"Te estaré mirando de lejos, te estaré pensando de cerca, y aunque no me veas, seré el aire que te roce la cara cuando camines por la calle, porque he decidido que seas libre de mí, pero no de mi sombra."
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Evan apretó la carta contra su pecho, sintiendo que el papel le quemaba la piel. Salió de la suite 405 casi a tropezones, con la respiración entrecortada y la vista nublada por la rabia y la confusión. El pasillo del Hotel Obsidiana, que anoche parecía un refugio, ahora se sentía como una jaula de cristal.
Llegó al vestíbulo y vio a Marcus y Lewin sentados en una de las mesas del rincón, con la misma expresión de desconcierto que él sentía. Al verlo aparecer tan alterado, ambos se pusieron en pie de inmediato.
—¡Evan! ¿Qué pasa? —preguntó Marcus, interceptándolo antes de que llegara a la recepción.
—¿Dónde están? ¿Dónde está Derek o Valeria? —soltó Evan, ignorando el saludo. Sus ojos se movían frenéticamente por todo el lugar.
Lewin intercambió una mirada sombría con su amigo y negó con la cabeza.
—No están. Nosotros también los estábamos buscando desde hace una hora. No responden el teléfono y no hay rastro de ellos por ningún lado.
Evan sintió un vacío en el estómago.
—¿Y Ariana? —preguntó, con la voz
quebrada.
—Se fue con Valeria —respondió Lewin, bajando la vista—. Nos enteramos esta mañana.
—¿Cómo qué se fue? —insistió Evan, dando un paso hacia ellos—. ¿Alguien les dijo algo?
—No —Marcus sacó un sobre doblado de su bolsillo—. No vimos a nadie. Nos dejaron cartas, Evan.
Evan soltó una risa amarga que sonó más como un sollozo seco. Valeria había calculado todo. No solo se había deshecho de él, sino que había desmantelado al grupo, llevándose a Ariana como una pieza más de su tablero y dejando a los demás varados en un imperio desconocido.
—Me voy —sentenció Evan, dándose la vuelta con brusquedad—. Debo viajar de regreso. Ahora mismo.
Caminó hacia el ascensor para recoger lo poco que tenía, pero Lewin lo tomó del brazo para detenerlo.
—Evan, cálmate. No puedes salir así, piensa antes de actuar.
—¡Me mintió, Lewin! —gritó Evan, zafándose del agarre—. Jugó conmigo otra vez. No me voy a quedar aquí encerrado en este hotel de mierda mientras ella decide mi vida.
Sin escuchar más razones, Evan subió, tomó su maleta y su pasaporte, y bajó de nuevo. Marcus y Lewin, sabiendo que no lo dejarían solo y que ellos mismos necesitaban respuestas, lo siguieron hasta la salida. Tomaron un taxi local y se dirigieron al aeropuerto internacional de Nexarya.
Al llegar, Evan se dirigió directamente al mostrador de la aerolínea principal. Arrojó su pasaporte sobre el mostrador.
—Tres boletos para el próximo vuelo de salida a la República de Xylorvyn, distrito de Thalen —ordenó Evan, con la voz temblorosa.
La empleada revisó los documentos en la pantalla. Frunció el ceño, tecleó un par de códigos y luego miró a Evan con una expresión vacía.
—Lo siento, señor Reed. No puedo procesar su solicitud.
—¿Por qué no? Tengo el dinero, aquí están los documentos —replicó él, golpeando el mostrador.
—Su identificación y la de sus acompañantes tienen una restricción administrativa activa en todo el sistema de transporte de Nexarya —explicó la mujer sin inmutarse—. No tienen permitido comprar boletos de salida. Tampoco pueden abordar vuelos privados.
—¿Qué? —Marcus se acercó, incrédulo—. Revise de nuevo. Somos ciudadanos extranjeros.
—La orden es clara —sentenció ella, cerrando la terminal—. Sus nombres están bloqueados por seguridad del Imperio. No hay vuelos para ustedes. Ni hoy, ni mañana.
Evan retrocedió, sintiendo que el aire del aeropuerto se volvía irrespirable. Miró a Lewin y a Marcus, quienes compartían el mismo terror en el rostro. Valeria no estaba mintiendo en la carta. Se había encargado personalmente de que Nexarya no fuera un refugio, sino su nueva prisión.
Evan, Marcus y Lewin regresaron del aeropuerto en un silencio sepulcral. Al cruzar el vestíbulo, Evan no se detuvo a hablar con nadie; subió directamente a la suite y se encerró perfectamente.
Necesitaba el aislamiento para procesar que su libertad acababa de ser revocada por la mujer que amaba.
Se hundió en el borde de la cama, justo en el lugar donde todavía persistía el eco de la mirada de Valeria. Encendió la computadora con manos torpes, rastreando rutas marítimas y vuelos de carga en un intento frenético por encontrar una salida. Pero el sistema era implacable: cada vez que ingresaba su nombre, la pantalla le devolvía un rechazo frío y sistemático.
No había rutas, no había boletos. Valeria no solo lo había dejado; lo había aprisionado.
Pasaron las horas. El sol de la tarde comenzó a teñir la habitación de naranja hasta que el timbre de la suite rompió su trance. Al abrir, se encontró con una mujer de cabello corto color rubio.
—Buenas tardes joven Reed. Soy la doctora Vianey —dijo con una suave—. La señora Celir me pidió que viniera.
Evan estuvo a punto de cerrarle la puerta en la cara, pero una parte de él, la que estaba a punto de estallar, cedió. Necesitaba hablar. Necesitaba que alguien, aunque fuera una desconocida pagada por su captora, escuchara su versión de los hechos antes de que la locura lo consumiera.
La sesión fue larga y densa. Evan se sentó frente a ella y empezó a hablar. No buscaba un diagnóstico, solo quería liberar el peso de una historia que parecía sacada de una pesadilla. Le contó cómo conoció a Valeria, no como la heredera de un imperio criminal, sino como la mujer que irrumpió en su vida y la desmanteló pieza por pieza. Relató el secuestro, la frialdad de los primeros días en el búnker, el miedo constante y, finalmente, ese giro inexplicable donde el terror se transformó en una dependencia absoluta.
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Editado: 27.04.2026