"Después de un crimen, el primer castigo es el propio remordimiento; pero, ¿qué ocurre cuando el corazón permanece mudo?"— Inspirada en la obra de Fiódor Dostoyevski. [Adaptación libre de Crimen y castigo]
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—¿Debería poner música? —preguntó Evan, rompiendo el cómodo silencio del auto.
Después de lo sucedido en su lugar secreto, habían decidido regresar. Se estaba haciendo tarde y Valeria detestaba manejar de noche, a menos que fuera estrictamente necesario.
—Respeto tus gustos, cariño... —respondió ella sin apartar la vista del camino—, pero, por favor, que no sea de piano. Me voy a quedar dormida si lo haces, y voy conduciendo.
Valeria había descubierto pronto la obsesión de Evan por el piano y el violín. Él siempre decía que su amor por lo instrumental era inexplicable; era un secreto que guardaba con recelo, pues la gente solía mirarlo raro, como si disfrutar de esa música lo convirtiera en un bicho extraño.
Odiaba que lo juzgaran, así que prefería mantener sus auriculares puestos y su mundo en privado.
Para su mala o buena suerte, Valeria lo había descibierto. Y aunque no lo juzgaba, la música la relajaba tanto que terminaba cabeceando si la escuchaba por varios minutos.
—¿Entonces qué se supone que ponga? —reprochó él con un falso tono de indignación.
—¿Algo que tenga letra y no sea solo instrumental?
—Olvídalo, sigamos en silencio.
Valeria sonrió de lado. Sabía que Evan no podía vivir sin su música; por eso siempre llevaba sus audífonos a todas partes, los mismos que ella había perdido en la cascada horas antes.
—¿Sigues enojado porque perdí tus audífonos?
—Claro que no.
—Te puedo comprar otros, no te enojes —le soltó ella divertida.
—Me los regaló alguien especial. ¿Qué se supone que le diga?
—Dile que los perdió tu novia.
Evan rodó los ojos, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara.
—Bien. Tengo dos boletos disponibles para el concierto de Angel Audinee —soltó Valeria de repente—. Fue difícil conseguirlos, incluso para mí que soy la princesa de la mafia. Te los doy si me perdonas por haber perdido tus audífonos, aunque me pediste que los cuidara.
Los ojos de Evan se iluminaron al
instante. Angel Audinee era su pianista favorito. Nunca había podido ir a uno de sus conciertos; los boletos eran excesivamente caros y se agotaban en segundos.
—¿Cómo...? ¿Cómo...?
—¿Cómo los conseguí o cómo supe que es tu favorito? —lo interrumpió ella con suficiencia.
—Las dos cosas.
—Oh, cariño, no es tan difícil. Tienes una lista de reproducción en tu celular con puras canciones de él. Y sobre cómo los logré... digamos que tuve que hacer una donación muy grande al teatro para conseguir los pases VIP en primera fila y el álbum autografiado.
—¿Te he dicho que eres increíble? —preguntó Evan con una sonrisa de emoción. Se acomodó el cárdigan con rapidez; el frío después de haber estado en la cascada le había calado hondo y todavía sentía la piel erizada.
—Sí, y muchas veces. Ahora, volviendo al tema de los boletos...
—Cierto, son dos... ¿pero con quién iré? —la interrumpió de nuevo.
—Obvio que irás conmigo. ¿Con
quién más?
Evan la volteó a ver, como si hubiera dicho algo como que las vacas vuelan.
—¿Es en serio?. Pero tú...te vas a quedar dormida.
—Haré un esfuerzo enorme por no hacerlo, no te preocupes.
—Bien, pero más vale que no te quedes...
Las palabras de Evan fueron cortadas en seco por un estruendo metálico. Un camión se estrelló contra el costado del auto, proyectándolos fuera de la carretera.
Ninguno de los dos se había dado cuenta de este.
El vehículo dio una vuelta sobre el asfalto y la tierra.
Cuando el movimiento cesó, el auto quedó volcado, llantas arriba. Con el cuerpo adolorido y la respiración entrecortada, Evan se soltó el cinturón y cayó contra el techo abollado mientras intentaba procesar lo sucedido. Abrió la puerta con dificultad y salió a rastras. Rodeó el chasis destrozado hasta llegar al lado del chofer.
—¡Vale! ¡Hey, Celir, despierta!
La sacó del auto con cuidado, arrastrando su cuerpo lejos del peligro de una posible explosión.
Miro a todos lados en busca de alguien que los ayudará hasta que vio a unos metros el camión detenido.
—¡Ayuda, por favor! —gritó con la esperanza de que fueran civiles. Su celular se había perdido en algún rincón del auto y no tenía cómo llamar.
—Mierda, mierda... despierta, Celir.
La movió con suavidad, revisando su cuerpo. No parecía tener heridas graves, salvo por una pequeña cortada en la sien que empezaba a mancharle el rostro. En ese momento, vio a varios hombres bajar del camión y caminar hacia ellos.
—¡Ayuda, por favor! ¡Llamen a una ambulancia, mi novia está inconsciente! —rogó mientras se acercaban.
Sin embargo, cuando estuvieron más cerca, uno de ellos sacó una pistola. El frío recorrió la espalda de Evan; el accidente no había sido un error. Fue una emboscada.
—Oh, mierda...
Se lanzó hacia lo que quedaba del auto. Recordó que Valeria tenía un botón de emergencia oculto que enviaba una señal de auxilio inmediata a su gente. Con los dedos temblorosos, alcanzó a oprimirlo justo antes de que los hombres llegaran hasta ellos. La señal estaba enviada, pero ahora estaban solos.
Los hombres se detuvieron rodeándolos como lobos. Uno de ellos levantó su arma, apuntando directamente a la cabeza de Evan, quien regreso a Valeria y protegió su cuerpo con el suyo.
—¡Guarda esa mierda! —ordenó otro de los tipos, uno más alto, bajándole el brazo a su compañero—. Los necesitamos vivos a los dos. Órdenes directas.
Evan no esperó a que terminaran de hablar. El miedo se transformó en una descarga de adrenalina que le recorrió la espina dorsal. Se puso de pie de un salto, apretando los puños.
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Editado: 27.04.2026