Tus Cadenas.

Epílogo parte 2/2: Tus Cadenas

"La mente puede ser una hoja en blanco, pero el corazón tiene una caligrafía que ni el olvido más profundo logra borrar."

.
.
.

Evan sintió que el peso del mundo se concentraba en el pequeño cuerpo que ahora sostenía contra su pecho. Era una calidez real, una que llenaba de golpe el vacío que lo había atormentado durante años.

—¿Mi hija? —la pregunta salió en un susurro lleno de incredulidad.

Valeria asintió, incapaz de sostenerle la mirada. Evan estrechó a Aria con una ligera fuerza, escondiendo el rostro en el hombro de la pequeña mientras sus ojos se empañaban. El aroma de la niña, una mezcla de dulce y jabón, le resultó extrañamente familiar, como si su instinto la hubiera reconocido mucho antes que su memoria.

—Pero... me dijiste que... en esa carta tú... —balbuceó, sin poder armar una frase coherente. Recordó las palabras que leyó en Nexarya, aquellas que le rompieron el corazón.

—Lo lamento —interrumpió Valeria, dándole la espalda para ocultar su vulnerabilidad—. No quería hacerlo, pero tuve que mentir. Fue la única forma de protegerte a ti y a ella. Damiano...él...no...

Se detuvo, con la voz quebrada. El silencio del despacho se llenó con el sonido de su respiración agitada hasta que sintió la mano de Evan. Él la rodeó con un brazo, atrayéndola hacia el círculo que formaba con la niña.

Estaba furioso. Le dolía cada segundo perdido: su nacimiento, su primer llanto, su primer paso, su primera palabra.

Eran cuatro años que nadie le devolvería. Sin embargo, al sentir el temblor en los hombros de Valeria, la rabia se transformó en comprensión. Sabía quién era Damiano Celir. Sabía que Valeria sufrió por culpa de aquel hombre y el control que tenía sobre ella.

—Juro que no quería alejarte —susurró Valeria, apoyando la frente en el brazo de él—. Quería que estuviéramos juntos, que la viéramos crecer... pero no encontré otra salida.

Evan la estrechó más. Se inclinó hacia su oído, rozando su piel con los labios.

—Shh, ya no llores. Lo entiendo —susurró con suavidad, cuidando que su voz no alertara a la pequeña—. Hablemos de eso después, cuando no esté ella presente.

Aria, ajena a la tormenta emocional de sus padres, se separó un poco para mirar a Evan con esos ojos que eran idénticos a los suyos. Con su mano pequeña le tocó la mejilla húmeda.

—¿Por qué lloras, papá? —preguntó ella con esa inocencia que solo tienen los niños—. ¿Te duele algo?

Evan sonrió al escucharla decirle "papá". Se tragó el nudo de la garganta mientras le besaba la palma de la mano.

—No me duele nada, princesa —respondió él, volviendo a mirarla con una fascinación renovada—. Es solo que... me tomó mucho tiempo encontrarlas.

Valeria se limpió las mejillas con el dorso de la mano y recuperó un poco de su compostura, aunque no se alejó del abrazo de Evan.

—Papi, me siento feliz de que regresaras —dijo Aria, acomodándose mejor en sus brazos—. ¿Ahora yo también podré jugar en el parque contigo? Cuando veo a Andrés jugando con su papá, yo también quería tener al mío. Él me dijo que me prestaba al suyo, pero por las noches no. Andrés dice que, cuando duerme, su papá lo abraza.

Evan sonrió con ternura.

Valeria, a su lado, sintió un nudo opresivo en el pecho; no tenía idea de que la ausencia de Evan pesara tanto en los pensamientos diarios de la niña.

—Tengo a mami, y ella me abraza —continuó Aria, bajando un poco la voz como si contara un secreto—, Pero a mami nadie la abraza… solo yo. Pero soy chiquita.

Valeria desvió la mirada hacia el ventanal.

—Le pregunté a mami si yo tenía papá y ella me enseñó una foto tuya. Le pregunté dónde estabas o si no nos querías —la pequeña hizo una pausa—. Ella dijo que sí nos querías. Me dijo que cuando te enteraste de que yo venía, te pusiste muy feliz, pero que antes de que yo naciera perdiste tus recuerdos y no sabías cómo regresar con nosotras.

Evan levantó la vista hacia Valeria, ella le había dado a la niña la verdad, simplificada, pero la verdad al fin y al cabo. Había mantenido su imagen intacta ante los ojos de su hija.

—Le dije a mami que, cuando yo creciera, te iba a ayudar a regresar —concluyó Aria, rodeando el cuello de Evan con sus brazos pequeños—. Pero ya estás aquí. No tuve que crecer tanto.

Evan cerró los ojos, dejando que una lágrima escapara y se perdiera en el cabello de la niña.

—Ya estoy aquí, princesa —respondió Evan, acariciándole el cabello con ternura—. Tuve un... pequeño problema con mi brújula y me perdí un rato, pero ya encontré el camino a casa. Y no importa qué pase, nunca más voy a volver a perderme.

Valeria se quedó procesando las palabras de su hija. Había pasado años convencida de que Aria era demasiado pequeña para notar el vacío, o que las fotos eran un simple consuelo visual. Escuchar que la niña se sentía responsable de "proteger" a su madre y que planeaba rescatar a su padre del olvido, le devolvió una imagen de sí misma que no quería reconocer: la de una mujer que, en su afán por blindar a los suyos, los había dejado aislados en una soledad compartida.

​Evan buscó la mirada de Valeria.

​—Perdí mucho tiempo —murmuró Evan, hablando más para Valeria que para la niña—. Pero la brújula ya marca el norte de nuevo.

​Valeria tragó saliva, sintiendo que el aire volvía a sus pulmones.

​Aria, satisfecha con la respuesta, soltó un bostezo largo y se acurrucó contra el pecho de su padre, cerrando los ojos con la seguridad de quien finalmente ha completado una misión.

​—Se quedó dormida —susurró Valeria, observando las pestañas de la niña.

—Vamos a su habitación, estará más cómoda —propuso Evan.

Valeria asintió y lo guio fuera del despacho hacia el segundo piso. Caminaron por el pasillo hasta llegar a la habitación de la pequeña, un espacio decorado en tonos blancos y rojos. La cama era amplia, repleta de peluches que Aria solía amontonar contra la cabecera.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.