Twilight frente a la oscura marcha marcial - Pt 02 | Fanfic

Perdidas aquí y allá - Parte III

Podía recordar… el sonido de la marea llegaba a sus oídos con claridad.

Está salado… pensó, mientras olfateaba el aire.

Pinkamena Diane Pie nunca había visto el mar, demasiado lejos de casa como para que sus padres pensaran en un viaje familiar a la playa. Sin embargo, aquel lago gris, inmóvil y silencioso, bajo un cielo sin color, debía de ser lo más parecido al mar del que tanto había aprendido en los libros y en la escuela.

Sus hermanas, quizá un poco menos entusiastas de lo que deberían tras la tormenta, observaban con pesada curiosidad el salar que había quedado inundado por la intensa lluvia.

"¿No hay olas? ¡Entonces hagamos olas!", dijo una de sus hermanas mientras corría por la orilla. Pinkamena no necesitó voltear para saber que se trataba de Limestone, quien ahora tiraba piedras al lago.

¿Fueron las olas las que la incentivaron a dirigirse hacia el lago? No… no recordaba esa parte con claridad.

Lo que sí recordaba era el bote en la orilla y lo fácil que fue subir a bordo.

Sonrió. Aquella sensación de vaivén subía desde sus pequeñas patas hasta su vientre: un cosquilleo que, por alguna razón, parecía acariciar 'algo especial' muy dentro de ella, pero que no lograba expresar más que con una tímida sonrisa.

El bote se alejó de la orilla. Sus hermanas la llamaban desde allí, pero no se volteó a verlas. Aquel lago gris tenía un encanto al que no podía resistirse; era el primer océano que surcaba en su vida.

¿Detenerse? ¡Qué tontería! No quería detenerse. El viento esponjaba su melena, el canto de las gaviotas hacía vibrar sus oídos, y el vaivén del bote, cada vez más intenso, empujaba su corazón a latir con más fuerza.

Su sonrisa, pequeña en un inicio, se hacía cada vez más grande. Podía sentir que ese 'algo especial' estaba a punto de estallar en su interior.

No obstante, aquel momento predestinado no ocurriría ese día ni en ese lugar.

Un rayo fulminó el bote en ese instante, y lo siguiente que sintió Pinkamena fue un dolor intenso recorriendo su cuerpo, seguido de un sabor metálico que se esparció en su boca.

El agua la envolvió por completo.

Después de eso… oscuridad.

[---]

Ya no había dolor. Ni parálisis que le impidiera moverse. Parpadeó.

"¿Ah?", su voz ahogada apenas se escuchó.

No podía ver nada. Aun así, estaba segura de que el descenso de su cuerpo se había detenido.

¿Acaso ya había tocado fondo? No podía ser. El tramo recorrido mientras se hundía había sido decepcionadamente corto. Tal vez para un lago… pero no para el océano en el que se imaginaba estar cayendo a partir de su reciente flashback.

Aparte de esto, ¿no se suponía que el fondo del mar fuera un poco menos… dulce?

Frunció el ceño, saboreando con más atención.

"¡Hey! ¿Por qué el fondo del mar sabe a fresa con chocolate?" se quejó Pinkie, haciendo un esfuerzo por levantar la voz, mientras capturaba con su lengua el resto del sabor dulce esparcido en su boca.

Al instante siguiente, interrumpiendo la sonrisa de gusto que se daba, la marea (o lo que había creído que era la marea del fondo del mar) se detuvo y, tras un breve lapso, volvió a caer.

"¡Wow!" exclamó Pinkie al salir de la oscuridad y tocar suelo firme de nuevo. Había caído de cuatro patas, como lo haría un gato al ser expulsado de su caja, pero sin la suficiente elegancia como para impresionar a Opalescence, la felina mascota de Rarity.

"Necesito mejorar mis caídas. Nota mental: consultar a la gata de Rarity después de regresar a nuestra realidad", se dijo a sí misma mientras su vista se recuperaba. "¿Este… es el fondo del mar?"

Miró a su alrededor, confundida. Definitivamente no era el fondo del mar, pero si el océano fuera vaciado y puesto a secar después de un divertido repintado, se vería igual de desolado y extraterrestre que aquel páramo mal iluminado.

Colina tras colina escabrosa se extendía cubriendo su vista, con tonalidades que hacían pensar en una paleta de caramelo rota. El suelo mismo donde estaba parada parecía un gigantesco bloque azucarado abandonado. Grietas, pequeñas y profundas, se extendían por todos lados, reforzando la imagen de un solo dulce gigante estrellado en la superficie, partido en mil pedazos.

Pero eso no era todo. Mientras observaba el paisaje, un sonido muy particular llamó su atención, haciéndole agitar las orejas.

Sin perder tiempo, Pinkie corrió hacia el origen del ruido, que parecía provenir de la grieta más pronunciada cerca de ella. Pronto, su asombro anterior fue opacado por uno nuevo que apenas cabía en su rostro.

"¡En el nombre del cacao y la panela! ¿Acaso es…?" gritó Pinkie, casi arrojándose a la grieta.

Su olfato le dio la certeza que necesitaba. No podía ver con claridad el fondo, pero el aroma que emanaba era inconfundible… y delicioso.

"¡Un río de chocolate!" explotó Pinkie, con una sonrisa tan intensa como el brillo en sus ojos.

En efecto, un río de chocolate líquido cruzaba en las profundidades de la grieta, soltando en su avance un ruido burbujeante que era música de sirena para los oídos de Pinkie.

Emocionada ante la posibilidad de hacer realidad sus sueños de la noche pasada, y olvidando por completo sus otras prioridades, la poni rosada comenzó a recorrer la grieta de un lado a otro, buscando alguna abertura por donde colarse hasta su dulce fondo.

"Necesito una pala... un flotador... ¡y a las chicas! No, espera... mejor una cuerda... y un bote de jugo de aceitunas para el camino... todo en un…" recitaba con rapidez, hasta que...

Abrupto, un sonido seco cayó a sus espaldas, deteniéndola en el acto.

"…¿un… costal?"

No dijo más. Pinkie, que había girado con rapidez, intercambió su sonrisa por una mueca de confusión.

A solo unos pasos, sobre el suelo acaramelado, un costal vacío se encontraba tirado.




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