Nota: Este capitulo contiene escenas para +18.
"El alcohol no te transforma en alguien más; simplemente derriba los muros que mantienen encerrado a quien realmente eres."
.
.
.
El aire de la noche golpeó el rostro de Evan con una frialdad que agradeció. Caminó un par de calles lejos de su edificio, sintiendo que las paredes de su propio apartamento lo asfixiaban ahora que ella estaba dentro, ocupando su espacio con esa arrogancia que tanto le dolía. Sus manos temblaban ligeramente mientras sacaba el celular; necesitaba ruido, necesitaba realidad, algo que no oliera al perfume caro de Valeria Celir.
Marcó el número de Lewin. El tono de llamada fue un martilleo en sus oídos hasta que, finalmente, escuchó la voz familiar del chico.
—¿Qué pasó, hermano? —preguntó Lewin, con el ruido de fondo de la calle indicando que acababa de salir del turno.
—¿Acaban de salir del trabajo, verdad? —la voz de Evan sonó más ronca de lo que pretendía.
—Sí, justo ahora. ¿Por? ¿Qué tal la reconciliación? —preguntó Lewin con un tono curioso, casi divertido.
Evan cerró los ojos, apretando el puente de su nariz. El recuerdo de Valeria invadió su mente.
—¿Quieren... quieren ir a tomar? —soltó Evan, arrepintiéndose en el mismo instante en que las palabras abandonaron su boca. Sabía que beber no solucionaba nada, pero no quería estar solo con sus pensamientos.
Lewin se detuvo en seco en la acera, intercambiando una mirada con Marcus, quien caminaba a su lado.
Al notar que era Evan, Lewin puso el altavoz. Ambos detectaron de inmediato la grieta en el tono de su amigo; no era la voz de un hombre que acababa de tener un reencuentro romántico, sino la de alguien que estaba a punto de colapsar.
—Vamos, por supuesto —respondió Lewin sin dudar ni un segundo.
—Yo también iré —intervino Marcus, asegurándose de que Evan notara su presencia. No iba a dejar que su amigo se hundiera solo esa noche.
—Claro, vamos —dijo Evan con un hilo de voz—. Los veo en el bar de la vez pasada en media hora.
—Hecho, hermano. Ahí estaremos.
Después de un tiempo, Evan bajó del taxi y caminó hacia la entrada del bar con pasos que intentaba mantener firmes. El aire nocturno del distrito soplaba con fuerza, pero él solo sentía el calor de la rabia contenida quemándole el pecho.
Al entrar, vio a Lewin y Marcus en la mesa de siempre, pero se detuvo un instante al notar que Sarah también estaba allí.
—¡Hey! Pensamos que te habías arrepentido —dijo Lewin, alzando una mano.
—Hola, Evan -saludó Sarah con una sonrisa ligera, acomodando un mechón de su cabello negro recién teñido—. Disculpa que me haya pegado a los chicos, yo también quería tomar algo.
—No hay problema —respondió Evan, dejándose caer en la silla.
Cuando la mesera se acercó, Evan ni siquiera miró la carta.
—Trae una botella de Absenta. Y vasos.
Marcus y Lewin intercambiaron una mirada de alarma. La absenta no era una bebida para "pasar el rato"; era un veneno de 75 grados que Evan nunca se había atrevido a tocar. En pocos minutos, la botella de color verde esmeralda estaba en el centro.
Sin azúcar, sin agua, sin rituales: Evan sirvió el primer vaso y se lo bebió de golpe. El ardor fue tan violento que sintió que los pulmones se le cerraban por un segundo, pero antes de que sus amigos pudieran protestar, ya estaba sirviendo el segundo.
—A ver, suéltalo -dijo Lewin, rompiendo el hielo—. ¿Qué tal la reconciliación con Vale?
—TERMINAMOS —soltó Evan, y acto seguido se empinó el segundo vaso.
El efecto fue devastadoramente rápido. Para cuando el alcohol del segundo vaso llegó a su torrente sanguíneo, el mundo alrededor de Evan empezó a vibrar. La luz del bar se volvió demasiado brillante y su lengua se sintió pesada.
—Terminó conmigo. Hace un poco más de media hora—repitió, sirviendo el tercero con las manos que ya empezaban a temblar—. Me desechó. Me dijo que "el plan había cambiado" y que ya no me necesita.
—Lo siento mucho, hermano —dijo Lewin.
—¡No! —estalló Evan, golpeando la mesa y bebiendo el tercer vaso de un trago.
Tres vasos de absenta pura en menos de diez minutos. Ahora sí, la realidad se rompió por completo.
—No me malentiendan, esto no es porque "me duela el corazón". ¡Esa mujer no es normal! ¡Es una maldita psicópata!
Sarah se removió en su asiento, incómoda por la intensidad eléctrica que emanaba de él.
—Se los juro, quise comprender qué pasa por esa mente —siguió Evan, arrastrando las palabras, con la mirada perdida en la botella verde—. Ella... ella fue la primera en todo. Se robó mi primer beso. ¡No!, en realidad yo la besé porque ella básicamente me obligó a desnudarme cuando me secuestró. ¡Me secuestró y se adueñó de mí!
A estas alturas, con el cuarto vaso a medio llenar, Marcus y Lewin estaban convencidos de que Evan estaba teniendo un brote psicótico por el alcohol. No podían imaginar que Valeria Celir realmente lo había secuestrado.
—Se presentó en mi casa de la manera más retorcida —continuó, con una voz que subía de volumen—. Me hizo cosas que me dejaron en shock. Me obligó a ver un mundo que yo no quería conocer... ¡Dormimos juntos! ¡Le hice espacio en mi clóset! Saben que amo mi espacio, ¡amo estar solo! Pero la dejé entrar en cada maldito rincón.
Sarah apretó los puños. Escuchar que Evan había compartido su cama con esa mujer mientras ella lo miraba desde lejos en la cafetería, era un trago más amargo que la absenta.
—¿Saben qué es lo peor? —Evan bajó la voz a un susurro ronco—. Que me hizo sentir que yo era suyo. Me marcó como si fuera de su propiedad. Y ahora que el "plan" cambió, me desecha. No puedes hacer eso. No puedes adueñarte del aire de alguien y luego decirle que deje de respirar.
#2146 en Novela romántica
#245 en Detective
#225 en Novela negra
amor dolor, romance obscuro celos obsesión traición, manipulación familias mafia muerte
Editado: 07.04.2026