Twisted stories

Capítulo 9

Maldita Dame roja» era lo único que podía pensar, y en esa fuerte bofetada que me proporcionó. Me disgustaba la razón por la que me golpeó, sólo por qué la llamé por su nombre.

¿Qué persona golpea a otra porque la llama por su nombre de pila?

Estoy al borde de la locura.

Después de varios minutos recostada en el suelo de la pequeña montaña al lado del acantilado, me levanté, y observé a la mujer que anteriormente me persiguió para atacarme, desangrada en el pasto, las manzanas que estuvieron en su canasta se encontraban esparcidas en el suelo. Curiosamente vi que algo brillaba, cerca de la canasta y las manzanas.

Era un pequeño espejo.

Lo recogí y me reflejé en él, toqué mi rostro, seguía un poco intacta, sin ningún rasguño o alguna pequeña herida. Pensé que sería de buena ayuda llevar el espejo conmigo, "uno nunca sabe" cómo bien decía mi querida abuela.

Llevándome el espejo en mano vi todos los senderos que me mostraba el bosque, ninguno se veía seguro, ya no sabía a dónde ir, en un sendero se oían aullidos de lobos feroces, en otro el sonido de una ráfaga de viento, en otros los sonidos de los búhos y los grillos. Esos sonidos en aquellos lugares tan oscuros me acordaban de cuando visitaba a mi bisabuela en el campo, vivía en un pequeño pueblo, bonito, pero por las noches era aterrador, a la hora de acostarse no se escuchaba más que el sonido de los insectos y los animales, los cascabeles buscando alimento, los sapos saltando en charcas o viendo que cazar, los grillos haciendo ruido con sus patas, o peor aún...

El sonido del silencio.

Eso era loque más detestaba, el silencio, a veces podía tener la sensación de que alguien quería entrar a la casa a media noche, buscando la forma de entrar. O cuando daba un paseo por el pueblo por la noche y no había gente fuera, hubo veces en las que temía de que me siguieran y me quisieran hacer daño, aunque fue satisfactorio dar un paseo algo tranquilo en la noche por el pueblo mientras duró.

Dejamos de ir al pueblo cuando mi bisabuela murió; la madre de mi abuela materna.

Mi abuela pensó que era lo mejor que ya no fuéramos; la gente del pueblo la estaba volviendo loca.

Entendía como se sentía eso ¡Yo estaba sola en un mundo mágico y extraño de historia retorcidas! ¡Atrapada en un libro de cuentos perturbadores y retorcidos!

Miraba al cielo y le preguntaba a Dios que había hecho para merecerlo.

Tenía tantas preguntas, ¿dónde estaba Pinocho?, ¿por qué no lo esperé?, hubiera dejado que me comiera el lobo, en vez de dejarlo con Caperucita...

¿Qué hacía en medio del bosque? ¿Exactamente qué más buscaba? ¿Problemas? O peor, tal vez buscaba a alguien que me asesinara.

Mi cabeza daba vueltas, escuché un sonido sordo, cansada percibí que veía las cosas en blanco, mis piernas me fallaron, conduje a la parte más oscura del bosque, el viento me arrastró a un barranco por lo que tropecé y caí. Agarrando fuerzas intenté levantarme, pero mi intentó fue inútil, lo último que vi fue la silueta de un animal muy grande de cuatro patas, peludo, no distinguía que era, lo último que logré ver fueron sus pies en forma de patas de león y garras, y el espejo en una de mis manos que solté al perder la fuerza.

Antes de darme cuenta quedé inconsciente en medio del bosque.

• • •

Todo era blanco...

Abrí los ojos poco a poco.

Desperté en una cómoda y gran cama, rellena de plumas, estiré mis brazos y examiné la alcoba en la me hallaba. Los muros eran parecidos a las de un castillo, el techo era muy alto, me sorprendió la construcción que le hicieron a ese gran castillo, se parecía un poco a los castillos de Inglaterra, sólo que más antiguo.

Los muebles anticuados, y la luz que entraba de la ventana alumbraba la alcoba por el hermoso día; con lindas cortinas de sedas.

Me fijé en mi ropa, cargaba un camisón largo blanco de lino, uno un poco ajustado y cómodo. Levantándome de la cama, me coloqué en los pies unas pantuflas calientitas y cómodas que me quedaban a la perfección. Giré la mirada al ver el espejo de la mujer que me persiguió, allí estaba, en uno de los muebles. Lo tomé para reflejarme, tenía un hermoso color en las mejillas, parecía sana, completamente bien.

Me erguí al ver la puerta de la habitación ser abierta por un hombre alto con traje elegante y zapatos finos, usaba una peluca blanca inglesa con coleta (en realidad, muy parecida a los jueces ingleses) y sus manos iban atrás de su espalda. Aparentaba tener unos cuarenta años.

—Disculpe, bella doncella —dijo amistoso—, soy uno de los sirvientes del amo del Castillo. Quiero informarle que mi amo la encontró herida en el bosque, a ciertas horas de la noche. Lamento si se asustó al despertar aquí.

—Sólo un poco sorprendida —confesé.

Sonrió.

—Le pediré a una de las sirvientas que le traiga el desayuno, ¿desea algo en particular? —negué—. Bien, en los armarios encontrará una gran variedad de vestidos, zapatos y prendas, puede colocarse lo que desee.

—Gracias.

Se dio la vuelta.

—Una cosa más, bella doncella —dijo—, no está permitido ir a la más alta torre del castillo, está sumamente prohibido por el amo, nunca de los nunca se acerqué por ahí, al amo le enoja.

—¿Por qué no?

—Le diré que nada más podemos estar allí la servidumbre, que tenga buen día —se retiró, cerrando la puerta.

—Espere... —ni siquiera me dijo el nombre de su amo.

No tenía tiempo para eso, necesitaba salir de ese castillo y de quien fuera debía seguir buscando el caracol e invocar a la bruja del mar para que me ayudara a salir de ese universo, y regresar a mi mundo, a mi casa.

Busqué algún vestido en el armario que me quedara, todos eran preciosos, parecidos a los de las princesas en los cuentos, elegantes para asistir a los bailes de gala y otros simples para una ocasión más casual. Las prendas y joyas absolutamente hermosas, lujosas, con un gran valor, de oro, plata, cobre, diamantes, zafiros, esmeraldas, entre otras piedras preciosas que me gustaron, Marcus me enseñó a diferenciar entre los metales cuando eran puros o falsos; adoraba a ese hombre por enseñarme muchas cosas interesantes.




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