Twins' Trouble

Nuestro lugar secreto

Lo que restó del fin de semana no hice gran cosa, comer, dormir, pensar en lo mucho que amaba a Daniel, en la sonrisa de Daniel y en Daniel. Oh sí, y una cantidad enorme de trabajos; aunque apenas hubiera comenzado el semestre, en mi carrera no perdían ni un día, cualquier momento era perfecto para asignar toneladas de investigaciones, prácticas de laboratorio, reportes, ensayos, resúmenes, etc. No me malinterpreten, me encanta mi carrera, pero existen límites que la universidad no comprendía. Terminar los trabajos, me llevó bastante tiempo del que esperaba, lo cual odié pues me gustaba disfrutar de mi glorioso tiempo libre; además, los fines de semana no solía desvelarme mucho (así podría aprovechar más horas de sueño que posiblemente me harían falta a lo largo de la semana), a menos que me quedara mandando mensajes con Daniel o con algún proyecto de suma importancia. La noche del domingo, cuando terminaba de redactar un ensayo, Daniel me envió un mensaje:

“Estás despierta, preciosa?”

“Lo estoy, amor, termino un ensayo”

“Quieres leerlo y darme tu opinión?”

“No se me da muy bien esto…”

“Te estoy extrañando demasiado en estos momentos”

“También lo hago”

“No puedo ayudarte, tengo las manos ocupadas pensando en ti”

“En lo bonita que te veías el viernes”

“jajaja, no digas esas cosas”

“Mañana nos veremos en nuestro lugar secreto?”

“prefiero verte detrás de tu edificio”

Esa conversación me recordó a uno de los momentos más caóticos de toda mi vida. Situación que ocurrió durante los meses posteriores a conocernos; sin embargo, primero me enfocaré en contarles los acontecimientos que ocurrieron el día después de nuestro primer encuentro (sé que les interesa saber qué pasó después), ese pequeño accidente desencadenó un mar de cambios a mi vida:

Ya que no encontré al pelinegro en su facultad una vez que entregué sus libros, opté por esperarme hasta el siguiente día para buscarlo de nueva cuenta. Iría a su facultad a primera hora para asegurarme de que estuviera bien, de paso me disculparía un par de veces más para quitarme ese peso de encima.

Bajé de mi habitación a la cocina sacando una bolsa con fresas, moras y cerezas del congelador que eché junto a dos tazas de leche de soja y media taza de avena en la licuadora. Una vez tuve mi batido, lo vacié en mi termo de verde en el que solía llevarme un juego para el día.

—Cariño, ¿no comerás nada? —preguntó mi madre quien bajaba con una blusa coral, unos pantalones de vestir negros y sus tacones que siempre llevaba a su trabajo.

—Hoy debo llegar más temprano, madre, no tengo tiempo de quedarme a desayunar.

—A tu padre no le gustará eso.

Mi padre apenas bajaba con su traje negro con el que siempre le pedían presentarse al trabajo. Tenía cara de pocos amigos pues su almohada le había causado severos dolores en el cuello, así que opté por irme antes de que se pusiera a gritar.

—No se preocupen, compraré algo en la cafetería.

Subí al auto que mi padre me regaló por mi cumpleaños hace unos años. Era de un color verde chillón, casi amarillo, con los asientos de tela en negro con las costuras blancas. Le compré un marco a la placa para combinarla con el estilo de estrellas en el que había tematizado mi auto. También adquirí un paquete de recubrimientos de asientos y un recubrimiento del volante negros con estrellitas. Salí de mi casa rumbo a la facultad, de costumbre llegaba veinte minutos antes del inicio de clases para encontrar un espacio en el estacionamiento concurrido en horarios más tardes por estudiantes mayores y sinceramente apenas podía hacer maniobras simples como para pelear por un lugar en el cual me costaría mucho estacionar el auto. Pero habiendo salido mucho antes, hubo bastantes lugares disponibles; opté por dejar el auto en un cajón cercano a la salida de la facultad para evitar el embotellamiento que se hacía al finalizar el turno matutino. Subí al piso del accidente (con cuidado para evitar repetir la historia), mirando a todas partes tratando de visualizar a Daniel. Busqué por el largo pasillo, asomé mi cabeza en cada aula esperando verlo en alguno de ellos sentado o de espaldas, cosa que no ocurrió; las personas estaban tan metidas en sus asuntos que yo pasaba desapercibida. Mi clase iniciaría en pocos minutos, debía darme prisa en salir; desanimada de no haber logrado mi cometido, me dirigí a la salida.

<<Posiblemente se tomó el día pues el dolor había empeorado o tal vez tuvo que irse al Hospital debido a que perdió la movilidad en todo el brazo, quizás en estos momentos está hospitalizado agonizando por el dolor. Solo fue una pequeña caída no creo haber causado tanto daño, o solo fingió amabilidad mientras ocultaba el verdadero dolor que le provoqué por un descuido. Mierda, ¿por qué tuve que subir corriendo las escaleras? Tonto, él también pudo fijarse que venía una chica en su dirección subiendo a toda velocidad las escaleras, en parte es su culpa también…>>

—Encanto, te veo al fin. —La voz meliflua de Daniel cortó de inmediato mis caóticos pensamientos, trayéndome a la realidad de golpe. Había chocado nuevamente con él, nada grave por suerte, el azabache usaba una camisa de tirantes negra revelando su brazo vendado desde el codo a la muñeca; a pesar de todo, el chico tenía una sonrisa en su rostro.




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