Tuya por el punto tres

31.

Добре, продовжую переклад **іспанською (нейтральна, Іспанія)**, зі збереженням абзаців, ритму й емоцій.

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Polina no podía respirar; algo le oprimía el pecho con tanta fuerza que le faltaba el aire.
El corazón. Sí, era eso lo que estorbaba, desgarrándose de dolor.

Las últimas horas habían pasado como envueltas en niebla. Gente con pistolas, empujones, sirenas de policía, el tío furioso con las manos en alto… Y Ruslán inconsciente a sus pies.

Para cuando la desataron de aquella maldita tubería, a él ya se lo habían llevado a algún sitio. Polina recordaba que lloraba y se lanzaba tras él, pero un agente la sujetó. Le explicaba algo, le hacía preguntas, la conducía a algún lugar… Como desde la niebla, la única imagen nítida que emergía era la de su tío con las esposas puestas. Y aquella mirada suya: llena de odio, de rabia, de bilis. Y de impotencia. Era el final: se leía claramente en esa mirada.

Y ahora, algún ayudante de Ruslán, Arsén o como se llamara, la llevaba de la comisaría al hospital. Nunca antes había rezado de verdad, pero ahora sus labios recordaban, involuntariamente, oraciones aprendidas en la escuela… Susurraba todo lo que le venía a la mente. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, cayendo sobre el abrigo, las manos y la bufanda de Ruslán. Los sollozos se escapaban de sus labios, sacudiendo el silencio del interior del coche. La última vez que había llorado así fue años atrás, cuando perdió a sus padres.

No. A Ruslán no lo perdería por nada del mundo.

Arsén decía algo tranquilizador, intentaba consolarla, asegurando que con Ruslán todo estaría bien. Pero Polina, desbordada por las emociones, no podía escuchar esas palabras con claridad. Necesitaba verlo con sus propios ojos para calmarse.

—¡Dios mío, no llore así!

Ya eran palabras del médico. Se secó las lágrimas, dándose cuenta de que estaba de pie junto a la habitación. Un hombre corpulento, canoso, con bata blanca, sonreía con amabilidad y la miraba con calidez.

—¿Es la esposa?

Polina asintió y miró por encima del hombro a Arsén, que estaba detrás, como si necesitara asegurarse de que se encontraba donde debía.

—Su marido está bien. La bala solo rozó la espinilla. Tiene una conmoción leve; solo necesita silencio y descanso…

El médico explicó que no había peligro para la vida, aunque, para mayor tranquilidad, podían hacer un examen más profundo de la cabeza. Ruslán estaba estable; por el momento no había de qué preocuparse.

—Puede entrar a verlo, pero primero deje de llorar —concluyó.

Polina asintió y consiguió sonreír entre lágrimas cuando comprendió del todo lo que había oído.

El médico se fue. Ella se quedó unos minutos más, conteniendo los sollozos, y solo entonces llenó los pulmones de aire y entró en la habitación.

Ruslán yacía boca arriba, con los ojos cerrados. Tenía una ancha venda blanca alrededor de la cabeza. Aquella imagen estuvo a punto de hacerla llorar otra vez, pero recordó la advertencia del médico y se contuvo. Se secó las mejillas y los ojos, borrando las huellas de las lágrimas.

La habitación resultó ser individual y, sorprendentemente, no solo limpia, sino mejorada. Polina ni siquiera sabía que en su hospital municipal existían habitaciones así, de tipo VIP, con muebles nuevos, una mesa y hasta un frigorífico.

Tomó una silla del rincón y, procurando no hacer ruido, la acercó a la cama. En la habitación reinaba la penumbra; solo una lámpara tenue brillaba sobre la cama. Polina se sentó, observando el rostro de Ruslán, en el que no se veía ni una sola arruga: parecía despreocupado y sereno. Como siempre.

Recordó lo ocurrido apenas unas horas antes en el almacén y se estremeció involuntariamente. Él había salido herido por querer protegerla. Y ella ni siquiera había sido capaz aún de confesarle cuán culpable se sentía.

Polina dudó, pero tocó con cuidado la mano de Ruslán, que reposaba sobre la manta. Inclinó la cabeza, casi tocando la cama con la frente. No comprendió de inmediato que los dedos cálidos se movieron levemente bajo su contacto.

—Polina —susurró Ruslán.

Ella levantó la cabeza de golpe. Él la miraba desde debajo de los párpados entreabiertos e incluso movía débilmente los labios, intentando sonreír.

—Ruslán… Tú… ¿Cómo estás?

Las lágrimas volvieron a asomarse a sus ojos, aunque ya no corrían a raudales.

—Me zumba la cabeza, pero mientras siga sobre los hombros, todo está bien.

Ella sonrió, oyendo por primera vez algo parecido a una broma de su parte.

—¿Tú no saliste herida? No cumplí mi palabra, no pude protegerte. Perdóname, no debí…

—No, perdóname tú. Es por mí y por mi tío que casi… que casi…

No tuvo fuerzas para decirlo.

Ruslán levantó la mano y le acarició la mejilla.

—No tienes la culpa de nada. No debí meterte en todo esto. Y tampoco debí dejarte ir de una forma tan imprudente.

—Lo sé todo… Él me lo contó. Y luego la policía, Arsén. —Polina recordó todo lo oído y visto esa noche y, encajando las piezas, comprendió lo que había pasado—. Querías que estuviera lo más lejos posible de todo esto, por eso me enviaste fuera, ¿verdad?

—Sí.

Ella respiró hondo y pasó la palma primero por una mejilla y luego por la otra, asegurándose de que no quedaran rastros de lágrimas. Tal vez no era el mejor momento para confesarse, pero debía hacerlo.

—Tengo que decirte algo.

—¿Ya no tienes miedo?

Él intuía de qué se trataba.

—Tengo miedo. Pero debo hacerlo. Yo soy culpable de la mu… de la tragedia de tu hermano —soltó de golpe. Miraba al suelo, sin atreverse a alzar los ojos hacia Ruslán—. Fue por mi culpa… Yo era muy ingenua, no planeé nada, no pensé cómo iba a vivir ni qué haría, recogí mis cosas y huí. Ellos, con ese chico, me recogieron en una parada a las afueras y…

—Lo sé todo —susurró Ruslán.

Ella se estremeció y lo miró.

—¿Me odias?

El corazón le latía frenético, sin encontrar sitio en el pecho.




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