"Aquel que es prudente y espera a un enemigo que no lo es, será victorioso; pues aquel que logra adaptar su naturaleza para sobrevivir, gana la guerra antes de empezarla."— Inspirado en los principios de Sun Tzu, El arte de la guerra.
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El comedor estaba en silencio.
Evan estaba sentado frente a Valeria, con el plato casi intacto. Era la primera vez en una semana que bajaba a desayunar, pero no parecía cómodo. Sus movimientos eran más lentos, como si todavía no terminara de ubicarse fuera de esa habitación.
Valeria lo observó un momento, sin que él lo notara.
No quería arruinar eso.
No hoy.
—¿Dormiste bien? —preguntó, en tono bajo.
Evan asintió apenas.
—Sí… mejor que antes.
No era una mentira.
Pero tampoco era todo.
Valeria no insistió. Tomó un poco de café, intentando mantener la normalidad.
El silencio volvió, pero esta vez no era tan pesado.
Hasta que alguien apareció en la entrada.
El de asistente de Valeria se quedó quieto al verlos.
—¿Qué pasa? —preguntó Valeria, sin girarse.
—Señorita… es sobre la frontera.
Evan detuvo el cubierto a mitad del plato. No levantó la vista, pero se quedó completamente inmóvil.
—Luego —cortó ella.
—Es urgente, jefa.
Valeria apretó la mandíbula. Fue entonces cuando Evan alzó la mirada y la fijó en el asistente.
—¿Qué pasa en la frontera? —intervino él.
Valeria dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco.
—Nada, Evan. Tú sigue desayunando, ahora regreso.
Se limpió las comisuras de la boca e hizo el gesto de levantarse, pero la voz de Evan la detuvo.
—¿Es algo que no deba escuchar? —la miró fijamente, sabiendo que ella intentaba evitarle el tema—. ¿Tiene que ver con Cameron?.
Valeria guardó silencio, apretando los labios. Su falta de respuesta fue la confirmación que él necesitaba.
—¿Se movió? —insistió Evan.
—Sí —admitió ella al fin—. Hizo su primer movimiento.
Evan no reaccionó de inmediato, pero sus hombros se tensaron y sus nudillos se pusieron blancos sobre la mesa.
—¿Dónde?
—En Lyriathoria. Lo vieron cerca de la frontera… pero le perdimos el rastro —Valeria hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Va a intentar entrar al país.
Evan bajó la mirada.
Se quedó así unos segundos.
—Entonces ya empezó… —murmuró.
Valeria no respondió.
Evan soltó un suspiro pesado y se pasó una mano por el rostro, intentando procesar la noticia.
—Sí… viene hacia nosotros —murmuró, más para ella misma que para los demás.
Valeria fijó sus ojos en el asistente.
—¿Qué fue lo que pasó exactamente? —preguntó.
—Hubo un enfrentamiento en la frontera. Uno de nuestros equipos interceptó a Cameron, pero no estaba solo; lo escoltaba un grupo armado. Se desató un tiroteo. Cameron resultó herido, pero logró romper el cerco y escapar.
Valeria apretó los puños bajo la mesa, pero su rostro no mostró ninguna emoción.
—¿Bajas en nuestro equipo?.
—Tres hombres muertos, jefa.
El silencio que siguió fue cortante. Valeria no parpadeó; en su mundo, las bajas eran estadísticas.
—Sigue el código —ordenó—. Ya sabes qué hacer con las familias y la limpieza.
—Ya se llevó a cabo, señorita. Los protocolos están en marcha.
—Bien. Desplieguen más unidades en los puntos ciegos e intenten dar con él otra vez.
—Puedes retirarte —ordenó Valeria.
—Sí, jefa.
El asistente hizo una breve inclinación de cabeza, dio media vuelta y salió del comedor. El eco de sus pasos se fue alejando hasta que el sonido de la puerta principal cerrándose dejó la mansión en un silencio denso.
Evan permaneció inmóvil, con la mirada fija en su plato, aunque era evidente que ya no pensaba en la comida. Los minutos pasaron, pesados, mientras Valeria lo observaba esperando una reacción, un reclamo o una señal de miedo.
Finalmente, Evan rompió el silencio sin levantar la vista. Su voz no tembló, sonó extrañamente plana y decidida.
—Tres hombres muertos —dijo Evan en voz baja—. Tres personas que no volverán a su casa porque él decidió moverse.
Valeria suspiró, recargándose en el respaldo de su silla.
—Es el costo de este mundo, Evan. Sabían a lo que se arriesgaban al trabajar para mí.
—Pero no tiene por qué ser ese el costó de querer dar con él —replicó el castaño, levantando la vista —. Entréname.
Valeria frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
—Lo que escuchaste. Entréname. Quiero aprender a pelear y quiero aprender a disparar.
—No —respondió ella de inmediato, sintiendo un nudo en el estómago—. No voy a hacer eso. No te voy a convertir en uno de mis hombres, Evan. No voy a corromper lo que eres.
—Ya estoy involucrado, Valeria. Lo estuve desde el momento en que me subieron a tu camioneta. —Evan se puso de pie—. Estoy harto de ser el que tiene que ser rescatado. Estoy harto de ser vulnerable. Si hubiera sabido defenderme ese día, si hubiera sabido usar un arma, ese tipo nunca te habría puesto una mano encima.
Valeria intentó hablar, pero él la interrumpió.
—No voy a permitir que vuelvas a estar en peligro porque yo no supe qué hacer. Así que, o me enseñas tú, o buscaré quién lo haga. Pero no voy a quedarme de brazos cruzados esperando a que Cameron cruce esa puerta.
—No tienes que aprender a pelear —dijo finalmente—. No tienes que cargar con esto.
Evan frunció el ceño, pero no habló.
—Ese día… —hizo una pausa breve—. Yo fallé.
Evan negó de inmediato.
—No
—Sí —lo cortó, sin alzar la voz, pero sin dejar espacio a discusión—. Fallé en protegerte. Fallé en preverlo. Fallé en mantenerte fuera de esto.
Su mente se lleno de los recuerdos de aquel día.
—Y no va a volver a pasar.
Valeria tragó saliva.
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Editado: 27.04.2026