Tus Cadenas.

Cap 32: El Ultimátum de Sangre.

"Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio de alguien que no dice lo que siente para no herir a quien ama".—Mario Benedetti.
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Damiano estaba de pie frente al ventanal, dándole la espalda a la puerta. El humo de su cigarro flotaba en el aire denso de la oficina.

Cuando Valeria entró, no necesitó verlo a la cara para saber que la tregua de las últimas horas se había evaporado.

Solo había durado poco, lo suficiente para acompañar a Evan a enterrar a su padre, según Damiano: "Una prueba de amabilidad para un perro traidor que ni se lo merecía ".

—Llegas tarde —soltó él sin moverse. Su voz era un hilo metálico, carente de cualquier afecto paternal.

Valeria se detuvo en el centro de la habitación. No había rastro de cansancio en su postura, a pesar de que acababa de enterrar a Cameron Reed esa misma mañana.

—No sabía que me esperabas —respondió ella, midiendo la distancia entre ambos.

Damiano se giró lentamente. En su mano derecha no sostenía una copa, sino el pequeño trozo de plástico blanco que había recogido del suelo de la mansión. Lo lanzó con desprecio. El objeto golpeó el hombro de Valeria y cayó a sus pies con un sonido seco.

La prueba de embarazo. Positiva.
Valeria no bajó la mirada. No se agachó a recogerla.

—Explícate —ordenó Damiano. Sus ojos eran dos pozos de odio—. ¿Cómo permitiste que un perro de los Reed te tocara?

—Eso ya lo sabías y no hay nada que explicar, padre —respondió ella, manteniendo la voz plana—. Es un hecho.

—Es una sentencia de muerte —corrigió él, avanzando un paso hacia ella—. ¿De verdad crees que voy a permitir que esa sangre herede Mors? ¿Que el linaje de los Celir se mezcle con la servidumbre que acaba de traicionarnos?

Valeria sostuvo su mirada, sintiendo una punzada de rabia.

—Es mi hijo. Y es un Celir.

Damiano soltó una risa que no llegó a sus ojos.

—No. Es un Reed. Y no voy a dejar que un parásito de esa familia crezca dentro de ti para reclamar lo que es mío.

El silencio que siguió fue absoluto.

Valeria entendió en ese instante que las negociaciones del día anterior no habían servido de nada. Ella le había entregado el prototipo de Neuronex a cambio de que dejaran a Evan enterrar a su padre en paz, creyendo que el valor de la tecnología compraría su libertad. Se había equivocado.

Damiano sacó su arma y la dejó sobre el escritorio, al alcance de su mano. Un gesto innecesario, pero cargado de intención.

—Fuiste inteligente al negociar por él ayer —dijo Damiano con falsa calma—. Me diste el prototipo que crearon y por eso dejé que el chico saliera vivo del búnker. Pero el tiempo se acabó. No voy a compartir mi imperio con un traidor ni con su descendencia.

Valeria tensó la mandíbula.

—No te estoy pidiendo permiso para tener a este bebé.

—Yo no doy permisos, Valeria. Doy órdenes —replicó él, invadiendo su espacio personal—. Tienes veinticuatro horas. Vas a matar a Evan tú misma. Y después, te desharás de eso que llevas dentro.

—No —dijo ella, una sola palabra que cortó el aire como un cuchillo.

Damiano la tomó del mentón, apretando con fuerza.

—No es una opción. Si mañana a esta hora Evan Reed sigue respirando, yo mismo le daré caza. Y no será una ejecución rápida. Lo voy a destripar frente a ti antes de encargarme de arrancar lo que sea que tengas en el vientre.

Valeria sintió un frío gélido recorriéndole la columna. Conocía a su padre; sabía que no estaba fanfarroneando. Damiano era el tipo de hombre capaz de extinguir su propio linaje antes de permitir que un enemigo tuviera una pizca de poder sobre él. Para él, su nieto no era familia; era una debilidad que debía ser eliminada.

—¿Estás dispuesto a matarme a mí también? —preguntó ella en un susurro desafiante.

—Si te interpones, sí —respondió él sin parpadear—. Mors no acepta herederos contaminados. Elige, Valeria. O lo haces tú, o lo hago yo a mi manera.

Valeria lo observó durante un tiempo que pareció eterno. Estaba calculando. Sus hombres estaban en la mansión, Evan estaba en la habitación de arriba creyendo que estaban a salvo por el trato del prototipo, y su padre tenía el control total de la logística exterior. Estaba acorralada.

—Está bien —dijo ella finalmente. Sus ojos se volvieron tan oscuros como los de su padre.

Damiano entrecerró los ojos, buscando una grieta en su máscara.

—¿Está bien?

—Lo haré —confirmó ella—. Pero a mi manera. No quiero que tus hombres se metan. Si voy a mancharme las manos con su sangre, será bajo mis propios términos.

Damiano la soltó y asintió apenas, recuperando su postura de mando.

Sabía que Valeria era pragmática, que siempre elegía la supervivencia sobre el sentimiento.

—Tienes veinticuatro horas —repitió él—. Si fallas, la cacería empieza conmigo a la cabeza.

Valeria se giró y caminó hacia la salida sin decir una palabra más. Sus pasos eran firmes, pero en su mente las piezas se movían a una velocidad violenta.

Salió finalmente de la mansión y se subió a su auto, ella sabía perfectamente que su padre no iba a detenerse. Si quería salvar a Evan y al bebé, tenía que hacer algo que Damiano no pudiera prever. Tenía que ser más monstruo que él.

—¿Está todo listo? —le preguntó a Derek.

​—Todo en orden, jefa —respondió él.

​Valeria se ajustó el abrigo, ocultando la rigidez de sus manos.

​—¿Dónde está Evan?

​—En su apartamento. No se ha movido de ahí —confirmó Derek.

​Valeria guardó silencio un segundo, asimilando que el plazo de veinticuatro horas ya estaba corriendo.

​—Vamos hacia allá.

​—Entendido —asintió Derek, adelantándose para abrir la puerta del vehículo.

Minutos después Valeria cruzó el umbral del departamento con Derek pisándole los talones.

En la sala estaban Lewin y Marcus, quienes no se habían separado de Evan desde que este los llamó para avisarles que estaba vivo. También estaba Ariana, con el brazo inmovilizado por un cabestrillo rígido, el recordatorio físico del disparo que casi le cuesta la vida.




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