Tus Cadenas.

Cap 23: El Laberinto del "Hubiera ".

"Y sin embargo, a veces los hechos no son más que lamentables consecuencias, porque la culpa no reside en nuestros actos, sino en las intenciones que dan lugar a nuestro acto. Todo depende de nuestras intenciones"—Sándor Márai: "El último encuentro (Embers)".
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El silencio en la habitación de Evan no era una ausencia de ruido; era una entidad física, pesada y asfixiante. El castaño se negaba a romperlo, como si el más mínimo sonido pudiera fragmentar el frágil muro que lo separaba de la locura. Por primera vez en años, la música de piano no era un refugio. Las melodías que antes lo salvaban ahora le recordaban una armonía que él ya no poseía. Sentía que sus oídos solo podían reproducir, en un bucle infinito, el crujido del hueso y el último estertor de los hombres en la bodega.

​—Evan, abre la puerta, por favor —la voz de Valeria llegó desde el otro lado, filtrándose por la madera como un ruego agotado.

​Había pasado una semana desde el ataque. Siete días en los que Evan se había convertido en un fantasma dentro de su propia piel. No era el trauma del secuestro lo que lo mantenía encerrado; no era el miedo a que las sombras volvieran por él.

Era el pánico a lo que encontraba cada vez que se miraba al espejo. El miedo a reconocer en sus propios ojos el mismo destello frío que definía a su padre. Se sentía un monstruo en potencia, una bestia que acababa de probar la sangre y que, aterradoramente, no había sentido asco al hacerlo.

​—¡Evan, sal de ahí, maldita sea! —gritó Valeria, perdiendo finalmente la paciencia. El golpe de su palma contra la puerta resonó en todo el pasillo.

​Ella le había dado espacio. Había intentado ser paciente, entendiendo que para alguien como él, procesar tres muertes era una tarea titánica.

Evan nunca pidió ese bautizo de sangre; nunca solicitó que su primer acto de defensa fuera una carnicería.

​Valeria se recargó contra la pared, cerrando los ojos. El peso de la culpa era una soga que se apretaba cada vez que pensaba en la palabra más cruel del idioma: "Hubiera".

​Esa palabra era un fantasma que describía todas las vidas que no estaban viviendo. Si tan solo hubiera diseñado un plan diferente que no lo involucrara sentimentalmente. Si tan solo hubiera reprimido ese impulso de libertad y no hubiera salido sin guardaespaldas aquel día.

Cada "hubiera" era una puñalada de una realidad alternativa donde Evan seguía siendo el chico que solo se preocupaba por sus sueños sencillos.

​Pero el "hubiera" es la autopsia de una decisión muerta. Es el eco de un camino que se cerró en el instante en que se eligió otro. Valeria entendía ahora, con una amargura punzante, que el "hubiera" no existe; es solo el nombre que le damos al remordimiento por las decisiones no tomadas. Es una trampa mental que intenta maquillar el pasado, pero que solo logra resaltar la crudeza del presente. No había forma de retroceder, de desandar los pasos hasta aquel cruce de caminos y elegir la seguridad sobre el deseo.

Los hechos ya habían echado raíces en la sangre, y no importaba cuánto se torturara con las posibilidades perdidas: la realidad era que Evan había matado, y ella había sido el motivo.

​—Evan... abre, por favor. Ya no puedes seguir así —la voz de Valeria sonó más cansada de lo que pretendía. El ruego rebotó en la madera de roble de la puerta, pero no obtuvo más respuesta que el silencio absoluto que reinaba al otro lado.

​Durante los últimos siete días, Evan se había recluido en una habitación de invitados al final del pasillo, lejos de la suite principal que antes compartían. No dormía con ella. Se alimentaba de bandejas que la nueva sirvienta dejaba en el umbral, las cuales entraban a la habitación en un descuido y salían horas después con la comida apenas probada, fría y amarga, como si el simple acto de nutrirse fuera un recordatorio de la vida que él ya no se sentía digno de reclamar.

​Valeria había cruzado ese umbral en varias ocasiones, intentando rescatarlo de su propia mente, pero cada vez se encontraba con un muro de cristal. Por la mañana, le había advertido que el Doctor Aris vendría a verlo. Esa noticia había sido el detonante final: Evan, no estaba listo para que diseccionaran la carnicería de su alma. Por eso, por primera vez, había girado la llave desde dentro.

​—Te di tiempo, Evan. Te di el espacio que me pediste —gritó Valeria, y esta vez la rabia empezó a filtrarse por las grietas de su paciencia—. Comprendo lo que estás sintiendo, entiendo que el peso de lo que hiciste te está aplastando, ¡pero ya no más! No voy a permitir que te hundas en ese pozo hasta que no quede nada de ti.

​Se pegó a la puerta, apoyando la frente contra la madera fría.

​—Así que, o abres la maldita puerta ahora mismo o la derribo. ¿Me entiendes? Tienes un minuto, Evan. Solo uno.

​El silencio persistió, denso y desafiante. Valeria se giró hacia el Doctor Aris, que permanecía un par de pasos atrás con una expresión de cautela profesional, y luego hacia su asistente, que mantenía la cabeza baja.

​—¿La llave de repuesto de esta habitación? —preguntó Valeria.

​—No hay, señorita Celir —respondió el asistente con voz temblorosa—. La única llave está dentro de esa habitación, en manos del joven Evan.

​Valeria apretó los puños hasta que sus nudillos blanquearon.

​Miró el reloj en su muñeca. Los segundos pasaban con lentitud. Sabía que detrás de esa madera, Evan estaba librando una batalla contra los fantasmas de tres hombres muertos.

El minuto de gracia se agotó en un silencio sepulcral. Valeria no era mujer de faroles; en su mundo, una amenaza era una promesa de pago.

Se separó de la puerta y miró a dos de sus guardias que aguardaban al final del pasillo, tipos corpulentos que entendieron la orden antes de que ella abriera la boca.




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