Tuya por el punto tres

29.

— ¿De verdad la dejas ir a los cuatro vientos sin vigilancia? —se sorprendía Demetrio—. Te conozco desde hace veintitrés años y es la primera vez que te veo hacer semejantes tonterías. Y encima por una chica.

Ruslán lo miró de soslayo.

—No estoy haciendo ninguna tontería. Es solo una apariencia. Que se sienta libre. Llevará un localizador, y mañana por la mañana enviaré a los chicos para que la vigilen y la protejan sin que ella lo note… Te lo explico solo porque llevas veintitrés años siendo mi amigo.

Encargó a Arsen que seleccionara a los hombres más profesionales de todo el servicio de seguridad, aquellos capaces de ser atentos e invisibles a la vez. La orden fue clara: mantener a Polina constantemente en el campo de visión y, en caso de una amenaza real, meterla en el coche y llevarla a un lugar seguro.

—Entonces no piensas dejarla ir para siempre.

—Está claro que no.

—¿Para qué toda esta puesta en escena entonces?

Algún juego de gato y ratón, pensaba Demetrio.

Ruslán se recostó en el respaldo del sillón y cerró los ojos.

—Cuando te enamores, lo entenderás.

Entenderás lo que es querer proteger, resguardar, impedir que la persona amada sufra. Y además —tratar de no herirla ni siquiera con ese deseo de ofrecer protección—. Ya le había causado demasiadas heridas, demasiadas veces había sido brusco, imprudente, indiferente a sus sentimientos. Ya no podía seguir así. Ruslán lo pensó, pero no lo dijo en voz alta: no tenía la costumbre de mostrar emociones ni de compartir confesiones del corazón.

—Así que Polina simplemente no sabrá que hay seguridad a su alrededor. La engañas, prometiéndole solo la ficción de una libertad total.

Demetrio suspiró, siguiendo convencido de que aquella invención era estúpida.

—Es lo mejor que puedo prometerle.

—Y, por supuesto, no le has contado nada sobre su tío.

—Ya lo he dicho: no quiero que sepa lo que está pasando.

—Porque entonces tendrías que explicarlo todo desde el principio, ¿no? Contarle tu plan de venganza, por qué te casaste con ella…

Ruslán volvió a mirarlo de soslayo y dudó antes de responder. Dijo en voz baja, al exhalar:

—Probablemente lo sospecha incluso sin mi confesión.

—Nunca escuchas los consejos ajenos, siempre planeas y haces lo que se te antoja en lugar de oír a los demás. Algún día eso te pasará factura. Procura que Polina no sufra por tu obstinación.

Demetrio negó con la cabeza y dejó a su amigo. Al salir del despacho, le recordó que el interrogatorio de Navarro sería dentro de aproximadamente una hora.

Ruslán dejaba ir a Polina con el alma pesada. Esperaba que no fuera por mucho tiempo y que ella volviera a querer estar con él. Lo necesitaba: vivir por su cuenta para regresar a él por voluntad propia, no como una prisionera. Eso decía la voz de la razón, aunque el corazón exigía mandar todo al diablo, mantenerla cerca, no dejarla ni un paso lejos de sí, y si hacía falta, encerrarla bajo llave. Por suerte, estaba acostumbrado a escuchar a la razón y no al corazón.

Aunque cuanto más reflexionaba, menos sensatos le parecían sus propios planes. Demetrio tenía razón.

El smartphone vibró sobre la mesa, sacándolo de sus pensamientos. Ruslán esbozó una sonrisa torcida al mirar la pantalla. ¿Navarro había decidido ajustar cuentas al final?

—¡Buenos días! —saludó Ruslán al contestar—. ¿O para usted no son tan buenos?

Navarro resopló. La tensión se transmitía incluso a través de aquel sonido indefinido.

—¿De verdad crees que te desharás de mí tan fácilmente? ¿O naciste ayer y piensas que le tengo miedo a la policía?

—Qué va, no lo creo. Pero usted entiende que esto es solo la mitad del asunto. ¿Cómo va la planta de tubos de acero? ¿Aguantará mientras la policía y la fiscalía lo traen de aquí para allá? ¿Y qué hay del manganeso? ¿Se imagina ya por qué tubería se fueron las inversiones?

Navarro soltó una risa nerviosa, conteniendo las ganas de soltar una sarta de insultos escogidos.

—Justo voy a hablar con esos guardianes del orden a los que les has ido con el cuento. No creo que esto dure más de una o dos horas. Y luego tú y yo tendremos que vernos y hablar.

—¿Una o dos horas? Demasiado optimista. No creo que hoy quede usted libre en absoluto… ¿Y de qué deberíamos hablar?

—Por ejemplo, podrías contarme por fin por qué me odias tanto. Pensé que era por mi sobrinita, pero es evidente que todo este circo empezó mucho antes de que os conocierais. ¿Entonces cuál es el problema?

Ruslán apretó con fuerza el reposabrazos del sillón. Ese bastardo todavía no entendía por cuál de sus crímenes estaba pagando. Bien, era hora de decírselo.

—Hay motivos de sobra para odiarlo. Pero sobre todo lo odio por mi hermano.

—¿Qué hermano?

—El que usted mató hace cuatro años. Dos chicos encontrados muertos a las afueras de la ciudad. Según la versión oficial, un conflicto que terminó con uno matando al otro y luego suicidándose. ¿Lo recuerda?

—¡Ah, con que era eso! —Navarro lo dijo casi divertido, empezando por fin a comprender—. Así que… ¿ese lacayo Ibáñez, que siempre andaba pegado a él, era tu hermano? No sabía que tu padre tuviera otro hijo…

—Hijastro, en realidad. Pero debería haber comprobado mejor a quién le quitaba la vida.

—Esos dos deberían haber pensado mejor a quién cavarle la tumba. Y revisar mejor a las chicas que recogían en la carretera… O espera, ¿quizá la recogieron a propósito?

—¿De qué está hablando?

El corazón de Ruslán se le cayó al estómago por la angustia que le provocaron las últimas palabras de ese miserable.

—Oh, ¿no lo sabías? —continuó Navarro—. Ibáñez y ese chico, es decir, tu hermano, llevaban tiempo estorbándome, pero no eran tan peligrosos como para quitarlos de en medio. Molestas moscas. Hasta que un día recogieron a la salida de la ciudad a mi sobrina, que quiso huir.

Los nudillos de Ruslán se pusieron blancos de la furia con la que apretaba el teléfono. No podía ser. No, eso no debía tener nada que ver con Polina…




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