Tus Cadenas.

Cap 19: El villano de una historia mal contada.

"Toda historia tiene dos caras, como las monedas. La tragedia es que, para salvarte, tuve que obligarte a mirar la cara que más te hace odiarme."

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​-¡Maldita sea! -El grito fue un estallido sordo, seguido del estrépito de una botella de cerveza impactando contra la pared de concreto.

​El líquido ámbar escurrió como una herida abierta, pero el hombre ni siquiera parpadeó. Sus ojos, inyectados en una mezcla de incredulidad y furia, estaban fijos en el brillo de la televisión. En la pantalla, la presentadora sonreía con una alegría artificial.

​-"LA PAREJA DEL MOMENTO" -rezaba el cintillo en letras vibrantes-. "Valeria Celir, la heredera del imperio tecnológico de Damiano Celir, finalmente ha salido a la luz con su misterioso novio... y es que el amor les brota por los poros. Solo miren esa mirada..."

​El canal de noticias congeló una imagen de la tarde en la heladería. En ella, Evan estaba inclinado hacia Valeria, sus ojos fijos en los de ella; la miraban con devoción. Había una sonrisa en sus labios, una curva suave y auténtica que iluminaba su rostro.

​Cameron se quedó estático, con la respiración contenida. Hacía años que no veía una expresión de paz así en el rostro de su hijo. Evan sonreía en la pantalla, una sonri. Apretó los puños hasta que los nudillos crujieron.

​-Celir... -masulló-. Tenías que ser tú, Damiano. Tenías que meter tus garras en lo único que te supliqué que no tocaras.

​Se acercó a la pantalla, extendiendo una mano para rozar el cristal frío.

​-¡Te dije que no tocaras a mi hijo, maldito!

​El grito desgarró el silencio del sótano mientras los recuerdos de hace diecinueve años lo golpeaban como una marea negra. Recordó el día en que Damiano Celir irrumpió en su sala, reclamando la siguiente generación de su estirpe.

Flashback: 19 Años atras.


​-No, señor, por favor... aún no. Es muy pequeño, tan solo tiene cuatro años -rogó Cameron, dejando su orgullo de lado para interceder por el pequeño que dormía profundamente en el sofá de la sala.

​A su lado, Anais lloraba desconsoladamente mientras apretaba la mano de su marido. Ella conocía a la perfección a Cameron Reed; sabía que bajo su bata de laboratorio latía el corazón de un hombre obligado a ser un monstruo.

Probablemente ese fue su único delito: enamorarse de la sombra de un Reed y creer que sus intelectos combinados comprarían su libertad.

​Damiano caminó por la estancia con lentitud. Se detuvo frente a la pared donde colgaban los títulos que daban fe del poder intelectual de la pareja: el Doctorado en Neurobiología por la Academia Universitaria DCN
de Cameron, junto a su Maestría en Ingeniería De Sistemas Cuánticos

flanqueando el Ph.D. en Ciencias Cognitivas de Anais.

-Cameron, no seas iluso -dijo Damiano, señalando los marcos-. Gracias a mi familia es que son científicos de este calibre. Sabes que el privilegio de esta educación de élite tiene un precio. Evan debe empezar ya. La Academia DCN lo cuidará bien.

​Cameron bajó la mirada, derrotado. Sabía perfectamente que al dejar que su pequeño fuera a aquella academia, no solo iniciaría su educación básica; sería el fin de su infancia. Los Reed estaban destinados a ser el cerebro detrás de las investigaciones de los Celir, pero también su escudo ante las balas.

Cameron era el ejemplo viviente de esa dualidad maldita: un científico excepcional capaz de diseñar tecnología de vanguardia, pero también un ejecutor destinado a mancharse las manos. Y con Evan no habría diferencia. Damiano escogería lo que mejor le sirviera a Mors y Aethelgard Cybernetics.

​El entrenamiento para ser el "perro guardián" de Valeria Celir iniciaría antes de que Evan aprendiera siquiera a sumar. Porque mientras otros niños aprendían que 2 + 2 = 4, Evan aprendería que un golpe preciso en la tráquea podía ser letal.

En la academia, su horario no admitiría descansos: estimulación cognitiva y robótica por la mañana; artes marciales y resistencia al dolor por la tarde. Su cuerpo pequeño sería sometido a regímenes militares para forjar los reflejos que un día usaría para interponerse ante cualquier amenaza dirigida a Valeria.

​-Él es una inversión, Cameron -concluyó Damiano, tocando con desprecio el sofá-. Un genio que sepa pelear es mucho más útil que un genio que sepa correr. Prepárenlo. El auto vendrá al amanecer.

Se dio la vuelta dispuesto a irse.

​-¡El proyecto Neuronex! -soltó Cameron, dando un paso al frente. Sus manos temblaban, no de miedo, sino por la magnitud de lo que estaba a punto de entregar.

​Damiano se detuvo en seco. No se giró de inmediato, pero la rigidez de sus hombros delataba que aquel nombre había capturado su atención con la fuerza de un imán. Cameron continuó rápidamente, antes de que el silencio se tragara su última oportunidad.

​-Lo estoy desarrollando de nuevo. Es cierto que fallé al inicio, que los primeros resultados fueron un desastre, pero Anais y yo lo hemos vuelto a intentar. Hemos encontrado una nueva ruta de acceso. Hay una alta probabilidad de que funcione. Tardaremos años, quizás décadas en perfeccionarlo, pero es posible. Le daré el éxito que Mors necesita. El éxito que usted quiere.

Damiano se giró con una lentitud predatoria, sus ojos brillando con una codicia fría y calculadora que pareció congelar la habitación. El Proyecto Neuronex era el mito susurrado en los pasillos más oscuros de la compañía; una promesa de control absoluto que cambiaría las reglas del juego para siempre, pero que la junta directiva ya había descartado como una vía muerta.

​Lo que Damiano no sabía, lo que casi nadie en el mundo de la inteligencia corporativa sospechaba, era que Cameron y Anais eran los arquitectos originales de esa leyenda. Tras el estrepitoso fallo inicial que casi les cuesta la carrera, Damiano dio por hecho que sus científicos estrella habían abandonado la investigación por miedo o por incapacidad.




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