Tus Cadenas.

Cap 21: La Cascada.

"Hay siempre algo de locura en el amor. Pero también hay siempre algo de razón en la locura".— Friedrich Nietzsche.
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​—¡¿Por qué?! —exclamó Valeria, mientras tomaba una copa de vino.

​—¿Crees que esté planeando algo más antes de dar la cara? —preguntó Evan, dejándose caer en el asiento a su lado.

​Había transcurrido un mes exacto desde aquel incidente telefónico, y su padre permanecía en un silencio sepulcral. Era evidente que Cameron ya estaba al tanto del vínculo entre Evan y Valeria; sin embargo, se negaba a mover una pieza.

​Aquel inmovilismo desafiaba la lógica del plan. Se suponía que Cameron mordería el anzuelo, saldría de su escondite y vendría a por Evan, o al menos enviaría a alguien a buscarlo. Pero el tablero seguía estático.

​—Si Cameron no sale de su agujero, nada de esto habrá servido. Tenemos que forzarlo a mostrarse, Evan —explicó ella con frialdad—. Tenemos la llave, pero no la ubicación de la caja. El tiempo corre y tu padre sigue siendo un fantasma.

​—¿Y qué se supone que haremos ahora? —cuestionó él, con el desánimo filtrándose en su voz.

​—Ahora mismo, ir al psiquiatra. Tienes sesión —respondió Valeria levantándose del sofá—. Después, pensaremos en una forma de hacerlo salir.

​Desde aquel colapso en la cafetería tras la llamada, Evan había visitado una procesión de especialistas: del médico general al psicólogo, y de este al psiquiatra. ¿El diagnóstico?

Una incógnita. No lograban ponerle nombre a su condición; sabían que era algo hereditario, pero para precisar los detalles, necesitaban estudiar también a Cameron.

​Para identificar qué era lo que quebraba a Evan de esa manera, habían intentado provocarle una nueva crisis frente a los especialistas, pero fallaron. Eso los llevó a una conclusión inevitable: la sombra de Evan solo despertaba ante un detonante emocional masivo. Desde un estrés agónico hasta un brote de ira incontrolable.

Algo que lo hiriera de verdad. Pero, a pesar de los constantes intentos de Valeria por hacerlo perder los estribos, él se mantenía contenido.

​—Quita esa cara, Savy. No es tu culpa que Cameron no aparezca —le dijo, observando su expresión sombría.

​—Tal vez sí lo sea. Debí haber fingido que confiaba en él para que bajara la guardia y se acercara —respondió él, caminando hacia ella con paso pesado.

​—No habría funcionado. ¿Crees que se habría creído esa confianza repentina después de todo lo que te hizo? Cameron no es idiota, Evan; habría olido la trampa a kilómetros. —Valeria acarició el rostro del joven.

​Desde aquel día, algo en él se había transformado. Sus ojos solían perderse en el vacío, como si una parte esencial de su ser se hubiera fragmentado aún más de lo que ya estaba.

​—¿Crees que se haya vuelto a contactar con la cafetería? —se preguntó él en voz alta—. No, no lo creo. Lewin o Marcus me habrían avisado.

​Se respondió a sí mismo, casi por costumbre. Había dejado el trabajo, no por despido, sino por la insistencia de Valeria y las interminables citas médicas. Ella lo vigilaba como a un halcón, llevándolo incluso a su oficina.

Quería estar presente si él volvía a romperse, para evitar que se cumpliera el mayor temor de Evan: lastimar a alguien.

​"No sé cómo calmarte, pero siempre puedo volver a dejarte inconsciente", le había dicho ella cuando él le preguntó cómo pensaba ayudarlo en un ataque.

​—Anda, Savy, vamos. Se hace tarde para tu cita —le tomó la mano, tirando de él hacia la salida de la habitación.

​—Celir... —Evan la obligó a detenerse y ella se giró para mirarlo—. ¿Por qué haces esto? No entiendo por qué me has ayudado tanto, por qué estás tan pendiente de mis sesiones. Nada de esto es necesario para el plan.

​—No entiendo, Evan. ¿A qué viene esto después de un mes?

​—Porque pensé que te cansarías. Pero ha pasado un mes y sigues cancelando reuniones de trabajo. Ya no pasas el día en la empresa como antes; tu vida profesional está patas arriba por mi culpa. Te he dicho que puedo ir solo, pero te empeñas en escoltarme. ¿Por qué? Sé que nunca haces nada que no sea vital o estratégico. No haces nada que no te beneficie. Por más que analizo la situación, no veo qué ganas cuidándome. No tengo nada que ofrecerte. Mi condición no me impide cumplir mi parte en el plan, así que... no lo comprendo.

​Evan no conocía la atención desinteresada. No estaba acostumbrado a que alguien se desvelara por su bienestar. Desde la muerte de su madre, nadie lo había protegido a ese nivel. Aunque el cuidado de Valeria y sus compañeros lo reconfortaba, una parte de él se sentía como un parásito, una carga para alguien que ya tenía demasiadas responsabilidades. Y él odiaba ser un problema.

​—Hago esto por lo que acabas de decir: porque siempre me ocupo de lo que es importante. Y tú, Evan... eres importante para mí. —Él la miró fijamente y tragó saliva, tratando de no naufragar en el significado de esas palabras. Valeria notó el peso de lo dicho y se aclaró la garganta antes de rectificar—: Te necesito bien. Te necesito estable para que todo salga según lo planeado.

​Evan desvió la mirada.

Para el plan.

​"No busques otras interpretaciones. No lo hagas. Su amabilidad tiene un precio y una razón: eres útil", se recriminó mentalmente. Debía volver a la realidad y dejar de proyectar deseos en las acciones de ella. Valeria Celir no daba un paso sin una meta. Así era ella. Así trabajaba. Necesitaba que su peón estuviera al cien por ciento; si la pieza estaba defectuosa, no servía.

​Sin embargo, sabía que su "defecto" no afectaba al plan. Si nadie apretaba el gatillo, el arma no se disparaba. Aun así, se obligó a aceptar esa lógica fría para protegerse.

​—Lo entiendo —murmuró, soltando la mano de la pelinegra y retomando el paso.

​Valeria lo siguió, apresurándose mientras los pasos de Evan resonaban con urgencia en las escaleras.




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