Tus Cadenas.

Cap 17: La Maldición de los Reed.

"La ira es un ácido que puede dañar más al recipiente que la contiene que a aquello sobre lo que se vierte"—Mark Twain.

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AVISO: Contenido adulto detallado en este capítulo. Leer bajo su propia responsabilidad.

[NOTA: Fin del Flashback Back en el capítulo anterior]

—¿Por qué dejaste que creyera que fue Sarah con la que me acosté?—preguntó Evan, con la voz cargada de una mezcla de indignación y alivio—. Pudiste decirme desde un inicio que fuiste tú. Me habrías ahorrado este infierno de culpa.

​Valeria ladeó la cabeza, observándolo con curiosidad.

—¿Te sentiste culpable, cariño? —Su voz bajó de tono, volviéndose suave—. Qué interesante.

—Aunque no debería —continuó él, tratando de recuperar una pizca de dignidad—. Tú y yo terminamos. Y eso me recuerda que no deberíamos estar haciendo esto.

Señaló el espacio mínimo que los separaba, la cama, la piel expuesta; un recordatorio de la posición comprometedora en la que se encontraban.

—Pero tú quieres —sentenció ella, sin un ápice de duda.

​Valeria comenzó a trazar un camino de besos lentos y deliberados por el pecho de él. Su boca era tan malditamente sueva y ardiente que descendía con una paciencia cruel hacia el cierre de su pantalón.

—Celir...—El nombre de ella escapó de sus labios como un jadeo cuando sintió que ella comenzaba a desabrocharlo.

​—No me digas que no quieres, Reed. Si fuera así, me estarías deteniendo. —Valeria levantó la mirada—. Pero mírate: tus manos aprietan la sábana, no mis muñecas. Estás dándole permiso a tu deseo porque tu moral ya no tiene argumentos.

​Evan cerró los ojos y, de repente, la habitación de la mansión se desvaneció. Imágenes borrosas invadieron su mente.

Recordó el tacto de la seda en el hotel, la forma en que su boca había recorrido el cuerpo desnudo de ella, la desesperación con la que buscaba el contacto. No era un recuerdo ajeno; era su propia biología reclamando un territorio que ya había conquistado.

​Valeria se deshizo de lo último que cubrían sus cuerpo. Se posicionó sobre él, permitiendo que el calor de sus cuerpos chocara sin impedimento alguno. La piel contra piel eliminó cualquier rastro de lógica que le quedara a Evan.

​—Evan —susurró ella, su aliento rozando su cuello.

​Él la miró a los ojos, sintiendo un conflicto psicológico profundo. Sus manos, actuando por cuenta propia, se posaron en las caderas de Valeria y la jalaron hacia él, eliminando cualquier espacio de aire.

​—Celir... ¿quieres hacerlo? —preguntó con cautela.

​—Eso te iba a preguntar yo —respondió ella con una media sonrisa, disfrutando de que él hubiera tomado la iniciativa del cuestionamiento.

​Evan sentía un hormigueo eléctrico recorriendo su espina dorsal. Era una sed que nunca antes había experimentado. Psicológicamente, algo en él había hecho "clic": el saber que ya habían cruzado esa línea en la embriaguez le otorgaba una licencia silenciosa para hacerlo en la sobriedad. Ya no era el miedo a lo desconocido, sino el hambre por lo ya probado.

​Sin embargo, el contraste era casi poético y aterrador. Esa era la misma mujer que, semanas atrás, le había apuntado con una pistola a la cabeza. La misma mujer que representaba el peligro, la muerte y el caos de los Celir. El hecho de que ahora ella fuera la causa de su deseo más puro creaba una disonancia cognitiva brutal.

Deseaba a su captora.

​Evan sabía que aquello no tenía sentido.

La mujer que ahora besaba su cuello era la misma que una vez había puesto una pistola contra su frente.
Y aun así, su cuerpo la buscaba como si perteneciera ahí

Él ya no era el chico inocente que temía por su vida; ahora era un hombre que aceptaba que su vida, y su placer, estaban irremediablemente encadenados a la mujer más peligrosa que jamás conocería.

​—Maldita sea...—murmuró Evan, rindiéndose finalmente al deseo—. No dejes que me detenga esta vez.

—Esta vez prometo no detenerte —susurró Valeria, su voz sonó tan sensual que terminó por cortar la última resistencia de Evan.

Él no esperó más. La tomó por la cintura y, en un movimiento fluido, cambió las posiciones, dejándola a ella sobre las sábanas de seda mientras él se cernía por encima. La besó con lentitud, recorriendo su cuerpo con las palmas de sus manos, grabando en su memoria cada curva que antes solo había explorado entre las brumas del alcohol.

—Celir...—murmuró él sobre sus labios.

—Mmm—respondió ella, soltando un jadeo que fue música para los oídos de Evan.

—Sé que te valen mierda los sentimientos—soltó Evan de pronto, deteniéndose apenas lo suficiente para que sus ojos conectaran—. Y no hago esto porque esté "enamorado" de ti al estilo tradicional. Somos adultos y yo no sé tú, pero de alguna forma terminé deseándote. Estoy dejando mi maldito orgullo y mi dignidad de lado para decir esto, así que por favor, no te burles.

Valeria lo miró fijamente, interesada en lo que quería decir Evan.

—En mi vida nunca había deseado a una mujer como lo hago contigo —continuó él, con honestidad—. Me siento patético por todo lo que ha sucedido y que, aun así, te desee. He bajado mi guardia ante ti porque entendí que no servía de nada; al final lograste lo que querías, y por ello estamos ahora así.

—Reed—Evan apreto los labios—.
Eres un chico joven con las hormonas alborotadas, no te culpes.

Replicó ella con un tono cínico, tratando de restarle peso a la confesión,

—Si es así o no, sé lo que quiero hacer —la interrumpió él—. Sé que no debería porque es un riesgo más para un final que ya vi y sé que llegará, pero aun así quiero intentarlo. Sin lógica detrás de mis decisiones, guiado solo por lo que estoy sintiendo ahora, y sabiendo que jamás habrá sentimientos serios por tu parte, te pido que...me permitas ser tu novio. De verdad.




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