Resultó que, si se presiona bien, el mecanismo de la ley puede ponerse en marcha rápida y casi indoloramente. Ayer mismo una persona se había protegido, y hoy ya se encuentra en el banquillo de los acusados. El refrán de que la ley es como un timón volvió a confirmarse. Navarro subestimó en vano el peligro de la situación relacionada con el diagnóstico de Polina y la muerte de sus padres. Había barrido de forma impecable todo lo que tenía que ver con las maquinaciones empresariales, pero, como se descubrió después, dejó huecos en el plan para despojar a su sobrina. Como resultado, quedó acorralado. Por un lado, las finanzas se tambalearon debido a varios acuerdos firmados de manera imprudente; por otro, las fuerzas del orden empezaron a mostrar un interés nada desdeñable. Y los amigos que podían ayudar con rapidez le dieron la espalda. Incluso Suárez se metió en un buen lío con sus antiguos asuntos, por lo que también quedaría vinculado al caso del accidente.
Ruslán sonreía con satisfacción, imaginando cómo su enemigo estaría ahora mismo fuera de sí. Yuri informaba sobre la maraña jurídica y comunicó que ya mañana a Navarro le esperaba un interrogatorio que terminaría con su encarcelamiento preventivo. Los abogados se habían esforzado mucho, y los influyentes amigos de Ruslán aún más, así que Navarro no iba a salir de esta tan fácilmente.
Tras una breve conversación y recibir nuevas instrucciones, Yuri abandonó el despacho. Ruslán se quedó con Demetrio y de inmediato captó la mirada tensa de su amigo.
—Entonces, ¿qué vas a hacer con Polina? Ya ves cómo se están dando las cosas.
Ruslán se recostó en el respaldo del sillón y frunció el ceño.
—Su testimonio no es tan necesario.
—Sí, pero tú mismo pusiste esto en marcha. Ya sabes cómo funciona aquí. Aunque sea solo por cumplir el trámite, ella tendrá que verse involucrada.
Ruslán lo sabía, pero se empeñaba en ignorar los interminables consejos de Demetrio de enviar a Polina lejos. Sin embargo, ahora de verdad no se podía perder tiempo. La policía no buscaría con demasiado empeño, así que no era imprescindible encerrarla en un lugar oscuro y apartado, pero era mejor que no estuviera en la ciudad. Navarro no estaría para eso, al menos al principio, pero después seguramente querría deshacerse de ella…
Ruslán deseaba protegerla de toda esa suciedad y, al mismo tiempo, no quería separarse de ella ni un solo día. La renuencia a alejarse de Polina anulaba toda la alegría del triunfo sobre su enemigo.
—Tú tienes dónde esconderla —insistió Demetrio.
—El caso de Navarro no se resolverá en cuestión de días, esto durará largos meses. Si no años. Si todo se alarga y los nuestros no lo aprietan lo suficiente, él la buscará para deshacerse de ella definitivamente…
—Pero si quieres protegerla aquí, tendrás que mantenerla bajo vigilancia las veinticuatro horas y no dejarla salir de casa. Y tendrá que ir a la policía.
Demetrio tenía razón. Sin embargo, incluso un lugar seguro acabaría siendo para ella una jaula. En cualquier caso, Polina pasaría por un período muy desagradable. A menos que… A menos que recurrieran a un ardid.
Ruslán tomó una decisión poco alentadora para sí mismo y muy arriesgada, pero que en ese momento le pareció aceptable.
***
Polina salía de la universidad con Katy y otras dos compañeras de curso. Las chicas charlaban animadamente sobre el examen de gestión situacional, en el que a todas les iría fatal. Polina apenas escuchaba, apresurándose a volver a casa, con Ruslán. Seguramente él todavía no estaría, pensaba, así que tendría tiempo de preparar la cena, relajarse en la bañera, arreglarse bien. Esos planes tan simples para la tarde le calentaban el corazón, hacían vibrar alguna fibra interior en una dulce anticipación. Le gustaba esperarlo por la noche en casa, abrazarlo, sentir esa ligereza y falta de peso que le daban sus besos.
—Oh, ¿ese no es Ruslán? —la sacó de sus pensamientos Katy.
Polina miró hacia donde señalaba su amiga. Ruslán estaba apoyado en el capó de su gran automóvil, aparcado junto a la acera.
—¿Ese es tu marido que ha venido a buscarte? —se animaron las compañeras, observando al alto desconocido, elegantemente vestido, junto al coche caro.
Polina se sonrojó sin querer, bajó la mirada y sonrió.
—Sí, es mi marido.
El corazón empezó a golpearle con más fuerza contra el pecho por la sorpresa. Había algo agradable en todo aquello: era la primera vez que él la recogía después de clases. Y no solo eso, lo hacía de un modo que las chicas lo veían. Mañana hablaría de ello toda la facultad. Claro, todos sabían quién era Polina y ya habían oído quién era su marido, pero solo ahora lo veían con sus propios ojos.
—¡Guau! Está guapísimo —soltó una de las chicas, y enseguida se apresuró a despedirse y, agarrando a otra del brazo, se la llevó.
Polina y Katy se acercaron al coche. Ruslán estaba pensativo, pero en cuanto vio a su esposa, los rasgos de su rostro se suavizaron y sus ojos se iluminaron.
—¿Me estabas esperando? —preguntó Polina con una sonrisa amplia.
Sentía que brillaba como un árbol de Navidad que cada año instalan en la plaza frente al ayuntamiento. Katy la miraba de reojo, sorprendida, pero no decía nada.
—¿A quién si no?
Ella se acercó a Ruslán y le dio un beso en la mejilla. Quería mostrarle al mundo entero que ese era su marido. Aunque solo lo vieran Katy y algunos estudiantes que salían del edificio, incluso eso era suficiente.
Katy saludó a Ruslán, y él, inesperadamente cortés, le preguntó si necesitaba que la acercaran a algún sitio. Ella se negó, explicando que tenía asuntos cerca y que iría caminando.
Las chicas se despidieron. Ruslán abrió galantemente la puerta del coche para su esposa y la ayudó a sentarse.
—¿Vamos a casa? —preguntó Polina cuando él se puso al volante.
—Tengo una idea mejor. Hoy no hace mucho frío, demos un paseo por el malecón.