"La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados, pero también es el único infierno del que no podemos escapar."— Jean Paul Richter
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—¿Te sientes mejor? —preguntó Valeria sin apartar la vista del espejo.
Habían pasado tres horas desde el incidente con Damiano. Ella terminaba de maquillarse y Evan ya estaba vestido, al menos en apariencia, la tormenta de adrenalina en su sangre se había calmado.
Valeria ya lo había decidido: era hora de que el mundo los viera como pareja. Sin sombras, sin escondites.
Quería que Cameron viera a su hijo del brazo de una Celir y que el impacto de esa imagen lo obligara a salir de su madriguera. Además, ya le había enviado un mensaje a su padre, recordándole el pacto de su oficina: "No intervengas hasta que yo obtenga resultados".
—Ya estoy mejor, gracias —respondió Evan, ajustando la correa de su reloj. El metal hizo un clic seco en su muñeca—. Celir.
—Dime —respondió ella, delineando sus labios con un rojo intenso.
—Sé que debí preguntar antes. Esperaba que me lo dijeras tú, pero parece que no tienes intención de hacerlo, así que iré directo: ¿Por qué intentaron secuestrarme ayer?
La mano de Valeria se detuvo en seco. El labial golpeó la madera del tocador con un sonido sordo. No era que a Evan se le hubiera olvidado el ataque por haber tenido sexo con ella; era que, psicológicamente, él ya había aceptado el precio de estar a su lado. Sabía que ser el novio de Valeria Celir era como llevar una diana pintada en el pecho, y creyó que Cameron sería el primero en disparar.
Sin embargo, necesitaba la verdad de los labios de ella.
—El secuestro fue ordenado por Adam Sleim —soltó Valeria, mirando su propio reflejo como si buscara a alguien más—. Es un mafioso de la zona sur. Hace tres años... maté a su novia.
Evan guardó silencio, procesando la frialdad de la confesión.
—Se lo merecía —continuó ella, y por primera vez, su voz flaqueó.— Intentó hacerse mi amiga para sacarme información. En ese momento yo no sabía quién era ella, ni que trabajaba para Adam. Su traición fue...
Valeria dejó la frase en el aire. Sus ojos se perdieron en el vacío del espejo, buscando un rastro de aquella chica que una vez creyó en la amistad. Evan notó cómo sus hombros se tensaban; no era el remordimiento por la ejecución lo que la doblegaba, sino el eco de la decepción.
—Es por eso que no tienes amigas, ¿verdad? —dedujo Evan en un susurro.
—Sí. La única vez que bajé la guardia para intentar ser "normal", resultó ser una espía. —Valeria recuperó su máscara de hierro, rearmándose frente al espejo—. Aprendí que, como decía mi madre, el afecto es la mayor vulnerabilidad en nuestro mundo.
Evan guardó silencio. Quería gritarle que el afecto también era lo que te daba fuerzas para no rendirte, pero ¿cómo le explicas los colores a alguien que solo ha vivido en la oscuridad? ¿Cómo defiendes la luz frente a una mujer que ha sido apuñalada cada vez que intentó encender un cerillo?
—Lamento que pasaras por eso —murmuró él—. Pero no todos son así. Hay personas que ofrecen algo sincero sin pedir una factura a cambio.
—No importa. No necesito a nadie, estoy bien así —ella forzó una sonrisa—. El punto es que Adam quiso devolverme el golpe. Quería matar al hombre que él cree que amo.
—Entiendo... ¿Alguien más intentará matarme aparte de él y de mi padre?
—Tu padre no te matará —respondió ella—. Pero respecto a lo otro... muy probablemente sí.
Evan tragó saliva. Valeria vio el rastro de miedo en su garganta, ese recordatorio de que él seguía siendo un civil atrapado en una guerra de monstruos.
—Descuida —dijo ella, con seguridad—. Yo te voy a proteger.
—Eso es bastante humillante para mí.
—¿Qué? ¿Masculinidad frágil, cariño? ¿Te molesta que una mujer te cuide?
—No —respondió Evan, mirándola fijamente—. Es que... yo quiero protegerte de tu padre, pero ni siquiera puedo salvarme de tus enemigos. ¿Cómo se supone que voy a cuidarte de alguien como Damiano Celir si soy yo el que necesita un escudo?
Valeria se quedó inmóvil. Las palabras de Evan, dichas con esa sencillez casi ingenua, cayeron sobre ella con demasiado peso.
"¿Por qué?", se preguntó en silencio. "¿Por qué querrías protegerme?".
Nadie la había protegido nunca. Sus guardaespaldas eran muros de carne pagados con nóminas; su lealtad terminaba donde se acababan los fajos de billetes. Su padre, el hombre que por ley natural debía ser su refugio, era en realidad el arquitecto de todos sus traumas.
Si su propia sangre no la cuidaba, ¿por qué lo haría él? ¿Por qué se molestaría en cuidar de la mujer que lo secuestró, lo amenazó y ha manipulado su mente como si fuera un juguete? Su mente analítica, capaz de descifrar complots internacionales, era incapaz de entender la lógica del sacrificio desinteresado.
Para Valeria, "proteger" no era una palabra de ocho letras; era una sentencia de muerte. En su mundo, proteger a alguien significaba estar dispuesto a recibir una bala, a ensuciarse las manos de sangre y a perder el alma en el proceso. Era un contrato que se firmaba con la vida.
—Proteger es una palabra muy grande, Reed —dijo ella, con la voz extrañamente baja. Evan apreto los labios disgustado por como lo había llamado —. Si no eres capaz de matar o morir por ello, no deberías decirla. La gente la suelta a la ligera hasta que ve el brillo del acero, y entonces el miedo los vuelve cobardes.
—Lo sé —respondió Evan, dando un paso hacia ella—. Por eso no la digo a la ligera.
Valeria lo miró fijamente, escaneando sus ojos en busca de la mentira, del truco oculto que su mente analítica le gritaba que debía existir. Pero solo encontró esa determinación tranquila, una seriedad en la mirada que empezaba a asustarla más que cualquier amenaza de muerte.
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Editado: 07.04.2026