Polina pensaba en que aún no conocía a Ruslán como debía, pero deseaba conocerlo con todas sus fuerzas. Saber de qué vivía, en qué pensaba, qué sentía por ella. Es natural querer comprender a la persona de la que estás enamorada, ¿no? Comprenderla, conocerla, estar cerca, y no simplemente pertenecerle.
Aunque, qué decir, pertenecerle también le gustaba.
Recibió ese pensamiento casi con horror. Ella, que había soñado toda la vida con la independencia, de pronto empezaba a disfrutar de una dependencia más dulce que cualquier otra.
¿Qué le había hecho él? ¿Es así como el amor cambia a las personas?
Nunca habría creído que el amor pudiera nacer en una relación así, pero ahora, por experiencia propia, comprobó que sí podía. Resulta que no todo amor tiene que empezar con mariposas en el estómago y corazones en los ojos. A veces nace de la sensación de seguridad, de protección, de calidez. Ruslán podía comportarse con frialdad, a veces era brusco y distante, pero siempre que ella lo necesitaba, aparecía a su lado. Se preocupaba por ella cuando necesitaba cuidados. La abrazaba cuando necesitaba abrazos.
Bajo las costillas le punzaba un desagradable sentimiento de culpa hacia él por culpa de su hermano, y Polina pensaba en cómo contárselo todo. Solo la detenían el miedo a la ira de Ruslán y el miedo a perderlo.
Volvían a pasar el fin de semana juntos. Solo que ahora, de verdad juntos, y no cada uno ocupado en lo suyo. A Ruslán lo llamaban de vez en cuando; contestaba de mala gana, se apartaba y hablaba con tono sombrío. Polina tenía la sensación de que algo estaba ocurriendo, pero no se atrevía a preguntar. Solo temía en silencio que alguna de esas llamadas le revelara la verdad sobre la muerte de Oleg. Una suposición absurda, pero las personas tienden a buscar diagnósticos de sus males en cada señal que les envía el universo.
Polina estaba de pie junto a la ventana, mirando el jardín bañado por el frío sol previo al invierno. Tras otra llamada, Ruslán apagó el teléfono y se acercó a ella por detrás.
—¿Qué te gustaría? —preguntó de pronto.
Ella se volvió hacia él y alzó las cejas, sorprendida.
—¿A qué te refieres?
—En general y ahora mismo: ¿qué quieres?
Libertad. Esa palabra estuvo a punto de escapársele de los labios, pero Polina se contuvo a tiempo. Por un brevísimo instante incluso pensó: ¿acaso ahora carecía de libertad? Ese matrimonio hacía tiempo que había dejado de ser una prisión; se había convertido en un refugio tranquilo, un lugar cálido y familiar.
—En general, supongo que quiero ver el mundo, ir a algún sitio, viajar… —respondió con cautela, escuchando sus propios deseos—. Y ahora mismo…
Se detuvo y bajó la mirada; las mejillas se le sonrojaron al instante.
—No te avergüences, dilo.
—Quiero que me abraces.
Los labios de Ruslán se curvaron suavemente en una sonrisa. Sin decir nada, se acercó, la estrechó contra sí y le acarició la espalda.
—No son deseos muy complicados los tuyos.
Ella apoyó la nariz en su clavícula, lo rodeó por la cintura y preguntó en voz baja:
—¿Eso es malo?
—No. No es obligatorio desear algo extraordinario o caro. Vivir de pequeños deseos incluso es más agradable. Quizá así es como hay que vivir.
Ruslán siempre había vivido con planes a largo plazo. Durante los últimos cuatro años, esos planes habían sido escenarios de venganza. No esperaba en absoluto que, al llevarlos a cabo, encontrara algo más importante.
—¿Y tú? ¿Qué quieres tú? —preguntó Polina.
—A ti.
—Bueno… eso ahora mismo. ¿Y en general?
—También a ti.
Por esas dos palabras simples, algo golpeó, estalló y retumbó en su pecho. El corazón de Polina se desbocó tanto que quiso apartarse un poco, por si acaso Ruslán lo oía. Pero él no se lo permitió: la apretó con más fuerza, dejando claro con ese gesto que lo entendía y lo aceptaba todo.
—Tengo que contarte algo —dijo al exhalar, decidiéndose por fin.
—¿Has vuelto a hacer alguna de las tuyas?
—No. Bueno… sí. Es algo de mi pasado que deberías saber.
Ruslán la besó en la coronilla y susurró:
—Tu pasado no me concierne.
Y vaya si le concernía.
—Es algo que tiene importancia para ti…
Suspiró y se mordió el labio, buscando fuerzas para hablar.
—Pero te cuesta confesarlo, ¿verdad?
—Me cuesta.
—¿Por qué? ¿Tienes miedo? Sabes que no te haré nada malo.
Ruslán hablaba con calma y seguridad, y a ella le daban ganas de creerle.
—Tengo miedo de que te apartes de mí —susurró Polina.
Él resopló suavemente, se apartó un poco y tomó su rostro entre las manos.
—Intrigante… Pero entonces no lo digas. No te confieses. Evidentemente, aún no te he convencido del todo de que no tienes nada que temer. Me lo contarás cuando lo entiendas y te libres de tus miedos.
Aquellas palabras le trajeron alivio y, al mismo tiempo, hicieron que todo pesara aún más. Ruslán estaba firmemente convencido de que no había nada que no pudiera perdonarle. Polina temía no estar a la altura de esas expectativas.
Miró sus profundos y atrayentes ojos y luego bajó la vista a sus labios, que le parecieron los más dulces y cálidos del mundo. Se inclinó para besarlos, como quien se acerca a un manantial, como si quisiera saciar la sed o encontrar alivio a la inquietud.
Ruslán besaba de una manera distinta, no como siempre. No era un beso largo y hambriento, sino muchos besos pequeños, entrecortados. Como si la provocara o intentara despertar en ella un deseo más intenso. Normalmente, al besarla le robaba el aliento, hacía que las piernas le fallaran y el cuerpo le temblara, pero ahora era al revés: la llenaba, le devolvía fuerzas.
Siempre la hacía experimentar algo nuevo. Miedos superados por primera vez. La sensación de seguridad olvidada durante años. La primera confianza verdadera. El primer amor auténtico… ¡Y aún podía mostrarle tantas cosas y enseñarle tanto!