"Podría perdonar fácilmente su orgullo, si no hubiera mortificado el mío."— Jane Austen, Orgullo y prejuicio.
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Se mantuvieron en silencio durante el resto del trayecto. Evan no sabía qué decir, así que optó por dejar que el ruido de los pocos autos que transitavan llenara el vacío.
Mientras caminaban los pocos metros hacia la entrada del edificio, rogó internamente que nadie los reconociera bajo las luces de las farolas. Quizás debió pedirle al taxista que los dejara justo frente al edificio, pero su instinto de protección fue más fuerte: no quería que nadie, ni siquiera un conductor amable, supiera exactamente dónde se ocultaba la heredera de los Celir.
Una vez dentro del apartamento, el peso de la realidad les cayó encima.
Evan cerró la puerta con doble llave. Al ver a Valeria todavía erguida sobre sus tacones de aguja, buscó algo en el armario de la entrada.
—Póntelas —dijo Evan, dejando un par de pantuflas nuevas frente a ella—. Tus pies deben estar destrozados.
Valeria bajó la mirada hacia el calzado y luego clavó sus ojos en él, con una chispa de sospecha que cortaba el aire.
—¿Me compraste unas pantuflas o es que otra mujer estuvo aquí mientras yo no estaba? —preguntó Valeria. Su voz no era la de una novia celosa; era la de una dueña reclamando la exclusividad de su propiedad.
Evan soltó una risa seca, cargada de un sarcasmo que no solía usar con ella.
—Claro, invité a una amiga a hacerme compañía —respondió—. Mi "novia" decidió abandonarme durante quince días sin una sola palabra, y según mis amigos, después de una semana de ser ignorado, la relación está oficialmente muerta. Tenía que llenar el vacío, ¿no crees?
Valeria se tensó.
—¿Estás diciendo que terminas conmigo, Evan? —Su tono bajó de tono, volviéndose peligrosamente suave.
—No lo sé, Celir. ¿Tú cómo ves el asunto desde tu pedestal?.
Valeria acortó la distancia entre ambos con pasos lentos, ignorando las pantuflas. Se detuvo a escasos centímetros de su pecho, obligándolo a sostenerle la mirada.
El problema de Valeria o uno de los muchos que tenía, era su territorialidad patológica. Una vez que decidía que algo le pertenecía, el resto del mundo tenía prohibido siquiera mirarlo. No era amor lo que brillaba en sus ojos, era el fuego de la posesión.
—Investigaré a la imbécil que se haya atrevido a tocarte y le cortaré las manos —le dijo, y la frialdad de su promesa fue tan real que Evan sintió un escalofrío—. Nadie toca lo que es mío, Evan. Ni siquiera cuando yo no estoy para vigilarlo.
—No soy un objeto de tu inventario, Valeria —replicó él —. Si quieres exclusividad, tienes que estar presente. No puedes pretender que el mundo se detenga porque no estas.
—El mundo se detiene si yo lo ordeno —sentenció ella, invadiendo su espacio personal hasta que Evan sintió el calor de su respiración—. Y tú no te vas a ninguna parte. Estas pantuflas... —las señaló con desprecio— más vale que sea cierto que las compraste para mí.
Evan suspiró.
—Las compré el tercer día que desapareciste —confesó él —. Fui al centro comercial y las vi. Pensé que, si volvías necesitarías algo cómodo. No hubo ninguna mujer, Valeria. Solo hubo un apartamento vacío y un idiota que no sabía si estabas viva o muerta.
Valeria lo observó en silencio, procesando la confesión. Su ego pareció saciarse con la confirmación de que él seguía bajo su órbita, pero la tensión entre ellos no desapareció; simplemente cambió de forma.
Valeria mantuvo la mirada fija en él un segundo más, como si estuviera marcando su territorio antes de dar el siguiente paso. Sin decir una palabra, rompió el contacto visual y comenzó a desabrocharse los botones de su saco de diseñador.
Dejó caer el saco sobre el sofá con un desdén absoluto por el precio de la prenda, y acto seguido, comenzó a desabrocharse los puños de la camisa blanca.
Se quito los tacones y caminó descalza por el pasillo, ignorando las pantuflas, y entró directamente en la habitación de Evan.
Caminó hacia el clóset con paso decidido, pero al abrir la puerta del todo, su cuerpo se tensó. Sus ojos se clavaron en unas prendas que colgaban a un costado: unas blusas, una pijama y algo de ropa de algodón que definitivamente no era de ella. O al menos, eso creyó en su arrebato de rabia.
Apretó la tela entre sus puños con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Una furia ciega, alimentada por los quince días que pasaron, explotó en su pecho. Salió de la habitación como un torbellino.
—¡Eres un maldito mentiroso! —gritó Valeria, arrojándole la blusa directamente a la cara a Evan, quien seguía afuera de la habitación—. ¡¿Quién es ella?! ¡Dime quién es esa mujer ahora mismo o juro por mi apellido que yo misma lo averiguaré y no quedará nada de ella para cuando termine!
Evan no tuvo tiempo ni de parpadear. Valeria empezó a arrojarle lo primero que encontraba a la mano: un cojín, un libro, otra prenda de ropa. Sus insultos eran rápidos, cargados de un veneno territorial que no dejaba espacio para explicaciones.
Harto del ataque, Evan acortó la distancia en dos zancadas. Esquivó una almohada y, antes de que ella pudiera lanzar otra cosa, la rodeó por la cintura y la cargó en vilo.
—¡Suéltame, imbécil! —exclamó ella forcejeando.
Evan no dijo nada hasta que entró en la habitación, la arrojó sobre la cama con firmeza y se puso encima de ella, bloqueando sus movimientos con el peso de su cuerpo, aunque sin
lastimarla.
—Maldita sea, Celir, para la próxima que me quieras matar, primero averigua si lo merezco o no —sentenció él, respirando con dificultad—. Esa ropa no es de nadie más que tuya.
Valeria se quedó estática, con la respiración entrecortada y los ojos muy abiertos.
—¿Qué?
Evan se alejó de ella, se puso de pie y caminó hacia la blusa que ella le había arrojado al suelo. La recogió y regreso a la habitación para enseñarle la etiqueta, que seguía prendida a la tela y que la pelinegra no había visto en su ciego ataque de ira.
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Editado: 07.04.2026