Tus Cadenas.

Cap 14: Sin Decir palabra.

"Mostrarte vulnerable cuando se supone que debes ser de hierro es permitir que alguien vea dónde podría romperte… y aun así quedarte".

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La luz del amanecer comenzó a filtrarse por las persianas, dibujando líneas de polvo sobre la cama. Aún faltaba una hora para que la alarma de Evan rompiera la paz del cuarto, pero Valeria ya estaba despertando.

​Sus ojos se abrieron con una lucidez gélida, encontrándose de frente con el pecho de Evan. Estaba atrapada entre sus brazos. Él la sostenía por la cintura con fuerza. Valeria notó que seguía desnuda bajo las sábanas; su playera blanca había quedado olvidada en algún rincón del suelo durante la noche. A pesar de su vulnerabilidad física, Evan no se había aprovechado. La había abrazado con respeto, una caballerosidad que ella no alcanzaba a comprender. En su mundo, la desnudez era una invitación; sin embargo, él solo le había dado refugio.

​Se sintió patética.

​Un nudo de autorreproche le apretó la garganta. Se sentía expuesta, como si Evan hubiera hurgado en sus vísceras y hubiera visto el mecanismo roto que la movía. Había perdido el control, se había quebrado como una debutante sentimental, y eso era inaceptable.

Ahora él la conocía más de lo que debía. Ahora, él pensaría que ella era débil ante Damiano, que no era la mujer implacable capaz de protegerlo. El plan se estaba desintegrando por culpa de una ridiculez emocional.

​"Lo arruinaste, Valeria", se recriminó en silencio. "Lo hiciste sentir poderoso al dejar que te viera caer".

​Con movimientos cuidadosos, se escabulló de entre sus brazos. Evan soltó un ligero quejido dormido, pero no despertó. Valeria no podía mirarlo; la sola idea de enfrentar sus ojos cargados de esa "compasión sincera" la asfixiaba. Abrió el armario de Evan, sacó una sudadera gris y unos pantalones deportivos que le quedaban enormes, y se vistió en un parpadeo. Sin notas, sin besos, sin explicaciones. Huyó de aquel apartamento como si fuera la escena de un crimen.

​Al bajar al primer piso, sus hombres se enderezaron al verla salir del edificio. Sus rostros reflejaron una confusión momentánea al verla vestida con ropa barata de hombre y con el cabello revuelto, pero fue su mirada lo que los detuvo. Había algo en ella, algo que no supieron comprender. Una fatiga existencial en sus ojos que jamás habían visto en la "Heredera de Hierro".

​—Vigílenlo —ordenó Valeria—. No puede salir del país. Si intenta huir, reténganlo por cualquier medio.

​Los guardias asintieron, deduciendo en silencio que la pareja había tenido una pelea catastrófica. Valeria subió a la camioneta blindada y cerró la puerta, sintiendo que el cristal oscuro era lo único que la separaba de un colapso definitivo.

​Cuando la alarma de Evan finalmente sonó, su mano buscó instintivamente el calor al otro lado de la cama. Solo encontró sábanas frías.

​—¿Valeria? —llamó, sentándose de golpe.

​El apartamento estaba en silencio.

La buscó en el baño, en la pequeña cocina, incluso en el balcón. Nada.

No estaba su ropa de diseñador, y en su closet faltaban las prendas que él le había dicho que podía usar. Tomó su celular y marcó su número, pero la llamada fue rechazada al segundo tono.

​El resto del día fue un suplicio de incertidumbre. En la cafetería, Evan era un fantasma que movía tazas de un lado a otro. La desaparición repentina de Valeria activó en él una alerta que conocía bien, la del silencio que precede a la tormenta.

Llamó cinco veces; cinco veces Valeria rechazó la llamada.

​—¿Discutiste con Vale? —la voz de Marcus lo sacó de su estupor. Lo observaba desde la barra mientras Evan revisaba el celular por décima vez.

​—¿Qué? No, no… —balbuceó Evan, titubeando mientras se acercaba a él.

​—No me mientas, hermano. Se te nota en la cara. Tienes el aspecto de alguien a quien acaban de dejar —dijo Marcus con suavidad.

​Evan se tensó. Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en la posibilidad de que el plan se hubiera fracturado. Sentía un nudo en el pecho, una presión asfixiante que no nacía del abandono, sino de la responsabilidad. Recordaba el estado en el que ella llegó la noche anterior y el silencio de ahora le resultaba aterradoramente familiar.

​—Mierda, hermano… ¿terminaron? —preguntó Lewin, apareciendo detrás de ellos.

​—N-no, no hemos terminado —respondió Evan, intentando sonar seguro, pero su voz flaqueó por la frustración.

​Sus compañeros intercambiaron una mirada cargada de lástima; dedujeron que al estar enamorado de Valeria aquello le estaba afectando. Evan soltó un suspiro de irritación. Le molestaba que interpretaran su estrés como un berrinche romántico. Se suponía que estaba mejor sin ella, que su vida era más calmada sin una Celir rondando, pero no podía simplemente ignorar que ella se había quebrado en sus brazos.

​—No queremos sonar entrometidos, Evan —dijo Marcus, poniendo una mano sobre su hombro—, pero puedes contar con nosotros. No es por chisme; es porque nos importas. Como tus mayores, podemos darte
algún consejo.

​—Ayer… ella tuvo un problema en su trabajo —mintió Evan, omitiendo a Damiano—. Cuando llegué al apartamento estaba allí. Se veía muy afectada e intenté hablar con ella, pero creo que insistí tanto en que me contara qué pasaba que se molestó. Terminamos discutiendo y… al final la consolé. Creí que todo estaba bien, pero esta mañana esperaba verla en la cama y ya no estaba. Se fue sin decir nada y ahora rechaza mis llamadas.

​Marcus y Lewin lo escucharon con atención.

​—¿Es la primera vez que discuten así? —preguntó Marcus. Evan asintió.

​—¡Oh, vamos! —exclamó Lewin—. En un año de relación, no puedo creer que nunca hayan tenido una pelea así.

​—O sea, sí —reaccionó Evan rápidamente, inventando sobre la marcha—, pero jamás a este nivel. Siempre lo arreglábamos al instante, eran pequeñeces, tonterías de pareja.




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