"Las emociones inexpresadas nunca mueren. Son enterradas vivas y salen más tarde de formas más feas."— Sigmund Freud
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Había pasado exactamente una semana desde que el secreto de Evan y Valeria estalló ante el público. Para su desgracia, la libertad se había convertido en un concepto lejano; ahora vivía como un fugitivo en su propio distrito. La prensa lo acechaba en cada esquina y, tras el reciente ataque, Valeria le había impuesto un equipo de seguridad que no hacía más que recordarle el peligro que corría.
Evan les había pedido que, mientras él estuviera en su trabajo, no lo acompañaran, pues quería evitar incomodar a los clientes o llamar demasiado la atención tanto fuera como dentro del local.
Según ella, y para nula tranquilidad de Evan, el primer agresor solo era la punta del iceberg. Había más personas allá afuera que lo querían muerto. El rastro de paz que le quedaba al joven castaño se había evaporado por completo.
—Últimamente tenemos mucha clientela, Evan —comentó su jefa, dejando caer el peso de su cuerpo sobre la barra.
—Eso es bueno para el negocio, ¿no? —respondió él, sin levantar la vista de la cristalería.
—Desde luego. Debería aumentarte el sueldo, ya que técnicamente es gracias a ti.
Evan se detuvo, confundido.
—¿Yo qué hice?
—¿Es en serio, hermano? —intervino Lewin con una carcajada—. ¿O no te das cuenta de que el noventa por ciento de los clientes son reporteros esperando a que cometas un error para lanzarte el micrófono?
Por exigencia de Valeria, Evan tenía prohibido acercarse a las mesas. Se limitaba a preparar las bebidas en la seguridad relativa de la barra.
Mientras Lewin reía por el rostro confundido de Evan, el teléfono de la cafetería comenzó a sonar una y otra vez, Lewin, que estaba más cerca, contestó.
—Café Central, ¿en qué puedo...? —Su expresión cambió al instante. Frunció el ceño y alejó el teléfono un par de centímetros, mirando el aparato como si fuera un bicho raro—. Eh... Evan, es para ti.
Evan se detuvo con una taza a medio limpiar.
—¿Para mí? Nadie llama aquí para buscarme.
—Dice que es urgente —añadió Lewin, extendiendo el brazo con una seriedad que no era propia de él.
Evan se acercó, confundido. Tomó el telefono y se lo llevó al oído.
—¿Diga?
—Aléjate de Valeria, Evan.
La voz entró como una descarga eléctrica por su columna. Era una voz que no había escuchado en mucho tiempo, se quedó estático, su mano se aferró al borde de la barra hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—¿Padre? —susurró, apenas un hilo de voz.
—No puedes confiar en ella. Ni en ella ni en Damiano —continuó el hombre al otro lado, ignorando el saludo. Su tono era apresurado, paranoico—. Tienes que huir ahora que puedes. Yo puedo ayudarte, Evan. Sé cómo sacarte de ahí.
Evan soltó una risa seca, carente de cualquier rastro de humor.
—¿Me hablas después de todo este tiempo y lo primero que me dices es que me aleje de mi novia? ¿Es en serio?
—Evan, escúchame bien porque no tengo mucho tiempo —la voz de su padre bajó de volumen—. No lo entiendes, pero esa mujer no te ama. Te está usando como un escudo, como una pieza de ajedrez. Estás en un peligro mucho más grande de lo que imaginas y...
—No —cortó Evan—. No sé a qué te refieres, pero no estoy en problemas como para tener que huir. Mi único problema ahora mismo es que la prensa no me deja vivir en paz, y tú apareciendo de la nada no ayudas.
—¡Evan, por favor! Puedo contarte toda la verdad, pero necesito que confíes en mí una última vez.
Evan apretó los dientes, sintiendo que las palabras de su padre eran cadenas intentando arrastrarlo de nuevo a una oscuridad que ya había superado.
—¿Confiar en ti? —repitió Evan, y su voz sonó como un veneno que ni él mismo sabía que poseía—. ¿Tienes idea de cuántos años han pasado desde la última vez que cometí ese error? Lo único que has hecho, una y otra vez, es recordarme por qué eres la última persona en este mundo en la que debería creer.
—Yo... yo lo sé, hijo —la voz al otro lado del teléfono flaqueó—. Sé que no tengo derecho, pero te lo suplico que confíes en mí una vez más. Tengo demasiadas razones para todo lo que hice, motivos que no puedes ni imaginar.
Evan soltó una carcajada seca y molesta.
—Claro, siempre hay una excusa. Justifica todos estos años de ausencia y lávate las manos como si tus decisiones no me hubieran destrozado. Como si el tiempo perdido no valiera nada.
—¡Evan, por favor, hazme caso! —el tono de su padre subió de volumen—. Solo déjame sacarte de ahí. Te pondré a salvo, lejos de todo esto.
—No. No quiero que me salves —sentenció Evan, apretando el teléfono con tanta fuerza que le temblaba la mano—. Por fin mi vida está mejorando. Por fin sé lo que es ser feliz. Tengo amigos que me aprecian, tengo una novia increíble que me hace sentir vivo... Mi vida está bien sin ti. No pretendas aparecer ahora como el padre preocupado que nunca fuiste. No intentes recuperar en una llamada lo que no cuidaste en años.
—¡Evan, escúchame! —insistió el hombre—. Mis razones son reales, son peligrosas. Tu vida depende de un hilo si te quedas ahí. No tienes idea de quién es realmente Damiano Celir, ni de lo que Valeria es capaz de hacer.
Evan cerró los ojos un segundo.
—Tienes razón en algo: nunca terminas de conocer a las personas de verdad. Tú eres el mejor ejemplo; eres mi padre y, sin embargo, eres un completo desconocido para mí.
—Yo... —balbuceó su padre
—¿Quieres una oportunidad? —lo interrumpió Evan con frialdad—. Entonces deja de esconderte tras números privados. Ven a buscarme tú. Mírame a los ojos y dime tu verdad. Tal vez, y solo tal vez, elija creerte una última vez. Pero no esperes que corra hacia ti solo porque me lo pides.
El silencio en la línea se hizo largo. Con un movimiento errático, arrastró el teléfono inalambrico lo más lejos que pudo, ocultándose tras la puerta de madera que conducía a la zona de almacenamiento.
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Editado: 27.04.2026