Tus Cadenas.

Cap 31: Sus Cadenas se Rompieron

​"El amor es la única fuerza capaz de transformar a un enemigo en un amigo, o a un hombre esclavo en un hombre libre".— Martin Luther King Jr.

.
.
.

La mañana siguiente llegó con una luz intensa filtrándose por el ventanal. Evan abrió los ojos, desorientado. Tardó un segundo en ubicarse. Valeria dormía a su lado, aferrada a su cintura, respirando con calma.

Se movió con cuidado para no despertarla y se incorporó despacio.

La habitación no era la misma. Más amplia, mejor equipada. Una cama cómoda, muebles funcionales, un baño privado.

Entró al baño. Sobre un mueble había ropa de hombre, doblada con precisión. No le sorprendió.

Abrió la regadera y mientras el agua caía, los recuerdos del día anterior volvieron sin orden. La discusión, las revelaciones, el colapso. Había perdido el conocimiento durante horas. Su cabeza seguía pesada.

Apoyó las manos contra la pared, dejando que el agua fría le bajara la tensión. No era suficiente para aclararle la mente, pero al menos le permitió estabilizarse.

Cerró los ojos un momento.

No tenía respuestas. Solo hechos.

Salió de la ducha, se vistió con la ropa que encontró y regresó a la habitación.

Valeria ya estaba despierta.

—Buenos días, Savy —dijo, aún con la voz tomada por el sueño.

Evan la miró un segundo antes de responder.

—Buenos días, Celir.

Valeria sostuvo su mirada, todavía sentada en la cama.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, sin rodeos.

Evan apoyó el hombro contra la pared, cruzándose de brazos.

—Como si me hubieran abierto la cabeza y acomodado todo mal.

Valeria asintió apenas, como si la respuesta le bastara.

—Es normal.

—¿Normal? —repitió él, soltando una risa baja sin humor—. Tu padre quiere matarme, el mío resulta que lleva años manipulando todo… y ahora estoy aquí, encerrado, esperando a ver cuál de los dos gana.

—No estás esperando —corrigió ella—. Estás en medio.

Evan la miró, evaluando sus palabras.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿También estás "en medio"?

Valeria no respondió de inmediato. Bajó la mirada un segundo, como si eligiera bien qué decir.

—Yo ya elegí lado.

Evan frunció el ceño.

—¿Ah, sí? ¿Y cuál es?

Ella levantó la vista.

—El tuyo.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso. Evan no apartó la mirada, como si intentara encontrar algo más detrás de esas palabras.

—Eso suena bonito —dijo al final—, pero no te creo del todo.

Bromeó.

—No necesito que me creas —respondió ella con calma—. Necesito que actúes.

Evan soltó aire por la nariz, desviando la mirada un segundo.

—Siempre tan práctica.

Valeria se puso de pie, acercándose un par de pasos.

—Siempre tan terco.

Antes de que pudiera decir algo más, unos golpes firmes en la puerta rompieron el momento.

Ambos giraron la cabeza al mismo tiempo.

—Adelante —dijo Valeria, sin apartar la vista de la puerta.

Esta se abrió lo suficiente para que uno de los hombres de Cameron asomara.

—El señor Reed los espera abajo. Es hora del desayuno.

Ninguno de los dos respondió de inmediato.

El hombre cerró la puerta sin añadir nada más.

El silencio volvió, pero ahora tenía otro peso.

Evan y Valeria se miraron, claramente desconcertados. La situación no tenía sentido. Estaban retenidos, en territorio enemigo… y aun así, los estaban invitando a desayunar.

Evan dejó escapar una pequeña risa.

Valeria lo miró, confundida.

—¿Qué?

Evan negó levemente con la cabeza, todavía con esa sonrisa ligera.

—Me recuerda a la vez que me secuestraste… y luego me hiciste sentarme a desayunar contigo.

Valeria parpadeó, procesando el comentario, y luego soltó una exhalación suave, casi una risa.

—No fue exactamente igual.

—No —admitió Evan—. Pero el ambiente es curiosamente familiar.

Valeria lo observó un segundo más, evaluándolo.

—¿Vas a bajar?

Evan se encogió ligeramente de hombros.

—Si no bajo, va a subir él. Y prefiero elegir el terreno.

Valeria asintió.

—Entonces vamos.

Ambos se dirigieron a la puerta y salieron. No era una mansión; era una casa común, demasiado discreta para alguien como Cameron. Evan tomó la mano de Valeria y bajaron las escaleras.

La sala fue lo primero que vieron. El mismo hombre que había ido a avisarles señaló el comedor con un gesto breve.

En una mesa de madera, Cameron ya estaba sentado, esperándolos.

—Qué bueno que bajaron —dijo, sin levantarse—. Siéntense.

Evan no respondió. Se quedó de pie un segundo, evaluando cada detalle del lugar, cada salida, cada distancia. Luego jaló una silla para Valeria antes de sentarse frente a Cameron.

Sobre la mesa había comida sencilla: café, pan, fruta, huevos. Nada ostentoso.

—Pueden comer —añadió Cameron con calma.

Valeria dudó apenas un instante, pero tomó asiento. Evan no tocó nada.

—¿Cuál es el punto de esto? —preguntó él, directo.

Cameron lo miró sin alterarse.

—Ninguno en particular.

Evan soltó una risa baja, tensa.

—Claro.

Cameron apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—No es un juego, Evan.

El tono fue firme, pero no agresivo.

—Solo quiero desayunar… aunque sea una vez, contigo y con mi nuera.

"Y con mi nieto", pensó, pero no lo dijo.

Sabía que ese momento no iba a repetirse nunca más.

El silencio cayó pesado.

Valeria bajó la mirada un segundo hacia la mesa y Evan entrecerró los ojos.

—¿Eso es todo?

—Por ahora, sí.

—¿Nos secuestras, nos traes aquí, y lo único que quieres es… desayunar?

Cameron sostuvo su mirada.

—Quería traerte conmigo. Eso ya lo sabes. Pero esto… —hizo un gesto leve hacia la mesa— no tiene doble intención.

Evan no parecía convencido.

—Te cuesta creerlo —añadió Cameron.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.