Después de las clases, Polina dio un paseo por el parque con Katy y solo entonces regresó a casa. De camino volvió a sacar un poco de efectivo, más por costumbre y terquedad que por un verdadero deseo de huir. Al pasar frente al estudio de tatuajes, tuvo ganas de entrar, pero recordó que no había contestado la llamada de Antón y decidió posponer la conversación.
Volvió a casa de buen humor e hizo un gran esfuerzo por no pensar en Ruslán ni en el fin de semana pasado. Porque cuanto más pensaba, más ganas tenía no de huir, sino de planear un futuro juntos. Aunque las palabras de la tía sobre “vivir libremente” seguían dejando un poso desagradable de inquietud.
Polina llevaba el dinero a su habitación secreta cuando, al pasar por el despacho de Ruslán, vio una hoja en el suelo. Al recogerla, ni siquiera sospechaba cómo iba a cambiarle la vida.
Leyó… y el corazón se le cayó a los pies.
Con las piernas temblorosas llegó hasta su habitación secreta, arrojó el dinero dentro de una bolsa y volvió a leer lo escrito. Hablaba de la muerte de un tal Oleg. Oleg. ¿El hermano mayor de Ruslán? Y figuraba la fecha de su muerte. Doce de septiembre.
Doce de septiembre y el año…
Hace cuatro años.
El corazón empezó a latirle con fuerza, anticipando una comprensión amarga. No podía ser.
Ese fue el día en que Polina se atrevió a huir por primera vez. Cerca de una de las empresas de su tío, junto a una parada a la salida de la ciudad, dos chicos que iban hacia D*** la recogieron. Ella esperaba el autobús, pero ellos se detuvieron y se ofrecieron a llevarla… Era demasiado inexperta y demasiado audaz como para pensar si debía subirse al primer coche que pasaba… Los esbirros de su tío los alcanzaron a los pocos kilómetros. A Polina la metieron a la fuerza en un coche y la llevaron de vuelta, y qué ocurrió con aquellos chicos, nunca lo supo.
Así que eso fue lo que pasó. Ahora recordaba de dónde le resultaba familiar el rostro del chico en el móvil de Ruslán.
Era él. Oleg.
Dios… ¡aquella había sido su primera huida! Los salvadores casuales la hicieron hablar, y Polina, imprudente, contó demasiados detalles sobre los motivos de su huida y el infierno que vivía con su tío. No dijo de quién era sobrina, pero… ¿de verdad habían pagado con la vida por una coincidencia tan estúpida? ¿Por haberla subido a su coche?
Las sospechas horribles cayeron en avalancha sobre Polina. ¿Debía confesárselo a Ruslán? No, no… la odiaría. O peor aún. Si se enteraba de que su hermano había muerto por su culpa…
Tenía que huir lo antes posible de todo aquello. De la culpa no se puede escapar, pero al menos algo tenía que hacer.
Así estaba, de pie en medio de la habitación con la hoja en la mano, cuando entró Ruslán. Dijo algo, pero ella no lo oyó. Le arrancó la hoja, se enfureció. Ella lo miró, luego miró la cama, donde estaba el dinero.
Empezó a reaccionar cuando Ruslán miró dentro de la bolsa.
—Yo solo… te lo explicaré.
—Creo que este dinero lo explica todo por ti. ¿Y cuándo pensabas huir?
Hablaba con calma, pero la miraba con tanta furia que era imposible no temblar.
¿Qué podía responder?
—No lo sé… solo estaba planeando con antelación… algún día. Pero ahora yo no…
Polina se quedó en blanco, sin saber ya de qué debía confesarse ante él y ante sí misma.
—Esta hoja. Olvida lo que has leído, de lo contrario… Si tu tío se entera…
No terminó la frase, pero el sentido era evidente. Ruslán sabía de la implicación de su tío en la muerte de su hermano. ¿Pero sabía que la causa era ella? No. Si lo supiera… daba miedo imaginar qué le haría. Pero podía enterarse pronto.
A Polina le pareció que nunca lo había temido tanto como en ese momento.
—Veo que nuestro acuerdo no significa nada para ti —añadió Ruslán—. Te di suficiente libertad y espacio, y tú lo utilizaste para planear una huida. Así que habrá que revisar las reglas.
Calló. Dobló con cuidado la hoja, reflexionando, y luego continuó:
—A partir de mañana te llevarán a clases y de vuelta. Ni un paso sin mi permiso. En la casa también habrá un guardia todo el día hasta que yo regrese.
A Polina se le cortó la respiración. No, eso no. No podía hacer lo mismo que su tío. No podía, porque… Apretó los puños con fuerza. Ya no tenía nada que perder.
—No tienes derecho a retenerme.
—¿Qué? ¿No he oído mal?
—Soy mayor de edad, una persona sana. Y yo… soy tu esposa, no una mascota. Si quiero, tengo derecho a irme.
Sacaba las palabras de sí misma pese al miedo y la desesperación, sorprendida incluso de lo que estaba diciendo. Nunca antes había hablado así con Ruslán, pero ahora ya le daba igual.
Incluso enfadado, él se dominaba a la perfección. No alzaba la voz, pero cada palabra daba miedo:
—Sí, esposa. Mayor de edad. Pero ¿sana? Sabes lo fácil que es conseguir diagnósticos correctos. ¿Crees que no puedo hacer lo mismo que tu tío? ¿Pedirle a un médico que vuelva a darte el diagnóstico adecuado y luego convertirme en tu tutor?
Golpeaba justo donde más dolía. Sentía que estaba perdiendo el control. La armadura exterior no dejaba pasar las emociones, pero por dentro hervía una ira que se manifestaba en las palabras más crueles posibles.
De camino a casa había pensado hablar con ella con franqueza, explicarlo todo y, quizá, incluso confesarle que la amaba. Creía que aceptaría sus sentimientos como había aceptado su protección y cuidado. Y resultó que no había aceptado nada: simplemente se había escondido y planeaba huir. Esa habitación, ese dinero… Como un idiota, había esperado que, pese al mal comienzo, entre ellos surgiera confianza y reciprocidad. Pero la verdad brutal lo enfureció tanto que Ruslán perdía los últimos restos de control.
Por otro lado, ¿valía la pena decirle que había puesto seguridad por culpa de su tío? Entonces volvería a temer cada ruido. Mejor así: que se enfade con él, pero que esté a salvo. A pesar de todo.