. Pero yo he aprendido que la muerte es un regalo demasiado rápido. Tú vas a desear que mi padre te hubiera matado. Él castiga para dar un ejemplo; yo castigo porque disfruto ver cómo el alma se les escapa.

​La pelinegra apretó las cadenas, obligándolo a estirarse hasta el límite del desgarro muscular. Los moretones que le había hecho Damiano, lucía bajo su ropa y ardían con cada movimiento, alimentando un frenesí sádico que la hacía sentir más poderosa que nunca.

​—No eres más que un mensaje —sentenció, antes de descargar otro golpe que silenció las súplicas del hombre—. Un mensaje para mi padre: lo que es mío, nadie lo toca. Y lo que me traiciona... deja de existir.

Horas después la carnicería en el sótano había terminado. El silencio que siguió al último estertor del traidor era sepulcral, roto solo por el goteo rítmico de la sangre golpeando el frío piso. Valeria permanecía de pie, observando su obra con una calma que rayaba en lo inhumano; ni una gota de sudor, ni un asomo de remordimiento.

​Con movimientos precisos, tomó el escalpelo. Se acercó al cadáver que aún colgaba de las cadenas y grabó una última palabra en el torso lacerado del hombre. Rasgó la carne con un sonido sordo, trazando letras irregulares: ESPÍA.

​Como acto final de desprecio, le cortó la lengua y la dejó caer al suelo.

​—Limpien este desastre —ordenó Valeria a sus hombres, que aguardaban en las sombras—. Envíen el cuerpo directamente a la mansión de mi padre. Que lo entreguen en la puerta principal. Sin notas, sin remitente. Él sabrá leer el mensaje en la piel de su informante. Que entienda que cualquiera que se atreva a filtrar mis movimientos acabará adornando su recibidor de esta manera.

​Subió a la superficie. Se quitó los guantes y se lavó las manos con un jabón antiséptico, retocó el maquillaje para disimular el golpe en su labio y se cambió el blazer manchado.

Minutos después, su coche blindado se deslizaba por las calles de Thalen con dirección al distrito más humilde de la ciudad.

​Evan abrió la puerta de su apartamento con el cansancio pesándole en los hombros. El turno en la cafetería había sido eterno, pero le alegraba haber salido antes.




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