"Todos somos lo que hacemos para cambiar lo que somos"
— Eduardo Galeano.
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—¡Esto es un desastre! —exclamó Dante, jefe de seguridad del equipo 2.
—¿Hay sobrevivientes? —preguntó Derek mientras avanzaba entre los cuerpos, revisando el lugar con rapidez.
—Tres. Están en estado crítico, ya los trasladaron al hospital privado de la organización —respondió Dante.
Derek asintió apenas.
—Bien. ¿Cómo van con la búsqueda?
Caminaron hasta el pasillo que llevaba a la oficina de Valeria. Tenían que sacar a Ariana del búnker cuanto antes.
—No hay pistas todavía. Está siendo complicado encontrarlos —dijo Dante, llevándose una mano al cabello con frustración.
Derek apretó la mandíbula. No podían darse el lujo de perder tiempo.
Al entrar en la oficina, activó el mecanismo oculto tal como lo hacía Valeria. El acceso al elevador se abrió.
—¿Cree que deberíamos pedir ayuda al señor Celir? —preguntó Dante mientras entraban.
Derek giró la cabeza de inmediato.
—¿Estás idiota? ¿Quieres que la señora se entere de eso? No necesitamos al equipo de Damiano para hacer nuestro trabajo.
—Solo lo decía porque pertenecemos a la misma organización —se justificó Dante.
—Somos parte de Mors, sí. Pero no trabajamos para él —respondió Derek mientras el elevador descendía—. Trabajamos para su hija. No lo olvides.
Dante asintió, más serio.
—Entendido, señor.
Las puertas se abrieron y ambos salieron. Derek avanzó primero, sin detenerse, y pasó su tarjeta por el lector.
El acceso al búnker se desbloqueó.
Derek recorrió el lugar con la mirada. El búnker estaba lleno de estantes acomodados como pasillos, similares a los de un almacén. Había armas, cajas y documentos, lo que dificultaba ver con claridad todo el espacio.
—¡Señorita Ariana! —llamó Derek al entrar.
—¡Aquí! —respondió una voz débil desde el fondo.
Derek recorrió el lugar. Estaba en una esquina, recargada contra la pared, presionando su hombro con un trapo empapado de sangre.
—Mierda… —murmuró, acercándose rápido.
—Por fin llegas —dijo Ariana con una sonrisa cansada—. Ya me estaba desesperando.
—¿Por qué no dijiste que estabas herida? —reclamó Derek mientras la levantaba con cuidado—. Dante, llama al hospital. Que preparen todo.
—Enseguida —respondió el rubio, sacando el teléfono.
—Se me pasó —contestó Ariana como si no fuera grave.
Derek negó con la cabeza, molesto.
—Pudiste desangrarte.
No dijo más, pero la culpa estaba ahí. Había asumido que ella estaba bien. Se había enfocado en Evan y en organizar al equipo, sin pensar que Ariana podía estar en esa condición.
—Tranquilo, chico bonito… sigo viva —dijo ella con una risa baja.
—No es momento para bromas —respondió Derek mientras caminaban hacia el elevador.
—Es mejor que ponerse a llorar —contestó Ariana—. Dime que Valeria está bien.
Derek guardó silencio.
No sabía qué decir.
¿Cómo explicarle que Valeria había sido secuestrada? ¿Que el responsable era su propio suegro?
¿Que Evan también había desaparecido? ¿Que no tenían rastro de ninguno de los dos?
¿Cómo decirle todo eso a alguien que no pertenecía a ese mundo?
—Derek… dime que Valeria está bien —insistió Ariana.
—Lo estará. La vamos a encontrar —respondió al fin.
—¿E-en serio no saben dónde está? —preguntó, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas.
El elevador se abrió. Derek salió y la miró.
—Aún no, pero te juro que la vamos a encontrar. No llores, por favor.
Le resultaba extraño. Ariana no preguntaba por qué había pasado todo esto. No cuestionaba el ataque, ni la violencia, ni los muertos.
Solo preguntaba una cosa:
¿Dónde estaba Valeria?.
—Señor, tenemos un problema —dijo Dante, deteniéndose antes de abrir la puerta de la oficina.
—¿Qué ocurre? —preguntó Derek.
—El señor Damiano acaba de llegar a la mansión —le informó, después de escuchar el mensaje a través del auricular que usaba para comunicarse con el equipo.
Derek tensó la mandíbula.
Otro problema.
—¿Qué hacemos? —preguntó Dante.
Ariana no entendía del todo la situación, pero no preguntó. Sabía quién era Damiano. Lo que no entendía era por qué Dante le pedía órdenes a Derek.
—Señor, ¿cuál es su orden? —insistió Dante.
—No se interpongan. Si pregunta, respondan todo. No oculten nada —dijo Derek—. Damiano no es alguien a quien podamos enfrentar sin la autorización de la patrona.
Derek no era solo el asistente de Valeria. Era su mano derecha. Y en su ausencia, él estaba al mando.
—Entendido, señor —respondió Dante.
Salieron de la oficina y avanzaron por el pasillo. No habían recorrido mucho cuando se encontraron con Damiano.
—Derek —dijo él al verlo—. No esperaba encontrarte aquí.
Su mirada bajó hacia Ariana.
—Esa no es Valeria. ¿Dónde está mi hija?
—Eso estamos tratando de averiguar, señor.
—Explícate.
—La mansión fue atacada. Nos superaban en número… y se llevaron a la señorita Valeria.
Damiano se quedó en silencio un segundo.
—Siempre le dije… cantidad no es lo mismo que calidad.
Luego su expresión cambió por completo.
—¡SON UNOS INÚTILES!
Arrojó un jarrón contra Derek. Él se giró de inmediato para proteger a Ariana, recibiendo el golpe en la parte alta de la espalda.
Ariana se mantuvo en silencio, aunque el impacto también la alcanzó.
—Lo lamentamos, señor. Estamos trabajando para encontrarla —intervino Dante.
—¿Quién fue? —preguntó Damiano.
—Cameron Reed.
El nombre lo tensó de inmediato.
—Fue él quien se la llevó —añadió Derek.
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Editado: 27.04.2026