Twilight frente a la oscura marcha marcial - Pt 01 | Fanfic

Prologo - El dia despues de ayer

A menos de una hora del atardecer...

En la isla bendita de Cunabula, en la cima de la montaña más alta, una pequeña figura contemplaba en silencio lo que sucedía bajo sus pies.

El Día de la Purificación del Sol se encontraba en pleno apogeo. La fecha más importante del año era celebrada por todos los habitantes del reino quienes, sin importar su raza, estatus o edad, participaban en alguna —o varias— de las actividades que se desarrollaban a lo largo de la jornada.

Aquel antiquísimo culto, estrechamente vinculado al solsticio de verano, había perdurado a través de generaciones como una expresión del amor y respeto de la isla por sí misma. Para muchos, era también una oportunidad de renovación espiritual; para otros, un momento para reforzar los vínculos que los unían como pueblo.

En el centro de todo, la Gran Procesión, organizada por la Cofradía del Templo, se alzaba como la actividad más representativa del día. Recorriendo la isla de extremo a extremo, el Gran Patriarca y los principales sacerdotes viajaban de comarca en comarca, purificando la tierra de cualquier rastro de corrupción mágica. A su paso, músicos y multitudes se sumaban a la marcha, acompañando aquel recorrido de fe que se extendía desde el amanecer hasta el atardecer.

No era, sin embargo, la única tradición. Existían otras prácticas que también podían llevarse a cabo durante la celebración, aunque su significado variaba según quienes las realizaban: la hoguera de la purificación, el salto de fe, el andar lunar, entre otras.

Todos celebraban.

Todos, menos él.

Mitad inferior de león, mitad superior de poni, era una criatura nativa de la isla: un “leoponi”.

Más precisamente, un joven leoponi.

Pertenecía a una de las seis razas principales de la isla. Heterogéneos por naturaleza y distribuidos en todos los niveles del gobierno feudal, los de su especie carecían de un liderazgo propio entre sus castas. La mayoría encontraba su lugar en los puestos más bajos de las fuerzas de seguridad o el ejército.

Él, no obstante, no formaba parte de esa mayoría.

Lo suyo era algo más importante.

Era un aprendiz de la Hermandad de Caballería, el grupo de élite encargado de asegurar la seguridad y prosperidad de Cunabula. Formados en magia y estrategia, sus miembros ocupaban sin excepción los puestos más relevantes del gobierno: generales, consejeros reales, grandes jueces. Ser elegido para esa orden —el honor más alto que podía alcanzar cualquier habitante de la isla, sin importar su raza o estatus— era la razón por la que él estaba ahí, y no abajo celebrando con el resto.

Aún más arriba existía el título al que todo miembro de la Hermandad aspiraba: los “Caballeros del Orden”, la mayor distinción de virtud para un representante de cada una de las seis razas.

Muchos habían soñado con llegar ahí. Él también, desde niño.

Sin embargo, el joven leoponi, inmóvil frente al panorama bajo sus pies, no estaba soñando, tampoco se encontraba en una misión especial de su selecto grupo, ni mucho menos disfrutando en privado del júbilo del día.

¡¿Cómo pueden estar celebrando en medio de la crisis en la que estamos?!

La pregunta ardía en su mente, reflejada en la amarga expresión de su rostro.

La causa de su aflicción no estaba frente a él. Estaba a sus espaldas... o más bien, en lo que no estaba a sus espaldas.

Allí, en la cima más alta, se alzaba el Templo Sagrado de Cunabula, que brillaba con un fulgor sobrenatural. En su interior se guardaba la magia más poderosa del reino: la magia del árbol de la armonía. Durante aquel día, el templo estaba protegido por una bendición mágica, volviéndolo impenetrable y aumentando el poder de todos los habitantes de la isla. Su resplandor reflejaba la fe del pueblo en su nación y su patriotismo, alimentando a su vez el velo mágico que ocultaba y protegía a toda Cunabula del mundo exterior.

Por supuesto, este lugar tan importante no carecía de guardias. El joven leoponi y todos en el reino sabían que el templo era custodiado ese día sagrado por los líderes de la Hermandad de Caballería. Sin embargo, en ese momento, los renombrados líderes, los "Caballeros del Orden", no se encontraban ahí.

Este era un suceso inédito en los últimos mil años y, como uno de los miembros más leales de la Hermandad, el joven leoponi consideraba esto profundamente perturbador.

Aun así, parecía que a nadie más le importaba. La celebración continuaba como si todo estuviera bien. El Gran Patriarca, líder de la Cofradía del Templo y provisionalmente también de la Hermandad de Caballería, no mencionó nada al respecto en su discurso de mediodía. El joven leoponi, preocupado, envió una carta solicitando refuerzos de seguridad, pero solo recibió una invitación para unirse a la Gran Procesión, junto con una recomendación de pasar el día con su familia y amigos.

Por supuesto, él no aceptó esa respuesta.

Sin muchas opciones a las que acudir, invitó a sus compañeros de la Hermandad de Caballería a participar en una vigilia por el reino. Vigilia que incluiría el ayuno de purificación, una prueba reservada solo para los más devotos, que consistía en no probar bocado durante todo el día, con el propósito de purificar el espíritu y aumentar el poder mágico.

Eso tampoco funcionó. Nadie acudió.

El joven leoponi se encontraba solo, abandonado por sus compañeros.

O, tal vez, no estaba tan solo: a su lado descansaba una cesta de frutas.

Mirando la cesta, pensó en su amiga Dana, hija del actual rey y aprendiz acólita de la Cofradía del Templo. Dana misma le había dejado la cesta antes de que comenzara la ceremonia de purificación. A pesar de la diferencia en sus posiciones, se llevaban bien y habían compartido buenos momentos en la escuela de iniciados. Aunque últimamente se veían poco, ella lo conocía lo suficiente como para saber que él intentaría el ayuno y la vigilia. Teniendo todo esto en cuenta, ¿Dana había dejado la cesta para poner a prueba su fe o simplemente porque pensó en él?




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