Capítulo 1: El eco de la bruma
En el año 1900, el frío de finales de otoño en Londres siempre lograba colarse por las costuras de las botas de cuero, pero esa mañana parecía calar directo en los huesos. Matthew caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de su pesado abrigo de lana gris, escuchando el golpeteo rítmico de los cascos de los caballos sobre el adoquín húmedo de Richmond. El cielo era una manta densa y plomiza que amenazaba con soltar una tormenta en cualquier momento, obligando a los carruajes a encender sus faroles de gas antes de tiempo.
A sus diecisiete años, Matthew era un joven notablemente apuesto, de facciones finas y una mirada profunda que solía llamar la atención, aunque su rutina fuera tan predecible como el reloj del salón principal de su casa. Iba al colegio de varones, regresaba a cenar con sus padres en un silencio sepulcral roto solo por el choque de los cubiertos, y miraba por la ventana de su habitación deseando estar en cualquier otra parte. Sentía que su vida era una pintura en blanco y negro en la que él no terminaba de encajar.
Al terminar las clases, el aire helado lo obligó a refugiarse con su grupo de amigos en una pequeña y ruidosa cafetería cerca de la estación del tren. El lugar olía a tabaco, café cargado y madera vieja. Sus amigos reían a carcajadas, fumando a escondidas de los profesores, hablando de las muchachas del vecindario y presumiendo conquistas. De pronto, Thomas le dio un codazo amistoso que casi hace que tire su taza de té.
—Oye, Matthew, despierta de una vez, hombre —le dijo entre risas—. Mira hacia la mesa de la esquina. La chica del vestido azul y el sombrero no te ha quitado la vista de encima desde que entramos. Le gustas, amigo. ¿Qué esperas? Háblale, no seas tímido. Eres el más guapo del grupo y siempre estás en las nubes.
Matthew forzó una sonrisa, sintiendo ese nudo de incomodidad que ya se le estaba haciendo costumbre en el pecho. A sus diecisiete años, se suponía que debía estar interesado en las mismas cosas que los demás, pero al mirar de reojo a la muchacha, no sintió absolutamente nada. Agachó la cabeza, dio un sorbo a su bebida y buscó una excusa rápida para salir del paso.
—No es mi tipo, Thomas. Además, hoy estoy muy cansado.
—¡Ay, Matthew, siempre tan serio! Pareces un viejo de ochenta años atrapado en el cuerpo de un muchacho tan atractivo de diecisiete —se burló otro de ellos, soltando una bocanada de humo.
Matthew no replicó. Sabía perfectamente lo que sus amigos pensaban de él, pero prefería que lo tacharan de aburrido antes de que descubrieran la verdad. El amor que él anhelaba, ese sentimiento profundo por otro hombre que a veces le quemaba por dentro, era un secreto que en su mundo debía permanecer enterrado bajo llave si quería sobrevivir.
Esa noche, tras una cena monótona donde sus padres volvieron a insistirle en que debía ser un hombre de provecho y pensar en el futuro de la familia, Matthew subió a su habitación. Se desabotonó el chaleco rígido, se quitó los zapatos y se recostó en la cama, mirando las sombras que las ramas de los árboles proyectaban en su techo. Deseó, con una desesperación silenciosa, que el mañana fuera diferente. Cerró los ojos escuchando el silbido del viento contra el vidrio de la ventana, entregándose por fin al sueño.
Fue entonces cuando la realidad se rompió.
Matthew parpadeó y descubrió que ya no estaba en su habitación de Richmond. Estaba de pie en medio de un bosque inmenso y misterioso. El aire no olía a carbón ni al hollín de la ciudad; olía a tierra mojada, a pinos antiguos y a un frío limpio que le congelaba el aliento en el aire. Una neblina densa, blanca y flotante cubría el suelo, envolviendo los troncos gigantescos como si fuera un santuario olvidado.
Caminó confundido, abrazándose a sí mismo por el frío. No había ruido, no había carruajes, solo un silencio mágico. De pronto, la bruma se abrió a unos pocos metros de él, junto al tronco de un roble centenario.
Y ahí estaba él.
Era un muchacho de dieiséis años increíblemente guapo, con unas facciones perfectas que Matthew jamás había visto en su vida. Tenía una mirada viva, sumamente atractiva, y una piel que parecía guardar el calor de un sol lejano. Vestía un traje elegante, pero todo en su rostro de dieciséis años transmitía una energía completamente diferente, ajena por completo a la rigidez de su entorno. Los ojos de ambos se cruzaron en medio de la neblina.
Matthew sintió un vuelco tan violento en el corazón que se le cortó la respiración. Una corriente eléctrica le recorrió la espina dorsal ante la imponente presencia de aquel chico tan atractivo. No necesitaron hablar; en ese microsegundo, Matthew supo, con una certeza absoluta y devastadora, que toda la soledad de sus diecisiete años había valido la pena solo para llegar a ese instante. Había encontrado a su alma gemela.
Con las manos temblando de emoción, Matthew dio un paso hacia el frente. La desesperación por tocarlo, por asegurarse de que no era una ilusión de su mente, lo arrastró hacia él. Estiró los dedos, quedando a milímetros de rozar su mejilla, y con la voz quebrada por la intensidad del momento, le preguntó:
—¿Cuál es tu nombre?
El muchacho de dieciséis años lo sostuvo con la mirada, pero justo cuando los dedos de Matthew rozaron el aire de su piel, el bosque empezó a disolverse. El cuerpo del joven de dieciséis años comenzó a desvanecerse como si estuviera hecho de la misma bruma, cerrando los ojos mientras se alejaba hacia la nada. Pero antes de desaparecer por completo, sus labios se movieron y alcanzó a pronunciar un susurro en voz muy baja:
—Armando...
Matthew se levantó de golpe en su cama, con el pecho agitándose con fuerza y las manos estiradas hacia la oscuridad de su habitación. Tenía la frente empapada de sudor y el corazón latiéndole en los oídos como un tambor. Se llevó las manos a la cabeza, asombrado, sintiendo el eco de ese susurro flotando en el aire frío del amanecer.
—Armando... —repitió en voz alta, saboreando el nombre por primera vez—. ¿Quién eres?
A partir de esa mañana, la vida gris de Matthew se terminó. Ya no era el chico aburrido del colegio; ahora era un hombre con una obsesión clavada en el alma. Iba a buscar ese rostro por cielo y mar, sin saber que el destino jugaba con reglas que él no podía comprender.