La mañana llegó más tranquila de lo habitual.
La mansión, que normalmente funcionaba bajo un ritmo preciso y controlado, tenía un ambiente distinto. Más relajado. Más… vivo.
El día anterior, Marcus había recordado la consola que llevaba en su mochila y que había dejado olvidada en el auto. De no ser porque Ariana salió a buscar la bolsa de regalo que le había dado a Valeria antes de que ella llegara, probablemente seguiría ahí.
Ahora, la consola estaba conectada en la sala principal.
—¡Te dije que no eligieras ese personaje! —se quejó Marcus, inclinándose hacia adelante con el control en la mano.
—Es que no sabes jugar —respondió Lewin sin despegar la vista de la pantalla.
Evan soltó una risa baja, concentrado en la partida.
—Concéntrense o pierden.
—¡Ya estamos perdiendo por tu culpa! —replicó Marcus.
El ruido de la sala contrastaba completamente con el comedor.
Ahí, el ambiente era otro.
Más silencioso.
Valeria estaba sentada frente a la mesa, con el plato servido, aunque apenas lo había tocado. Ariana estaba frente a ella, apoyando el codo sobre la mesa mientras la observaba con curiosidad.
—¿Siempre desayunas tan poco? —preguntó Ariana, rompiendo el silencio.
—No tengo mucha hambre —respondió Valeria sin mirarla.
Ariana no se dio por vencida.
—¿Trabajas hoy?
—Sí.
—¿Siempre trabajas tanto?
Valeria levantó la mirada, apenas.
—Sí.
Silencio.
Ariana sonrió levemente.
—Bien… pocas palabras —murmuró Ariana, con una pequeña sonrisa.
No le sorprendía.
Había escuchado mucho sobre Valeria, pero no era de las que se quedaban solo con lo que decían en internet. Prefería ver por sí misma cómo era una persona. Y ahora que la tenía enfrente, podía confirmarlo sin duda: Valeria Celir era exactamente como la describían… reservada, directa y completamente enfocada en su trabajo.
Y, en cierto modo, eso le gustaba.
Admiraba a esa versión de ella. La mujer firme, segura, que sabía lo que hacía y no dudaba. Pero también veía algo más. Algo que no aparecía en entrevistas ni en artículos.
El desgaste.
Porque conocía ese tipo de ritmo. Sabía lo que pasaba cuando alguien vivía solo para trabajar.
Por eso, sin decirlo en voz alta, tomó una decisión.
Iba a sacarla de ahí, aunque fuera por un rato.
Iba a enseñarle, a su manera, que también podía bajar la guardia… y simplemente vivir un poco.
Valeria no respondió.
Tomó la taza de café y dio un pequeño sorbo.
En cuanto el líquido tocó su estómago, su expresión cambió.
Frunció el ceño.
Dejó la taza lentamente.
Ariana lo notó.
—¿Está muy caliente?
—No…
Valeria llevó una mano al abdomen. La sensación fue repentina. Incómoda. Subiendo rápido.
Intentó ignorarla. Tomó un pequeño bocado.
Error.
Se puso de pie de golpe.
—Disculpa.
No esperó respuesta. Salió del comedor con paso rápido.
Ariana se quedó quieta un segundo.
Luego se levantó.
—¿Qué pasa? —preguntó Evan desde la sala, sin dejar el control.
—Vale... —respondió Ariana, ya caminando— no se ve bien.
Evan frunció el ceño.
Dejó el control sobre la mesa sin pensarlo dos veces y se puso de pie.
—Ni creas que voy a salvar tu partida —habló Marcus.
Pero Evan ya no estaba escuchando.
Subió las escaleras rápido, siguiendo el mismo camino que Ariana.
Valeria estaba frente al lavabo, inclinada ligeramente, respirando hondo cuando Evan entró.
—¿Qué pasó? —preguntó de inmediato, acercándose.
Valeria levantó la mirada apenas.
—Nada.
—No es nada —replicó él, frunciendo el ceño—. ¿Qué te duele?.
Ariana se quedó en la puerta, observando.
—Solo fue el estómago —dijo Valeria, enderezándose—. Algo me cayó mal.
Evan no se veía convencido.
—Te llevo al médico.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Valeria
—Estoy bien —insistió ella, más firme—. No necesito un médico por esto.
Evan apretó la mandíbula.
—No me gusta verte así.
—No es grave.
Silencio.
Ariana carraspeó suavemente.
—Voy a… dejarles espacio.
Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió.
Evan se quedó frente a Valeria, mirándola con preocupación.
—De verdad, podemos ir a revisarte.
—Evan —lo interrumpió ella, más suave esta vez—. Solo es el estómago. Me pasa a veces.
No era del todo mentira.
Pero tampoco era todo.
Evan la sostuvo la mirada unos segundos más.
—Si te vuelves a sentir mal, me dices.
—Lo haré.
No parecía convencido.
Pero asintió.
Cuando Evan salió de la habitación, Ariana estaba apoyada en la pared del pasillo.
Lo miró directo.
—¿La vas a llevar al médico?
Evan negó ligeramente.
—No quiere.
Ariana asintió despacio.
—Probablemente solo le cayó algo mal.
Evan suspiró.
—Eso espero.
—Ve con los chicos —añadió Ariana—. Yo me quedo con ella un rato.
Evan dudó un segundo.
Pero terminó asintiendo.
—Cualquier cosa me dices.
—Claro.
Evan bajó las escaleras, aunque no tan tranquilo como antes.
Ariana esperó a que desapareciera antes de entrar de nuevo.
Valeria estaba sentada en la cama, con la espalda recta y una expresión más estable.
—¿Ya mejor? —preguntó Ariana.
—Sí.
Ariana se acercó sin prisa y se sentó a su lado, como si fuera lo más natural del mundo.
—Bien, entonces… cambio de plan.
Valeria la miró de reojo.
—¿Qué plan?
—Vamos a salir.
—No.
Respuesta inmediata.
Ariana sonrió.
—No era una pregunta.
—Tengo trabajo.
—Un día no va a pasar nada.
—Sí pasa.
—No.
Silencio.
Ariana giró un poco hacia ella.
—Vale… necesitas distraerte.
—No lo necesito.
—Sí lo necesitas —repitió, más suave—. No todo puede ser trabajo.
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Editado: 27.04.2026